30 septiembre,2025 10:38 am

La milpa depende de mi familia y mi familia depende del maíz, dice campesino de la Montaña

Por la escasez de lluvias de este año, la parcela de Rosauro Cayetano Reyes en Tlaquilzinapa no se le cargará de elotes, lamenta

(Segunda Parte)

 

Tlapa, Guerrero, 30 de septiembre de 2025. “El maíz, la milpa, depende de mi familia, pero también mi familia depende de la milpa… así de clarito es esto”, dice Rosauro Cayetano Reyes, campesino indígena de Tlaquilzinapa, a quien por este año, su parcela no se le cargará de elotes como esperaba, dada la escasez de lluvia que se resiente sobre todo en las laderas que él y muchas familias cultivan en la Montaña.

Se trata de una pequeña parcela, de las miles que se cultivan en una superficie de más de 180 mil hectáreas destinadas en la Montaña para el maíz, y mejor dicho, para la milpa, y labradas por más de 80 mil productores y sus familias. Una agricultura de temporal destinada fundamentalmente al consumo de casa, y, cuando más, a intercambios comerciales locales.

En la conferencia mañanera del pueblo celebrada ayer, la presidenta Claudia Sheinbaum recordó la importancia de los maíces nativos y destacó que, para su protección, en marzo del presente año entró en vigor la reforma constitucional que prohíbe la siembra de maíz transgénico en México, y adelantó el programa Sin máiz no hay país, que incluirá diversas acciones a partir del siguiente año, como fertilizante y otros estímulos a la producción y comercialización de este grano.

Entonces, para que ese programa realmente nazca sano, sus diseñadores deberían echar una mirada a diversas iniciativas ciudadanas, llenas de sabiduría, de ciencia y amor por la tierra, para no andar inventando fórmulas sólo de escritorio. Iniciativas como las de la Red de Guardianes de Semillas Nativas, que coordina Marcos Cortés Bacilio, con más de una década de activismo agroecológico.

Por otro lado, si bien es cierto que la producción nacional de maíz bajó, especialmente en estados del norte, también lo es que en las entidades pobres del sur, como Guerrero, la producción maicera aumentó, al alcanzar desde 2023, más de un millón 425 mil toneladas anuales, según cifras del Censo Agropecuario, lo que representa un incremento de más de 30 por ciento respecto a los primeros años de la década, lo que es fruto de la política social en curso.

Dar valor agregado a los maíces nativos: Marcos Cortés Bacilio

Más allá de la defensa, el cuidado y la conservación de los maíces nativos, se necesita darles valor agregado para su comercialización, asegura Marcos Cortés Bacilio, ya que “es muy digno producir ese maíz, pero si no hay canales de mercado”, y programas que estimulen esa agricultura tradicional, seguirá siendo una batalla, asegura.

Y es que estos maíces, sobre todo en las últimas décadas, han sido desplazados por semillas híbridas mejoradas, y “han sido los mismos gobiernos” los que las han promovido, por lo que “nosotros estamos en resistencia”, promoviendo que las familias conserven pero que también consuman comida tradicional, para estimular los canales de venta.

Ha habido intentos de programas de mejora, señala, pero sostiene que no han funcionado, y que hoy, “es nulo el apoyo, porque hay otra percepción institucional, todavía con la lógica de Calderón y Peña Nieto, de que el maíz sale más barato comprándolo que produciéndolo”, asevera.

Considera que un verdadero programa tendría que ofrecer una atención integral, que incorpore el tema de maíces nativos al sistema educativo y a los centros de investigación, que promueva el conocimiento del potencial culinario y nutricional, y que fomente la producción y la comercialización con instrumentos claros, así, “realmente sería un programa de rescate, mejoramiento y divulgación” bien estructurado, destacó.

Su actividad se centra en Coyuca de Benítez, y en menor medida en Atoyac y Tecpan, en la Costa Grande, pero igual, la red está ligada a la campaña Sin maíz no hay país, y al núcleo de organizaciones y personas que, en 2013, interpuso la demanda colectiva contra la liberación o siembra de maíces transgénicos.

Buena parte de su accionar se enfoca en el relevo generacional, pues “el campo se está volviendo viejo”, y ya muchos jóvenes no ven a la agricultura como un destino, y por eso realizan talleres sobre técnicas de selección, mejoramiento y conservación de granos, preparación de alimentos tradicionales; o ferias de intercambio de semillas y saberes.

Sabe que un problema contra el que se enfrenta la promoción de las semillas criollas, es la idea de su baja productividad, pero él ha documentado, a través de tesis de maestría, que una hectárea bien atendida, podía dar hasta 5 toneladas, aunque el promedio sea 3 toneladas. Aquí, apunta, conviene no olvidar que “la bondad de la milpa es que además del maíz, hay calabazas, sandías, melones, hasta 12 cultivos a la vez”.

Y claro, no ignora que en zonas como la Montaña, se ven rendimientos hasta por debajo de una tonelada, pero constituye un gran acervo de agricultura tradicional.

Los espantapájaros ya no espantan: Rosauro Cayetano

Rosauro Cayetano trabaja el campo desde niño, tal vez desde los cinco años, y desde las primeras lluvias. Y así era cuando las familias no sentían la obligación de enviar a los niños a la escuela. “La única que se quedaba en casa para preparar alimentos era mi mamá, pero cuando sembrábamos muy lejos y no convenía que ella llegara sola con la comida, hacíamos lumbre ahí donde estaba el terreno y ahí comíamos”, rememora para El Sur.

Ahora a los niños los llevan solo los fines de semana a la parcela. Y es que desde chiquitos algo pueden hacer, “sobre todo aprender a sembrar, a limpiar y a querer a la tierra”. De niño, como él no podía agarrar el azadón, lo ponían a limpiar yerbas malas, “con la mano arrancaba todas las plantas que no dejaban crecer la milpa”, cuenta.

“Mi papá era el que agarraba el arado y mi abuelito era el jefe, el que repartía el trabajo para cada integrante de la familia y mi abuelita igual que yo, limpiaba la milpa”.

Desde que se prepara la tierra hasta la pizca, narra, hay mucha actividad que se ve compensada cuando la milpa ya da elotes, quelites, calabazas, flor, frijol… “ahí se siente la verdad de trabajar la tierra, y de cómo nos unimos con nuestras familias que ya descansan, pues mi abuelito nos contaba de cuando era niño, y así se ve y se siente cómo pasa el tiempo, de milpa en milpa, de lluvia a lluvia…”.

Antes, a la hora de la siembra, los niños no participaban, sólo jóvenes de 14 años para arriba, ya que supieran bien combinar y contar las semillas de maíz, calabaza y frijol, porque si ponen pocas se las comen las ratas y las ardillas. “Entonces, es sembrar y poner los espantapájaros, que antes sí se hacían bien, como gente, y ya ahora nomás se ponen unos trapos sobre una cruz”, y eso ya no asusta a nadie, dice sonriendo.

Como a los 10 días que empiezan a salir las plantitas, hay que ver cuántas se lograron, para reponer las que hayan sacado las ardillas, y después hay que cuidar que las guías del frijol no se enrollen tanto en la caña del maíz, porque pesan y lo asfixian. Luego de eso se pone el primer abono y se tapa, luego el segundo, unas semanas después, “pero antes así nomás era, sin nada, y se daba bien”.

En su larga narración pasa por la gallina ciega, el primero y segundo abono, la llegada de calabazas, flores, ejotes y elotes; por la limpia de la milpa y el uso de sus hojas para tamales y ganado, por la selección del “maíz padre, el mejor, el más llenito”, y ya para fin de año, por la pizca y empezando el próximo el desgrane. Se dice rápido…

Pobreza extrema de guardianes

Pero a pesar de toda esa generosidad de la planta, sus guardianes por siglos y milenios en la Montaña continúan en pobreza extrema, apenas acariciada por un respiro de los números.Y es que, como ya se ha dicho de mil formas, estos son pueblos del maíz, así los ñuu savi, los me’phaa y los nahuas. La esperanza de poder llenar sus graneros que los alimenten durante el año, no cede, pues hay que alimentarse para seguir alimentando el mosaico de culturas entreveradas que es México.

Martín Equihua

Entérate más