San Jerónimo Sólo se asoman las moscas. Hay muchas. El zumbido aquí es lo único que se escucha. Y el olor. “Apesta a chuquía”, dice un sanjeronimense que se asoma a una de las casas donde cayó uno de los balaceados de esta absurda masacre. La puerta y las paredes, con la marca … Continúa leyendo Noche de pánico en San Jerónimo, cuando El Junior bajó gritando y tirando balazos
Ricardo Castillo Díaz
Agosto 01, 2005
San Jerónimo
Sólo se asoman las moscas. Hay muchas. El zumbido aquí es lo único que se escucha. Y el olor. “Apesta a chuquía”, dice un sanjeronimense que se asoma a una de las casas donde cayó uno de los balaceados de esta absurda masacre. La puerta y las paredes, con la marca de los balazos. Todavía están salpicadas de sangre.
Son las 6 de la tarde y parece que el tiempo se detuvo. Pocos se pasean. Ni porque es domingo. Todos, casi el pueblo entero, está en el panteón. Es el sepelio de nueve de los 11 muertos de la sangrienta jornada del sábado.
Ese día, Óscar Flores López, El Junior, corrió. “Llevaba los ojos blancos, yo lo vi” dice un testigo que asegura que se salvó de milagro. “No sé cómo no me mató, si me pidió permiso para saltar por mi terreno, con la metralleta en alto y la mano ensangrentada”, recuerda el hombre empapado de sudor.
Primero, con cuchillo y machete en manos, destazó a su sobrinito, un bebé de 10 meses de nacido. Allí comenzó la matazón. El asesino corrió con una AR-15 que le arrebató a un policía, al que sometió a pedradas y al que dejó en el suelo herido de muerte rebanándole el cuello. Corrió de bajada en este cerro del Centro de San Jerónimo, donde vivía. Matando al que se le cruzaba en el camino. “Andaba como loco disparando”, recuerdan. “Una tragedia nunca antes vista”, dice el sacerdote José Luis Mendoza Sánchez.
Luego, los gritos. “¡Métanse, métanse!”, se escuchó entonces en cada esquina. Se azotaron las puertas y se cerraron candados. “Al suelo, todos al suelo”. Los niños se taparon los oídos con sus manitas. El pánico inundó las calles.
Han transcurrido las horas, pero hay que tocar puertas. Hoy nadie se asoma y los que lo hacen visten de negro. De las pocas que no fueron a los sepelios, una mujer asoma el chongo de su pelo y a su hijo en brazos. Detrás de la ventana, recuerda: “El Junior bajó gritando y tirando balazos”. Y entre disparo y disparo, gritaba: “Soy narcotraficante, soy narcotraficante”.
Cuenta la gente que más bien “era un mariguano”. Nadie sabe a qué se dedicaba, porque sólo se le veía con la banda, como le llaman a la bolita que formaban sus cuates. Eso sí, algunos saben que un tiempo fue militar.
A estas alturas y con más de diez muertos en la bolsa, el tipo ya es una leyenda. Dicen que El Junior se vino huyendo de Tijuana “porque mató a dos”, aunque hay quienes afirman que allá asesinó a siete. Estos, más cinco muertos que el vulgo le adjudica en Zihuatanejo y tres en Petatlán.
Y eso que era “un muchacho tranquilo”. Al menos para una anciana que con una gastada toallita se espanta los zancudos afuera de su casa. A ella la saludaba, cada vez que pasaba. “Buenas tardes señora, buenas tardes muchacho, pero nada más, imagínese usted ¿quién se iba a imaginar lo que iba a hacer algún día?”, dice sorprendida la viejecita.
A otros no les extraña. “Cuando andaba mariguano él luego decía que soñaba que mataba a mucha gente”, cuenta una de sus vecinas mientras se escucha el canto de los gallos.
A unos pasos de aquí está su casa. Muda, abandonada. Obra negra de tabiques rojos, con retazos de tela como puertas. Terreno pequeño que también alberga un cuartito de madera con techo de lámina de cartón. Y una palmera que la cuida.
Unos dicen que su familia huyó. Hasta se afirma que la madre del multihomicida no quiso reclamar su cuerpo, que según se sabe, fue llevado al Semefo de Acapulco.
“A mí ya me había encarado”, recuerda el hombre sudado que dice que corrió con suerte el día de la masacre. “Una vez me dijo que no le gustaba que la gente lo viera feo”. Le da un largo trago a una Fanta roja. “Mira, me dijo, a mí me han dicho que tú eres chingón, pero yo soy más chingón que tú”.
El hombre se queda con un paisano al que le cuenta otra vez su versión. Va uno bajando a la plaza central, que de nuevo se comienza a poblar. Los que salen lo hacen cabizbajos. Caminan callados. El temor.
Unas cuadras abajo, la leyenda y el miedo colectivo dicen ahora que el desquiciado sigue vivo.
Que hizo “pacto con el diablo” y que resistió los balazos de los policías, que según la versión oficial le quitaron la vida.
Que aguantó los cuchillazos con los que supuestamente se suicidó.
Que le quedaron las tripas de fuera y que al descubrírselas todavía se carcajeó.
Que guardó una bala y creen que en cualquier momento puede regresar.