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Cultura  

Yves Klein se arriesgaba y creía que sus pasos eran históricos: Daniel Moquay, curador de la expo en el MUAC

Dos cosas definen la obra del artista francés Yves Klein (1928-1962): el riesgo y la absoluta certeza. En la década de los 50 del siglo XX, donde nuevas corrientes y plataformas se desarrollaron a partir de la experimentación, Klein optó por abrir senderos a través de territorios poco explorados en ese tiempo, como pasear sus … Continúa leyendo Yves Klein se arriesgaba y creía que sus pasos eran históricos: Daniel Moquay, curador de la expo en el MUAC

Tatiana MaillardEl Sur / Ciudad de México

Enero 09, 2018

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Dos cosas definen la obra del artista francés Yves Klein (1928-1962): el riesgo y la absoluta certeza. En la década de los 50 del siglo XX, donde nuevas corrientes y plataformas se desarrollaron a partir de la experimentación, Klein optó por abrir senderos a través de territorios poco explorados en ese tiempo, como pasear sus cuadros encima del toldo de su auto, para que el azar y los fenómenos meteorológicos influyeran en el resultado final, por ejemplo. O ignorar la mezcla de los colores para volcarse a pintar exclusivamente en azul, su color, tan suyo que patentó uno de sus tonos como IBK (International Blue Klein, en español Azul Internacional Klein). O simular la existencia de cuadros, aunque no hubieran sido pintados, es decir, defender a la pintura no como un objeto, sino como una zona de sensibilidad pictórica.
Acciones arriesgadas, que partían de la certeza casi patológica de que cada paso que se da es decisivo. “Pintaba con una claridad muy difícil de entender en relación con los riesgos que suponían sus métodos”, dice a El Sur Daniel Moquay, curador de la muestra montada en el Museo de Arte Contemporáneo de (MUAC) de Ciudad Universitaria y que cierra al público el próximo domingo.
Director de Yves Klein Archives en París, Moquay habla en entrevista sobre las rutas de experimentación del artista, que conoce desde sus inicios hasta el fin de su vida, cortada de tajo a los 34 años con la descarga de un infarto.
–¿Cómo inició su interés por la obra de Yves Klein?
–De manera difícil. Te voy a enseñar una cosa. (Moquay se dirige a una fotografía en blanco y negro de la boda entre Yves Klein y la artista Rotraut Uecker, que se exhibe en el MUAC). Esta señorita en traje de novia, enviudó de Yves cuando tenía 23 años y estaba embarazada. La conocí seis años después y quedó encantada por mí ¡porque soy un tipo absolutamente genial! Bueno, estoy bromeando, salvo por el hecho de que sí, nos casamos. En ese tiempo yo no conocía absolutamente nada de la pintura, yo hacía teatro. Las artes son como un club: el club del teatro, de la pintura, de la música. En los 60 éramos jóvenes, hacíamos lo que nos parecía bien, pero ignorábamos lo que hacían el resto de los clubes. Ya con el tiempo y adentrándome en la obra de Klein, quedé fascinado. Él no quería ser pintor, a pesar de que sus padres lo eran. La madre era del sur de Francia y el padre era holandés. Llegaron a París en la década de los 20, porque era la meca de la pintura. Ya sabemos que la meca de la pintura depende del poder económico y en ese momento no existía más que París. Mañana será China y todos se irán a vivir allá. Pero me estoy desviando: No sólo los padres sino todos los amigos de Yves eran pintores, ¡el horror total! ¿Qué hacer con toda esa gente que no habla más que de pintura?
–¿Qué hizo Klein?
–Se fue a vivir con Rose Marie Raymond, su tía materna, en Niza. Si querían hacer una carrera, los jóvenes se iban a París. Pero si más bien querían pasarla bien con los amigos y asolearse en la playa, se iban a vivir a Niza. Es allá que Yves se convence que de ninguna manera le interesa pintar, porque lo que él quiere, en verdad, es hacer judo. Como esta idea se la toma en serio, decide irse a Japón a estudiar en el Instituto Kodokan. Y se le ocurre que, para trasladarse de Niza a Japón, se irá cabalgando en un caballo. Si uno conoce bien de geografía, e incluso si conoce mal, sabe que viajar del sur de Francia a Japón en caballo es, quizá, bastante difícil. Además, Yves no sabía montar a caballo.
–¿No era más bien una fantasía?
–Él tomaba sus planes con toda seriedad. Había pensado que después de cruzar por tierra a caballo, abordaría con todo y animal un barco hacia Japón. Por eso se fue a Irlanda con otro amigo para que ambos aprendieran equitación y emprendieran el viaje, pero al amigo le dio tuberculosis y… nada: yo creo que Yves no tuvo los huevos para irse solo, a caballo, a Japón.
–Como sea, sí llegó a Japón.
–Sí, porque la tía no tenía hijos, y adoptó a Yves como uno. Le pagó el boleto más barato: el que básicamente te permite de nadar a un lado del barco (bromea). Tardó mes y medio en llegar, por las escalas. Como no tenía dinero, pero sí contactos de sus padres, pudo dar clases de francés en un instituto y tomó clases de judo en el Kodokan durante los 15 meses que vivió allá.
–¿Y cómo derivó eso en la pintura?
–Habían pasado siete años desde los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, Japón seguía destrozado. Klein se encontró con eso, pero también con otro modo de afrontar la vida, porque es una sociedad que no tiene nada que ver con la europea. Para empezar, no hay religión, sino el concepto del zen. Yves venía de una familia católica y lo que le ocurre allá es una limpieza del coco. (…)  Entonces, es normal que Klein haya adoptado una manera de ser y de vivir muy estricta, aunque no fue zen. Fue tan disciplinado, que llegó a ser cinturón negro cuarto dan (el máximo grado es ocho dan). Fue el primer europeo en obtener ese grado. Se entiende también que esa disciplina la hubiera llevado a la experimentación. Él hacía las cosas de forma muy seria, con un sentido científico, completamente convencido de que los pasos que daba eran de carácter histórico. Y eso lo llevó a la pintura, de la que tanto renegaba (ríe). Pintaba de día, escribía de noche y se ejercitaba como un loco. Era una persona agotadísima.
–¿Por eso murió de un infarto a los 34 años?
–Un tercer infarto. Sí. Absolutamente. Pero también tuvo que ver con que trabajaba con productos químicos que, ahora lo sabemos, son peligrosos si uno tiene contacto con ellos sin usar una máscara, porque los inhalas y te explotan los pulmones.
–¿Eso pasó con el IBK?
–Cuando él llegó a París y empezó a pintar, por ahí de 1954 o 1955, vivía en Montparnasse, que es un barrio bohemio. Ahí había gente que vendía productos para pintores. Y existía una editorial (Ediciones Lacoste) que tenía un espacio llamado El Club de los Solitarios. Para animarlo un poco, hacen cosas e invitan a artistas. Ahí fue donde Klein tuvo su primera exposición, que constaba de cuadros monocromáticos: todos azules o verdes o amarillos. Pero no pegó, porque la gente dijo: “¡Pfff! Eso es como lo que pinta (Piet) Mondrian”. En realidad, sus piezas no eran como las de Mondrian, porque Yves pintaba un cuadro con un solo color. Pero bueno.
–¿Y en qué momento pasó a pintar únicamente en azul?
–Yves tenía dos amigos: Arman Fernández y Claude Pascal. Decidieron que se repartirían los dones de la tierra y escogerían un color que representara esos dones, para adoptarlo como marca personal. Yves quiso el azul, porque azul es el mar y el cielo, y en Niza, donde él había vivido, ese color se manifestaba con toda intensidad. Así que va con el hombre que vende los pigmentos, Edouard Adam, y le pide un azul profundo. El más profundo e intenso que tuviera. “Sí, tengo algo así”, supongamos que le dijo Edouard, y le presentó un color que se conoce como bleu de Prusse (azul de Prusia). Es un tono que brilla y destaca, incluso cuando hay poca luz. El color es muy bueno, pero hay una dificultad: cuando se mezcla con fijadores termina por adquirir otro tono. Se diluye. Pero Edouard tenía un producto ma-ra-vi-llo-so: la resina Rhodopas, que permite mantener la profundidad y la textura granular del color. Ese es el color que patentó Yves. Y mira qué maravilla (Moquay señala los cuadros azules que se exhiben en el MUAC): ¿Pensarías que esto se pintó hace más de 60 años? ¡Parece que fue ayer! El Rhodopas es en verdad un producto genial, pero también es un químico que te puede envenenar tranquilamente. Yves hacía cosas monumentales, con base en ese color.
–¿Qué tan monumentales?
Llegó a hacer murales enormes. Mira (se dirige a una maqueta del teatro alemán de la ópera Gelsenkirchen). En 1957 el arquitecto Werner Runhau fue designado para construir el teatro de la ópera, y todos sabemos lo que significa la ópera para los alemanes, así que el resultado debía ser colosal. ¿Qué hace Klein? No solo utilizó el IBK para las paredes, sino que confeccionó relieves hechos con esponjas. ¡Esponjas! De las que se usan para limpiar la pintura. ¿Cómo llegó a eso? Pues resulta que se dio cuenta de que, cuando la pintura impregnaba las esponjas, quedaban duras como piedras y con relieves. Así que durante meses estuvo colocando esponjas empapadas en pintura a lo largo del teatro. El resultado es impresionante, pero malo para los pulmones.