24 abril,2026 6:00 am

Joselo Rangel: navegar en dos aguas

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Adán Ramírez Serret

 

El movimiento del rock de los años sesenta no sólo significó una revolución juvenil, en inventar un nuevo tipo de vida, una nueva forma de ver el mundo que no fuera ni infantil ni adulta; sino juvenil: ser joven como una actitud ante el mundo.

Esto dio un giro en la forma de vivir la vida que, ahora, setenta años después, aquellos que aún viven como los Rolling Stones, en esencia, siguen viviendo jóvenes, aunque tengan ochenta años. Y es que ser joven no es solamente ser rebelde, es buscar siempre ver el mundo con frescura, no perderse en tiempos pasados mejores y en muchos sentidos, cumplir tus sueños. Los cuales no tienen, tenían que ver con pensar en el futuro con buscar la estabilidad familiar, sino con soñar con ser aquello que te apasiona; con probar las mieles de vivir haciendo lo que más te gusta. Lo cual, durante mucho tiempo, fue ser estrella de rock.

Los sueños de tocar la guitarra como Jimmy Page, cantar como Bono, tener la fuerza de Mick Jagger o el despliegue de genialidad de David Bowie. Pero no, normalmente se sienta cabeza para tener una vida normal.

Yo mismo, debo confesar, acaricié esa disyuntiva de dedicarme no a la música sino al rock. Siempre da un poco de bochorno aceptarlo, aquellos sueños de juventud de cabellos largos y guitarras eléctricas. Sin embargo, ha habido casos en donde ha sucedido lo opuesto: rockeros que después han confesado que su sueño primigenio era escribir. Patty Smith, por supuesto, David Byrne o casos como los Bob Dylan, en donde siempre hubo muchísima literatura, o Los Beatles, Rolling Stones o Leonard Cohen donde sus letras son verdaderas obras de arte.

Así, en nuestros lares, también ha habido músicos que han incursionado en la literatura. Uno de los más felices es el del guitarrista de Café Tacuba Joselo Rangel (Minatitlán, 1967) quien hace diez años debutó en el mundo de las letras con la compilación de relatos One-Hit Wonder. Por esos días, Joselo confesaba que siempre había ido a la par su pasión por escribir como por tocar la guitarra. Pero, bueno, salió Café Tacuba y hubo que esperar algunos años para hacerlo. Entonces viene la gran pregunta: ¿se puede ser un músico exitoso y también escribir bien? ¿Es posible navegar las dos aguas?

Nunca se va a saber si algo es realmente bueno, ni la música ni la literatura ni nada; pero pienso en lo que dice otro rockero que escribió un libro, Jarvis Cocker, cuando se pregunta cuál es la música que le gusta, no piensa en un género, sino más bien en aquello que lo haga estremecerse, sentir algo. Recomienda canciones de diferentes géneros y, en efecto, hay una cierta magia que cambia algo dentro de nosotros o en la forma de ver el mundo.

De aquellos primeros cuentos de hace diez años, aún recuerdo muchos, y ahora con su más reciente libro, Final feliz, vuelvo a estar en ese territorio que ya reconozco bien como el de los cuentos de Joselo y que disfruto tanto entrar en ese universo en donde todos los relatos tienen una trama generosa, en cuanto que están pensados para atraparte, para plantearte el que pasaría si… Entonces, en ese universo, un piloto confiesa que los aviones no vuelan por ninguna explicación física, sino más bien por la fuerza de la fe. Una mujer sólo cree en Cristo y se le aparece la virgen. Un traductor se obsesiona por su autor… es difícil poner los temas de los cuentos porque la maravilla estriba en la sorpresa, en el giro siempre de lo que está por suceder. Y en todos, también, habita de alguna forma ese que pudo ser que es el autor cuando no es la estrella de rock: el habitante de un mundo alterno en donde no vive de tocar la guitarra.

Final feliz es entrar a un universo un tanto estremecedor, de fábula de quien tiene la capacidad de navegar en dos aguas para atraparte y hacerte sentir el extraño estremecimiento de una buena historia.

 

Joselo Rangel, Final feliz, Ciudad de México, Seix Barral, 2026. 205 páginas.