Eligen dos turistas austriacos a Acapulco; “la inseguridad sólo es una palabra”, dicen

Dos ciudadanos austriacos eligieron Acapulco para pasar las vacaciones de Semana Santa, a pesar de la inseguridad y la serie de asesinatos en la playa.
El motivo: las fotografías en internet eran más bonitas que las del puerto de Veracruz, puerto que no hizo contrapeso a esta ciudad.
En cuatro días, ambos jóvenes viajeros disfrutarán la gastronomía popular acapulqueña, visitarán calles y rutas que no son turísticas, pues se suman a una nueva forma de viajar y que promueve el sitio couchsurfing.org.
Incluso, el miércoles, día que llegaron a esta ciudad y una vez instalados, visitaron playa La Angosta, donde hace tres días asesinaron a dos hombres frente a turistas.
“La inseguridad sólo es una palabra. Una palabra como felicidad, amistad o belleza”, dijo Michael Stummer, de 27 años, un profesor de alemán que recién llegó a Puebla en septiembre del año pasado, para trabajar en el Colegio Pedregal de esa ciudad.
Michael recibió a su mejor amigo, Nik Brinek, el miércoles en la mañana en el aeropuerto de la Ciudad de México. Juntos viajaron en autobús al puerto de Acapulco y se instalaron en casa de una amiga acapulqueña, a quien contactaron por internet gracias al portal en línea, pues existe una red de contactos que ofrecen alojamiento gratis y una guía por la ciudad, sin ningún pago a cambio.
Este jueves, ambos austriacos mantuvieron un itinerario que incluyó esnorquel en la isla de La Roqueta, descanso en su playa, traslado al restaurante El Jaguar para la degustación del buffet de pozole, a propósito de los jueves pozoleros, shots de mezcal, las cervezas y el observar la puesta de sol en el club de playa La Playita, en Icacos.
Nick, de 27 años, es policía en Austria y voló desde Madrid para pasar una semana con su mejor amigo en México, país que visita por primera vez.
El primer punto de partida del paseo del día fue el puente del islote Caleta-Caletilla, a donde la amiga de los extranjeros citó a quien esto escribe. Eran casi las 2 de la tarde y ya se tenía el contacto para abordar la embarcación de traslado a la isla, luego del pago de 50 pesos por persona. Mientras, se esperó el abordaje a la lancha de fondo de cristal para el trayecto directo, pues el de paseo por la Virgen de Los Mares costaba 35 pesos más, Michael compró una sandía espolvoreada con chile y un mango maduro a una vendedora de fruta.

“Somos tiburones”

La cooperativa Sol, Mar y Arena se encargó del traslado. Aún durante el trayecto en el canal de Boca Chica, el conductor de la lancha ofreció paseos en la banana o nado con esnorquel. Nik y la reportera pagaron “la oferta de 100 pesos” por el servicio, pues éste constaría, según el conductor del bote, 150 pesos en la ínsula, costo que se veía en el boleto impreso y bajo la advertencia de que el costo del boleto no era reembolsable.
Al ofrecer sus servicios, los prestadores de servicios acuáticos bromearon con los austriacos y dijeron “nosotros somos los tiburones”, luego de que Michel jugaba diciéndoles que temía nadar en la isla por temor a ser atacado por un tiburón.
Una vez en La Roqueta se intercambiaron los boletos para esnorquelear. Luego se buscó una mesa para que los demás acompañantes esperaran y tomaran alguna bebida. Sin embargo, en los restaurantes se condicionaba el consumo de platillos, cuyos costos oscilaban entre los 180 y 250 pesos cada uno, para que los turistas se quedaran bajo una sombrilla y usaran dos sillas. En el restaurante La Isla de la Fantasía fue que autorizaron el uso del mobiliario sin consumo mínimo, aunque fue después de que se pronunció la palabra “Profeco” en voz alta.
Fue también cuando Michael cambió de opinión y decidió contratar el servicio de esnorquel para acompañar a Nik. Después de una sencilla negociación, que solo implicó decir que se habían pagado 50 pesos por los servicios de Nik y de la reportera, la vendedora de boletos de la isla entregó a Michael un boleto por esa misma cantidad.

Las instrucciones

La Cooperativa de Deportes Acuáticos Isla Roqueta ofreció instrucciones a través de una bocina y proporcionó el equipo que incluyó chaleco salvavidas, visor y esnorquel. La docena de bañistas, algunos de ellos provenientes de El Bajío, fue dirigido por Samuel, un instructor que también ofreció recomendaciones generales una vez en el agua, así como el servicio de fotografías submarinas con estrellas de mar, erizos y un pez globo. Cinco fotos por cien pesos, mismas que serían entregadas por bluetooth o por whatsapp y no impresas.
“No hay peces”, comentó brevemente Nik en inglés, después de que se había adentrado en el agua y nadado durante unos minutos cerca de las rocas. El panorama cambió metros adelante, pues se lograron observar corales, peces azules y pequeños sargentos bajo el mar.
Luego de la hora contratada para esnorquelear, los visitantes descansaron un rato y se acompañaron por una cerveza.

El Jaguar

El traslado se realizó en un pintoresco camión Hornos-Caleta-Base que contaba con un potente sonido musical, que ambientó el trayecto hasta el restaurante El Jaguar.
La comida incluyó un plato con botanas, un pequeño tamal de mole rojo envuelto en hoja de plátano, chalupas con tinga, tacos de requesón guisado, chicharrón, una rebanada de aguacate y tostadas.
El primer tipo de pozole que degustó Nik, el joven policía de 27 años, fue el de camagua; luego probó el pozole rojo vegetariano y en seguida el elopozole. Michael pidió pozole verde pero experimentó el sabor agregando rebanadas de plátano frito que el restaurante ofrece en su buffet. Todos acompañaron sus cazuelas de pozole con cerveza y posteriormente los austriaco pidieron agua de guanábana y guayaba.
El final fue un jarrito con mezcal reposado que degustaron y que aplaudieron, pues consideraron que es mejor el sabor de esa bebida que el del tequila.
Al concluir la comida, pasadas las 6 de la tarde, decidieron ir a un bar en la playa.

La tortuga y el dealer

En su paso por la arena, se toparon con el levantamiento del cadáver de una tortuga marina que la Policía Turísica realizaba. Para esa hora, el cielo se tornaba color naranja, y el calor cedía.
Tanto Nik como Michael se tumbaron en la arena y decidieron quedarse sentados muy cerca del mar. Casi al final del día, después del ocaso, un dealer se acercó para ofrecerles “material limpio”.
“Nos ofreció marihuana”, comentaron sin espanto luego de que el vendedor de la droga había ofrecido su producto.