
DE NORTE A SUR
Silber Meza
Soy periodista y también soy “creador de contenidos”, como se le dice ahora a toda persona que sube textos, videos y fotos a redes sociales, sea en formato informativo, diversión, estilo de vida, algún oficio, didáctico, etcétera.
No me imagino cómo puedo ser periodista sin ser naturalmente un “creador de contenidos”, pero no tiene mucho sentido abrir esa discusión.
Subo videos de noticias y hago editoriales, entre otras cosas, y cuando alguna publicación se hace viral puedo recibir cualquier tipo de comentarios: desde felicitaciones hasta amenazas de personas que están escondidas en el anonimato permitido por quienes poseen y administran las redes sociales.
Desde antes de conocer el término de “creador de contenidos”, he subido información a mi Facebook, Twitter, Instagram, TikTok. Siempre he creído que es un gran espacio para la libertad de expresión, para colocar ideas, para plantear una reflexión social y para promover los trabajos periodísticos que hago.
Pero jamás me imaginé que llegaríamos al punto en el que hoy estamos en México y, en particular, en Sinaloa. Una parte de los y las creadoras o influencers se hallan en medio de la guerra entre dos facciones.
El último caso, el de César Gastélum, que apenas hace unos días fue asesinado en Culiacán afuera de un Kentucky Fried Chicken mientras grababa un video en vivo, volvió a encender las alarmas sobre la seguridad de los jóvenes que hacen y suben videos. El gabinete de seguridad mexicano rápidamente comunicó los incipientes avances de investigación, ante el impacto del crimen: “Entre las líneas de investigación se encuentran diversas publicaciones, en las que en algunas de ellas hacía alusión a una facción de un grupo delictivo. Asimismo, se realiza el análisis de las cámaras de videovigilancia y otros indicios para identificar y detener a los responsables”, publicó en redes sociales.
La lógica del mensaje oficial es que César hizo un comentario de un grupo delictivo y eso resultó en el ataque.
Lo que hoy se publica en redes sociales, en particular en formato video, puede tener más impacto que lo que se lee en un periódico, en un sitio web, se escucha en radio e incluso en lo que se ve por televisión. La viralidad que llega a cualquier estrato económico y social lo hace sumamente efectivo en materia comunicativa, y peligroso por la afectación que causa en el círculo directo de la persona aludida/ofendida.
Por otra parte, más allá de la narrativa y posibles afinidades con grupos delincuenciales, existen publicaciones y estudios internacionales que hablan de creadores de contenido que utilizan su popularidad para el lavado de dinero, lo que no sólo beneficiaría a la persona directamente, sino al grupo criminal con el que se les asocia.
Hay un caso formal que no se trata de un creador de contenido, sino de un músico. Y no es del Cártel de Sinaloa –si es que aún se le puede llamar así–, sino del Cártel del Golfo. Es el del cantante Makabélico, que fue fichado por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos por supuestamente ayudar a esta estructura delictiva a lavar activos a través de su música. Las formas de lavado son muchas, y entre ellas están las reproducciones falsas, el uso de bots, las rifas, las donaciones de dinero, entre otras.
Sin duda, las agresiones y amenazas en contra de creadores de contenido que han sido relacionados con la batalla desatada entre los grupos criminales Chapos y Mayos en Sinaloa ha abierto una pregunta imposible de eludir: ¿por qué las balas ahora apuntan contra ellos y ellas?
No creo que alguien tenga una respuesta clara en este momento. En algunos casos se tienen indicios de una relación cercana o promoción de una facción, pero en otros no hay claridad. Hay muchos factores en juego: poca información, escasa investigación oficial, un contexto de violencia extremadamente descompuesto, y sería injusto, como siempre lo es, medir todos los casos con la misma vara: cualquier influencer de Sinaloa y de México es inocente hasta que se demuestre lo contrario.
Pero el tema es parte ya de la charla social. Ineludible.
Y es que más de una decena de creadores de contenido han sido asesinados desde hace dos años, cuando empezó la guerra, y muchos más amenazados. El bando rival los ha acusado de ser parte de la operación financiera de sus adversarios y de estimular las narrativas de guerra triunfalista enemiga.
Pero el gobierno mexicano, el responsable de investigar si esto es verdad o no por tratarse de delitos federales, no lo indaga. Y si lo hace no nos dice de forma frontal.
Es claro que la velocidad con la que se ha desarrollado el tema de los llamados creadores de contenido ha rebasado por mucho al gobierno mexicano y también nos ha sorprendido como sociedad.


