25 agosto,2025 4:52 am

Puebla de los ángeles

 

Silvestre Pacheco León

En Puebla la época de lluvias es también la de los chiles en nogada que inventaron las monjas para agasajar a Iturbide quien con sus ínfulas de emperador pasó por Puebla donde le pusieron en la mesa los famosos chiles cuyos colores correspondían a la bandera Trigarante, verde, blanco y colorado, y del mole en todos sus colores que también tuvo su cuna en un convento y ahora ambos forman parte de la fama culinaria de los poblanos.
“Qué bien “mole” hermana”, dicen que le habría dicho una monja a la que se afanaba moliendo el chile en el metate para preparar un guiso picante y como no faltó quien le aclarara a la monja que no se decía “mole” sino “muele”, adoptó como nombre del guiso la palabra mal dicha, quedándole “mole” que aunque sea poblano su degustación no se recomienda en cualquier parte.
En estas vacaciones de verano volvimos a Puebla. Llegamos por Morelos usando la nueva vía que lleva a Tepoztlán, después de la hazaña de subir al Tepozteco como reto con mi nieta Valentina, y en dos horas estuvimos en Puebla de Zaragoza, la Heroica, o la de los Ángeles, que nombres sobran para describir esta ciudad que ocupa el cuarto lugar en población y crece con todos los adelantos de la modernidad, rumbo al sur, como las más renombradas del mundo, con grandes rascacielos.
El camino es una delicia para la vista, rodeado de cañaverales y maizales, verdes como la grama, y sus fondas junto a puestos de sandías, piñas y elotes, sin faltar las macetas artesanales de todos los tamaños.
Poco tráfico en la carretera de cuota que se paga en dos partes y suficiente seguridad para viajar con tranquilidad alimentando la vista y el espíritu con el paisaje.
Vamos directo al centro histórico con una fluidez del tráfico que nos admira, y así pronto llegamos a nuestro destino y nos hospedamos muy cerca del Centro Histórico muy cerca del histórico edificio Carolino de la BUAP, baluarte de los estudiantes que lucharon por su autonomía en 1973, donde las calles con sus cafeterías, restaurantes y librerías están siempre llenas de jóvenes.
El clima es agradablemente fresco para el calor de quienes venimos de la costa, y la lluvia bondadosa porque cae durante la noche y en el día nos permite pasear con holgura por sus plazas, parques y jardines y visitando iglesias, galerías, mercados y museos.
Ya hemos entrado a la catedral y conocido parte de su historia, menos la silla que dicen que distingue a una catedral de una iglesia, pues la que nos muestran bajo el coro es insignificante y no nos convence ni parece tener la significación que nos dicen.
El paseo menos cansado y más desahogado para recorrer la ciudad sigue siendo en el turibús que ahora tiene descuentos por vacaciones. Lo usamos dos días por el mismo pago, lo que nos permitió subir y bajar donde nos convenía.
Hay muchos restaurantes y me gustaría decir que para todos los bolsillos, pero no estoy seguro de decirlo porque como parte de la gentrificación que se vive en todo el país, el turismo lo encarece todo, pero también nos atrae la limpieza de la ciudad o cuando menos del Centro Histórico donde la gente está dedicada a lo suyo, es decir, a cualquier negocio que le sirva para aprovechar la demanda del turismo que llega a razón de medio millón cada mes según las cifras oficiales.
Los portales en torno a la plaza son siempre el lugar preferido para comer porque permite a uno, sentado a la mesa, ver con detalle modos y costumbres de los poblanos que aún muestran los lastres de aquella ciudad fundada por y para españoles cuyas diez familias sobrevivientes disfrutan de los privilegios de una riqueza heredada por siglos.
Aquí todavía se ven los choferes particulares de saco y corbata conduciendo camionetas de lujo para recoger o llevar a la señora al café y a los restaurantes a reunirse con sus amistades.
También hay entre los empleados y la gente común la creencia de que su catedral tiene las campanas más grandes y pesadas del mundo, y tampoco se admiran de la cara de sorpresa que pone la gente cuando escucha que solo con el apoyo de los ángeles pudieron subirlas a las torres.
Lo cierto es que el tan-tan-tan llamando a misa me arroba, y más si estoy en un lugar agradable, lo que me recuerda aquella novela de Murakami donde el personaje viaja a una ciudad lejana solamente para escuchar solo, desde su cuarto de hotel, el repicar de las campanas para despedir el año viejo.
Una historia similar es la que se cuenta de la China poblana, quien dicen que no era ni china ni poblana, sino una princesa turca del reino mogol que llegó como esclava a la ciudad donde alguna familia pudiente la compró y adoptó como hija, la cual se hizo popular vistiendo el afamado traje de dos piezas seguramente venido de Filipinas, en la Nao de Manila, que aquí fue adornado con bordado de lentejuela.
Lo que sí pudimos constatar y disfrutar fue el acervo cultural que guarda la biblioteca Palafoxiana, la más importante del mundo hispano por su cúmulo de libros antiguos, más de 40 mil, que son la muestra del camino que tuvo que recorrer la humanidad para tener a buen recaudo la historia y desarrollo del mundo en libros.
Está dentro del Centro Histórico en un amplio y conservado edificio decorado con ladrillo y talavera que es la característica arquitectónica de la ciudad.
Fundada por el obispo español Juan Palafox, allí aparte de conocer algunos de los voluminosos, grandes y pesados libros antiguos iluminados a mano, y de los artefactos para poderlos estudiar sin cargarlos, tuvimos acceso a varios de los que la Iglesia católica prohibió y cuyos autores murieron en la hoguera, igual que las brujas, identificadas por la inquisición en aquellas mujeres cuya inteligencia fuera parecida a la de los hombres, contradiciendo la ley de Dios, (jeje).
En ese lugar, gracias a nuestra guía, aprendimos a interpretar detalles para identificar la auténtica cerámica de talavera, lo que no impidió que a la hora de comprar nos dieran gato por liebre.
Sin duda que las galerías, tiendas de antigüedades y mercados de baratijas son siempre atractivos como los que se encuentran en el callejón del Sapo donde mi nieta Valentina descubrió ejemplares del comic que hizo época en la cultura chilanga inventado por el genial Gabriel Vargas conocido por todos como La Familia Burrón, con personajes como Borola, Macuca, Regino y Foforito, aunque después, en la librería Gandhi que cuenta con uno de los edificios del saber más amplios y bellos del país encontramos, con servicio de restaurante y amplias salas para leer, los últimos ejemplares empastados.
Fueron días muy entretenidos y provechosos en los que disfrutamos de la cocina poblana, su cultura y la hospitalidad amable de los poblanos que no es cierto que se la pasan comiendo camote.