El grupo de Ciudad Juárez, que en 2016 fue nominado para un Grammy Latino, regresa a la escena musical con un segundo disco en el que trata la violencia no desde la rabia, sino desde la melancolía. Su música es rock, folk y electrónica mezclados con norteñas, rancheras y baladas románticas de los 70 y 80
Tatiana MaillardCiudad de México
Agosto 15, 2017

Su mano izquierda se eleva, estira el cuello, alza la cabeza al cielo y habla: “Esto es para ustedes, los que ya no están con nosotros”. Es Paulina Reza con la voz quebrada, como si estuviera a punto de contener el llanto. A su derecha, Héctor Carreón rasga la guitarra. A su izquierda, Manuel Calderón hace lo propio con el bajo. Los sigue Alejandro Bustillos en la batería. Es la noche del viernes 11 de agosto en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris y The Chamanas, grupo originario de Ciudad Juárez, presenta su segundo álbum, Nea.
La canción se llama Neblina. Es un canto fúnebre –que en el disco grabaron con Los Ángeles Negros–, un lamento dirigido a quienes ya no están. Canta Paulina Reza:
Si tan solo vieras
Cuánta falta me haces
Considerarías volver a estar aquí…
Nea era un apodo de quien se llamaba Daniel Carreón, hermano de Héctor, creador junto con Manuel Calderón de The Chamanas. En octubre de 2016 dos hombres armados entraron al bar donde Nea se encontraba.
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Nea ya no está aquí. Te lloro en silencio al empezar el día, canta Paulina Reza. Dos días antes, Héctor Mondragón había dicho en entrevista con El Sur: “Después de la muerte, llega el desequilibrio para los deudos. Estas cosas te cambian. Te sumergen en el abismo, pero no es el final. Nosotros componemos y tenemos la posibilidad de mostrarle a la gente que esto no es el final”.
Han bautizado aquello que hacen como “sonido fronterizo”, un género que se alimenta de las manifestaciones musicales de México y Estados Unidos. The Chamanas es rock, folk y electrónica mezclados con norteñas, rancheras y baladas románticas de los 70 y 80. Se formó en 2011, justo después de que Daniel Carreón y Manuel Calderón se conocieran en el estudio de grabación Sonic Ranch, donde ambos trabajaban como ingenieros y productores de sonido.
A ellos se unió la primera vocalista de la banda, Amalia Mondragón, y el baterista Alejandro Bustillos. En agosto de 2015 lanzaron su primer disco, Once Once. Desde este primer material estaba presente la influencia de las baladas románticas de hace más de 40 años. Las voces de Amalia y de Paulina, segunda vocalista del grupo, recuerdan a la cantante hispano británica Jeanette (quien cantaba El muchacho de los ojos tristes). Y las melodías evocan a José José, Juan Gabriel, Los Ángeles Negros y Los Terrícolas.
Como toda balada romántica que se respete, las canciones de The Chamanas abordan el amor y su contraparte. Pero también figuran la violencia y el miedo en la frontera (Pueblito) o el abandono infantil en las calles (Alas de hierro).
“Cuando la gente escuchaba Alas de hierro, nos decían que les recordaba a El triste de José José”, cuenta Héctor Carreón entre risas. “¡Pues claro! Lo hicimos con toda la intención. Somos una banda nueva que hace referencia a esos tiempos”.
Por eso también interpretan covers; por ejemplo, Te juro que te amo, de Los Terrícolas. “Son canciones que escuchamos de chicos. No nos gustaban, por supuesto, eran las cosas que oían los abuelos o los papás”. Ahora las aprecian de un modo distinto: “El sentimiento exacerbado de las letras, los arreglos musicales fastuosos, la teatralidad en la interpretación… cosas que conectan con la gente de tal modo que se convierten en himnos”, explica Héctor.
En el otro extremo están el rock y la música electrónica. En una trayectoria que apenas rebasa el lustro, The Chamanas ha colaborado con Odesza, grupo de electropop, y ha realizado covers de Portugal.The Man, banda que toca rock. El espíritu ecléctico de The Chamanas les valió ya una nominación para el Latin Grammy en 2016.
“Usamos cosas distintas: elementos regionales, huapango, son huasteco, ranchero; y al mismo tiempo tenemos sintetizadores y drum machines”, dice Héctor. “La música es tolerancia y mezclar cosas distintas”.
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Antes de finalizar el concierto de presentación del disco Nea, Paulina Reza toma el micrófono: “Nos sentimos orgullosos de ser de la frontera”. No dice más. Segundos después suena El corrido de Chihuahua y por primera vez en toda la noche la joven abandona el tono miel para cantar recio.
El orgullo por ese origen limítrofe es una de las causas que abandera The Chamanas. La vida y las actividades de sus integrantes fluye entre ciudades que hablan español e inglés. “Ciudad Juárez y El Paso son una misma ciudad, aunque las divida el río Bravo”, sentencia Héctor. La potencia que le imprime a su acento es herencia de ese borde que divide un país del otro.
“No hay diferencia entre uno y otro extremo –prosigue–. Nosotros podemos celebrar un Día de Gracias con puros mexicanos, o comer burritos en un lugar donde únicamente se habla inglés”. En la frontera, las garitas separan mientras las costumbres fusionan.
Pero la frontera es un territorio castigado. En Chihuahua –como en Guerrero– la violencia ha alcanzado niveles inimaginables. De 518 homicidios registrados en 2007, la cifra ascendió hasta alcanzar 6 mil 407 tres años después, de acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). El año pasado, de los 23 mil homicidios registrados en el país, mil 757 ocurrieron en Chihuahua.
Los números poseen nombres. Uno de ellos es el de Daniel Nea Carreón. Aun así, Héctor, su hermano, valora que las cosas estén cambiando, dice; que los negocios estén abriendo de nuevo y la gente salga a la calle. Que la vida vuelva a ser poco a poco lo que antes era.
“La percepción que tiene la gente de Ciudad Juárez difiere de la que quienes residimos aquí –comenta–. Cuando nos preguntan si tenemos miedo, respondemos: ¿Miedo de qué? Aquí vivimos”.
La muerte, la violencia, no son temas que The Chamanas aborda desde la rabia, sino desde la melancolía. “No repartimos culpas –precisa Héctor–. No señalamos con el dedo los males que hay en el país. De lo que nosotros hablamos, es de cómo nos sentimos”. Sus letras no son políticas, sino emocionales. No juzgan, reconocen y registran las consecuencias de la violencia en el ánimo de los dolientes. Eso, sin abandonar la esperanza.
“La música acompaña y ayuda a sanar –reitera Héctor–. Es lo que hace el chamán: sana. El dolor no es el final. Nunca es el final”.