25 agosto,2025 4:53 am

Jaime Irra Carceda

 

Florencio Salazar

Las palabras que se fueron, ¿dónde te están esperando? Eduardo Galeano.

Las amistades son corrientes marinas: constantes y musculares. No hay amigo “con enemigo integrado”. La amistad –como el amor– es un sentimiento profundo lleno de emoción, cordura y vitalidad. Carece de escalas: algo, poca o mucha amistad. Hay o no hay amistad.
La amistad mantiene los modos, el lenguaje, la empatía. Por eso fluye, aunque no seamos los mismos, como el río de Heráclito.
Jaime Irra Carceda y yo somos amigos, aunque ahora las palabras saldrán de la memoria.
Largo, amulatado, de buena presencia. Lo conocí por Manuel Alarcón Adame (+), de la misma estatura, de piel blanca. Iniciaban sus estudios en la Escuela de la Derecho de la UAG. Siempre juntos, sus compañeros les decían Black and White.
Ambos colaboraron conmigo. Becados por un año, asistieron al Instituto de Capacitación Política del PRI (ICAP), en el Distrito Federal. Regresaron como navajitas en teoría y praxis política. Tuvieron entre sus maestros a Enrique González Pedrero y Vicente Fuentes Díaz.
Jaime me acompañó a una audiencia con el gobernador; yo era director juvenil estatal del PRI. Le simpatizó al adusto Caritino Maldonado. Al despedirnos, le dijo El Jefe Cari: “Recuerda, Irra con dos erres”.
Un lidercillo engañaba a muchas personas con la supuesta compra de un predio. Cada domingo se juntaban, con cal marcaban lotes y les exigía cuotas para adquirirlo. Ese sujeto mal encarado, con cicatrices de cuchillo en el rostro, los esquilmó por cinco años. Pidieron mi intervención como secretario general de la CNOP.
Revisé el caso con Manuel y Jaime. Traté de hablar con el dueño pero nunca apareció, por lo cual decidimos ocupar el terreno. Un día de 1974, como a las 8 de la noche, salimos con antorchas de la plaza cívica de Chilpancingo hacia el predio, en el norponiente de la ciudad. Llenamos la avenida Guerrero. La marcha asombró a la población.
Los predios fueron adjudicados con trasparencia; ninguno de mis colaboradores o familiares recibieron lotes. Ni nosotros, que no teníamos casa propia. Cuidamos que no hubiera transas. El gobierno del licenciado Israel Nogueda Otero pagó el terreno al propietario. Así nació la populosa colonia CNOP, secciones A y B. (Años después, cuando yo era alcalde (1986-89), con Héctor Astudillo Flores, presidente del comité municipal del PRI, fundamos la sección C).
Dos meses antes de concluir su periodo (1975), cayó el gobierno de Nogueda Otero. Y con él, nosotros. Todo se vino abajo: no fui diputado local, no me integré al comité nacional de la CNOP –como estaba previsto– y Mario Moya Palencia tampoco fue (nuestro) candidato del PRI a la Presidencia de la República. Nos dispersamos.
Jaime y yo nos acuartelamos en el restaurante María Isabel de don Joaquín Heredia. Al mediodía nos reuníamos en ese “parlamento del pueblo” para diseñar el mundo ideal, jugar dominó, ajedrez y tomar litros de café. Se fueron pasando los días, las semanas, los meses, un año, hasta que se agotaron los ahorros.
Como escribía artículos de opinión en el Diario de Guerrero, me llamó su director y propietario don Héctor García Cantú, para que me hiciera cargo de la dirección. Me dijo que nunca había tenido vacaciones y quería disfrutar de un año sabático.
Yo tenía reticencia para aceptar, no obstante requerir el sueldo. Entonces el Diario publicaba notas y encabezados amarillistas, que exponían conflictos familiares, líos vecinales, pleitos de borracheras, amoríos clandestinos. Esas “notas” hacían que volara el periódico; su circulación promedio era de 8 mil ejemplares. Acordamos con don Héctor un margen de maniobra.
Al incorporar a Jaime como reportero inició su vida periodística. Cambiamos el contenido del Diario y la presentación de las noticias. Hicimos entrevistas, crónicas, una página de política los lunes –incluida la columna de Rogerio C. Armenta– y otra de poesía los jueves; ahí se publicaron los primeros poemas de Jaime. El periódico bajó a casi 6 mil ejemplares y subió en calidad de lectores.
No pude evitar ciertas notas indeseables, pero se moderaron contenidos, titulares y “cabezas”. Había voceadores que presionaban con la información escandalosa, como Gabriel y El 7 pistolas; cada uno vendía entre 500 y mil ejemplares diarios. Jaime cubría la fuente policiaca.
Don Héctor me dijo ­–por teléfono– que estábamos publicando notas falsas de barandilla. “¿Por qué estás inventando la información?”, pregunté molesto a Jaime. “¿Prefieres –contestó– que se haga escarnio de la gente?” Le pedí que administrara su imaginación. Él, sin saberlo, fue precursor de la comunicación virtual con sus otros datos.
Al concluir el año acordado, partí a la Ciudad de México. Jaime siguió en el periodismo. Ocupó la dirección del periódico Pueblo; luego se incorporó al Sol de Chilpancingo y fundó con Pedro Julio Valdez el vespertino La Tarde. Después, él y mi hermano Gustavo dieron vida a la primera agencia de noticias en Guerrero: IRSA (Irra-Salazar). Liquidada la sociedad, en manos de Jaime se convertiría en IRZA (Irra-Zamora).
Casó con María Luisa y la boda fue en mi domicilio. Apadriné a su primer hijo, también Jaime. Después nació Nadiareb, nombre compuesto por él, inspirado en la gimnasta olímpica Nadia Comaneci y en doña Rebeca, su mamá. Galia es su hija menor.
Su sentido del humor era constante. Su suegra, invitada a comer, llegó a la casa del joven matrimonio. Él, previamente, puso varios lazos en la sala. Colgó en ellos ganchos con camisas y pantalones y en cada una de las prendas pegó cartoncillos de colores: “¡Ay, me faltan botones!..” ¡“Ay, no me han cosido!…”
Vivimos momentos amargos. Me llamó para pedirme que lo recogiera en el aeropuerto. Llegaría de Acapulco con su padre, para internarlo en el IMSS por enfisema pulmonar. Con don Israel en silla de ruedas, arribamos al nosocomio. Un paramédico vio el expediente y se negaba a ingresarlo: “¿Para qué lo trae? Mañana se va a morir. Es más fácil regresarlo vivo, que muerto”. Entubado, don Israel escuchaba tamaña estupidez. Evité que se liaran a golpes. Su papá fue internado y falleció al siguiente día.
El pasado 19 de agosto Jaime Irra Carceda (1951-2025), también murió de enfisema.
Recuerdo su inteligencia destellante, el sarcasmo de su humor, su sonrisa sin recato, su agudeza periodística y su numen poético.
Los defectos son las imperfecciones del ser humano y deben permanecer en la última sombra.
Amigos, a veces hermanos: Decirle adiós ¿para qué?