
La ONG reconoce que “en los últimos siete u ocho años ha habido avances muy significativos en términos de reducción de la pobreza y desigualdad de ingresos”. Pero, advierte, esos progresos conviven con “un modelo económico que no ha cambiado y que permite la acumulación de riqueza a gran escala en manos de muy pocas personas”. A nivel regional, la desigualdad económica se refleja en estados como Guerrero: a pesar de su riqueza natural y cultural, y sus enormes recursos turísticos, sigue entre los que tienen más rezagos
El Sur / Ciudad de México, 10 de abril de 2026. En México, la desigualdad no es un fenómeno accidental ni una simple consecuencia del funcionamiento del mercado. Es, en gran medida, el resultado de decisiones económicas y políticas que durante décadas han permitido la concentración extrema de la riqueza en un grupo reducido de personas: esta es una de las conclusiones centrales del informe Oligarquía o democracia, elaborado por Oxfam México, que analiza cómo el modelo económico aplicado en el país ha favorecido la acumulación de riqueza a gran escala y cómo esa concentración termina influyendo también en el funcionamiento de la democracia.
Efrén Pérez de la Mora, gerente de Gestión del Conocimiento de la organización, explica en entrevista con El Sur que el estudio, presentado recientemente, parte de reconocer que en los últimos años sí se han registrado avances en la reducción de la pobreza y en la desigualdad de ingresos. Sin embargo, esos cambios no han modificado la estructura que permite que las grandes fortunas sigan creciendo a un ritmo muy superior al de la economía en su conjunto.
“En los últimos siete u ocho años ha habido avances muy significativos en términos de reducción de la pobreza y también de reducción de la desigualdad de ingresos”, señala. Esos avances, dice, se relacionan con decisiones de política pública como el incremento sostenido del salario mínimo, las reformas laborales, la regulación del outsourcing y algunas medidas de política social tomadas en los últimos gobiernos.
Esos progresos, advierte, conviven con un problema estructural que permanece prácticamente intacto. “Cuando hablamos de desigualdad tenemos que hablar necesariamente de dos ámbitos: la pobreza y la pobreza extrema, pero también la riqueza y la riqueza extrema. Y es en ese ámbito donde los gobiernos más recientes han hecho muy poco”.
“El modelo económico sigue siendo el mismo”
El informe de Oxfam sostiene que, aunque el debate público suele centrarse en la pobreza, la acumulación de riqueza en la cúspide de la pirámide económica ha sido un fenómeno igualmente determinante para entender la desigualdad en el país. Y en ese terreno, el modelo económico que se consolidó desde fines del siglo pasado ha cambiado muy poco.
El origen de esa dinámica, menciona Pérez de la Mora, se remonta a las transformaciones económicas iniciadas en la década de 1980. A partir de entonces, el Estado redujo su participación directa en la economía y dejó en manos del mercado buena parte de las decisiones sobre inversión y desarrollo.
“Desde los años ochenta y noventa hay un modelo económico en México que fundamentalmente no ha cambiado y que permite la acumulación de riqueza a gran escala en manos de muy pocas personas”, resalta. Ese modelo, añade, utilizó durante décadas dos herramientas clave para ajustar las finanzas públicas: el salario mínimo y la inversión pública.
Desde entonces, ambas variables se mantuvieron deprimidas. El salario mínimo perdió poder adquisitivo y la inversión pública cayó de manera sostenida, bajo la lógica de que el mercado debía asumir el papel central en el desarrollo económico.
En los últimos años, el salario mínimo comenzó a recuperarse gracias a decisiones de política pública adoptadas a partir de 2017. No obstante, la inversión pública no ha seguido el mismo camino.
“Hoy tenemos menos de la mitad de la inversión pública que teníamos en 1981. Eso significa que, aunque se han tomado decisiones importantes en materia salarial, el modelo económico en lo fundamental sigue siendo el mismo”.
En 30 años, la fortuna de Slim aumentó 8.6 veces
Oligarquía o democracia documenta con cifras el resultado de esa estructura económica. En México existe un grupo reducido de milmillonarios cuya riqueza ha alcanzado niveles históricos, incluso en comparación con otras etapas del desarrollo económico del país.
“Los 22 milmillonarios mexicanos nunca habían sido tan ricos, nunca habían sido tantos y el más rico de ellos nunca había tenido una fortuna tan grande”, afirma Pérez de la Mora.
De acuerdo con el estudio, la riqueza conjunta de esas 22 personas y sus familias alcanza alrededor de 219 mil millones de dólares, una cifra que permite dimensionar la magnitud de la concentración económica en el país.
“Estamos hablando de una cantidad de dinero equivalente más o menos al tamaño de la economía de estados como Jalisco y Guanajuato juntos, o incluso comparable con la economía de Qatar”, explica.
Dentro de ese grupo destaca el empresario Carlos Slim, cuya fortuna supera los 107 mil millones de dólares, lo que lo convierte en el hombre más rico de América Latina y el Caribe.
Más allá de los nombres propios, el informe identifica un patrón estructural: las grandes fortunas crecen mucho más rápido que la economía nacional. Ese fenómeno refleja, según los autores, una dinámica en la cual los beneficios del crecimiento económico se concentran cada vez más en la parte superior de la pirámide social.
Uno de los datos más ilustrativos del informe muestra justamente esa disparidad. Entre 1996 y 2024, el tamaño de la economía mexicana –medido a través del Producto Interno Bruto– creció 1.76 veces. Es decir, ni siquiera se duplicó en casi tres décadas.
En contraste, la riqueza acumulada por los milmillonarios mexicanos se multiplicó 4.2 veces durante el mismo periodo. En el caso de Slim, el crecimiento fue todavía mayor: su fortuna aumentó 8.6 veces.
Para Pérez de la Mora, esa comparación resume con claridad el problema de fondo. “Estamos viendo un modelo económico que es maravilloso para los más ricos, pero muy mediocre para las grandes mayorías”.
La concentración de riqueza, insiste, no es sólo una cuestión de desigualdad económica. También tiene implicaciones profundas para el funcionamiento del sistema político y para la calidad de la democracia en el país. Esa relación –entre poder económico, decisiones públicas y vida cotidiana– es precisamente uno de los ejes que el informe busca poner en el centro del debate.
Desigualdad territorial en Guerrero y otros estados
La concentración de riqueza en la cúspide de la pirámide económica se refleja en la profunda desigualdad territorial que atraviesa a México. Mientras algunas regiones concentran inversión, infraestructura y crecimiento económico, otras permanecen atrapadas desde hace décadas en condiciones estructurales de pobreza y marginación.
El informe advierte que esa brecha regional es especialmente visible en Guerrero, Oaxaca y Chiapas, donde los indicadores sociales muestran rezagos históricos que no han logrado revertirse pese a distintos ciclos de crecimiento económico nacional.
“Guerrero es un ejemplo muy claro de cómo funciona esta desigualdad territorial”, recalca Efrén Pérez de la Mora. “Es uno de los estados con mayor riqueza natural y cultural del país, con enormes recursos turísticos, pero al mismo tiempo sigue apareciendo año tras año entre las entidades con mayores niveles de pobreza”.
Esa paradoja refleja, según el análisis de Oxfam México, una dinámica económica en la que las ganancias generadas por determinadas actividades productivas no necesariamente se traducen en bienestar para las poblaciones locales.
En estados como Guerrero, por ejemplo, conviven polos turísticos de alto nivel –como Acapulco o Ixtapa– con municipios rurales donde amplios sectores de la población carecen de acceso a servicios básicos, empleo formal o infraestructura suficiente.
“Hay territorios que históricamente han quedado fuera de los procesos de desarrollo económico”, comenta Pérez de la Mora. “Y eso no tiene que ver con falta de recursos o de potencial productivo, sino con decisiones sobre dónde se invierte, cómo se distribuyen los beneficios del crecimiento y qué regiones se priorizan”.
El resultado es un país que avanza a dos velocidades. Mientras algunos sectores económicos y ciertas zonas urbanas concentran cada vez más riqueza, amplias regiones del territorio permanecen rezagadas.
El informe subraya que esta desigualdad territorial también está vinculada con la estructura misma del modelo económico mexicano, que ha favorecido la concentración de capital en sectores y regiones específicas, dejando a otras dependientes de actividades precarias o de economías informales.
“Cuando observamos la concentración de riqueza en la parte más alta de la pirámide y al mismo tiempo hay estados con niveles persistentes de pobreza”, expone, lo que vemos es el resultado de decisiones económicas acumuladas durante décadas.
Poder económico que influye al poder político
Para los investigadores de Oxfam México, la concentración extrema de riqueza tiene consecuencias económicas, pero sobre todo afecta el funcionamiento del sistema político.
El informe plantea que cuando una pequeña élite acumula una proporción tan grande de los recursos económicos de un país, también adquiere una capacidad considerable para influir en decisiones públicas.
“En una democracia ideal, cada persona debería tener el mismo peso en las decisiones colectivas”, dice Pérez de la Mora. “Pero cuando hay concentraciones de riqueza tan grandes, esa igualdad política empieza a erosionarse”.
La influencia puede manifestarse de distintas maneras: desde la capacidad para financiar campañas políticas hasta el acceso privilegiado a espacios de decisión o interlocución con las autoridades.
Las grandes fortunas suelen tener una capacidad de incidencia mucho mayor que la del resto de la población, lo que puede traducirse en políticas públicas que terminan favoreciendo la preservación de ese mismo modelo de concentración económica.
Oligarquía o democracia
El título del informe, Oligarquía o democracia, resume justamente esa tensión. Para Oxfam México, el problema no se limita a la existencia de personas extremadamente ricas. La cuestión central es si las instituciones democráticas tienen la capacidad de equilibrar esas concentraciones de poder económico o si, por el contrario, terminan subordinadas a ellas.
“Las grandes concentraciones de riqueza siempre generan grandes concentraciones de poder”, enfatiza Pérez de la Mora. “Y cuando ese poder no se regula adecuadamente, puede terminar influyendo en decisiones que afectan a toda la sociedad”.
Desde esa perspectiva, agrega, “el debate sobre la desigualdad no es únicamente un asunto económico o social. También es una discusión sobre el tipo de democracia que puede sostener un país donde la riqueza se concentra cada vez más en la cima mientras amplios sectores de la población –y regiones enteras del territorio– siguen enfrentando condiciones estructurales de rezago”.
Para los autores del informe, abrir esa discusión es uno de los objetivos centrales del estudio: colocar en el centro del debate público el papel que juega la concentración de riqueza en la vida política, económica y social del país.
Guillermo Rivera


