14 septiembre,2021 5:19 am

La presencia nebulosa de una bestsellerista

Federico Vite

Donna Tartt, escritora del sur de los Estados Unidos, sale del retiro escritural cada diez años y se hace presente en ferias de libro, noticiarios culturales y múltiples sitios mediante entrevistas en las que promociona el material que acaba de publicar. Se convierte en alguien expuesto al ojo escrutador del mundo durante seis meses. Después regresa al anonimato.

Los libros que escribe son extensos y ambiciosos: El secreto (1992), de 779 páginas; Juego de niños (2002), de 864 páginas; y El jilguero (2013), de mil 146 páginas. En cada una de esas historias los lectores encuentran un ejercicio literario fundamentado en las fosas marianas de la novela del siglo XIX. Redescubren al gigante inglés Charles Dickens. Esos cuerpos narrativos poseen muchos diálogos, descripciones detalladas de objetos y personas, digresiones múltiples, una estructura no lineal, buen manejo del suspenso, atinado trabajo del lenguaje coloquial y, por supuesto, un efectivo enfoque narrativo.

El editor de El jilguero, libro con el que Tartt obtuvo el premio Pulitzer en 2014, fue Michael Pietsch. Este hombre también se encargó de algunos libros del querido David Foster Wallace. En octubre de 2013, Tartt y Pietsch publicaron en The slate book review una conversación en la que revelaban algunos detalles del trabajo que realizaron en conjunto para publicar El jilguero. Pietsch señalaba que es muy complicado dar una respuesta inmediata a un manuscrito como El jilguero. “No puede saber qué secretos esconde el escritor en los primeros capítulos. Puede estar confundido acerca de algo, pero el escritor puede tener la intención de esa confusión. Todo lo que puede hacer el editor es decir qué partes le gustan y por qué, señalar los lugares donde se siente lento (el libro) y qué partes, si es que hay alguna, son confusas”, dijo.

Tartt, en respuesta a ese comentario, comentó que un editor debe leer el manuscrito y de inmediato señalar si la lectura se disfruta o no. “Para que se le diga al novelista lo que está haciendo bien, porque eso puede influir en las partes no escritas de una novela: el elogio ayuda al escritor a saber qué tiene de bueno lo que ha escrito, qué es interesante y emocionante, y en qué trabajar. Conocer los puntos fuertes enfoca la atención de uno en lo que es fuerte y hace que sea más fácil pasar de un punto fuerte a otro. Mientras que la crítica en el momento equivocado, incluso si es una crítica legítima, puede ser seriamente dañina y hacer que el escritor pierda la fe en lo que está haciendo”.

Para agrandar la reflexión sobre ese panorama, Pietsch dijo que aparte de trabajar con los manuscritos, el editor debe ser un estratega: “El trabajo del editor siempre ha sido una combinación de elementos, de los cuales la edición real es solo una parte. Un editor es un inversor: los propietarios de la empresa confían en él para invertir su dinero en escritores. Los editores son publicistas de su empresa y de ellos mismos, consiguiendo que los autores y agentes (literarios) les envíen grandes libros para su publicación. Son negociadores que trabajan para llegar a términos contractuales que, si todo va bien, permitirán a su empresa obtener ganancias”. Después, a uno como curioso lector, le parece extraordinario la siguiente confesión: “En la edición moderna, a medida que el negocio ha crecido en sofisticación, tamaño y complejidad, el otro gran papel del editor se ha hecho más grande. Es decir, el editor como gerente de producto, la persona que conoce todo el alcance del negocio y puede comunicar toda esa complejidad al autor y al agente al mismo tiempo que representa el trabajo del autor dentro de la empresa. Esta es la parte del trabajo que ocupa todo el tiempo: trabajar con el escritor, la editorial y el mundo exterior en cosas como título, subtítulo, tiempo, precios, posicionamiento, arte de portada, diseño tipográfico, venta de ejemplares, publicidad, estrategia, enfoque de marketing, elaboración de presupuestos y difusión general del entusiasmo. Entonces, editar un libro es trabajar en todo esto y mucho más, para muchos libros a la vez en diferentes etapas de la vida de esos libros. Pero al igual que la edición, todo ese trabajo es invisible a largo plazo. Lo que perdura, el milagro en el centro de todo, es la cadena de palabras que un escritor ha encadenado. Eso es todo”.

En respuesta a una aseveración como la que hace al final de su comentario Pietsch, Tartt afirmó: “Escribir una novela es como construir un edificio. Hay que dar prioridad a las cuestiones técnicas, como la estructura y la cronología. Quizá porque empecé como poeta, mis experimentos con el lenguaje tienen lugar en el plano de la frase. Con un poema uno puede ser todo lo inventivo que quiera con el lenguaje, pero si no quieres que se te derrumbe una novela, no queda más remedio que ser un escritor de corte clásico, sobre todo si uno escribe novelas tan largas como las mías”.

Para Tartt no hay novedades ni vanguardias en la escritura de una novela. Ella cree en el trabajo duro y persistente. Es decir: un novelista de cepa trabaja diariamente línea por línea. Tiene que ser hasta cierto punto esquemático, porque el novelista literalmente trabaja con la progresión dramática de los personajes y gracias a ellos intensifica o resuelve la trama. La intención es que al final, cuando el lector ya tiene el libro en las manos, el relato esté perfectamente ordenado para que se comprendan todas las implicaciones de esa historia. No importa si ese orden que posee el relato es aparentemente caótico.

En una entrevista que Tartt concedió en 2013 a la BBC, en la sección Newsnight, confesó lo siguiente: “Tardé ocho meses en escribir las mil páginas de El jilguero, pero el proceso real, el trabajo, está en saber cómo organizar las diversas partes de la historia”. Y agregó: “Trabajo cada día durante años. Escribir es como leer un libro, pero a un nivel de mayor profundidad”.

Hablamos de ocho meses de redacción y de nueve años 4 meses de reescritura y análisis de ese proceso. ¿Es mucho tiempo para un libro? Ante esta pregunta, Tartt comentó lo siguiente con el famoso e inquisitivo entrevistador Charlie Rose, en 2013: “El proceso de elección entre un punto y otro (de la novela) es lo que tardo en decidir. Suelo regresar a varios puntos. Pensar en una, dos o tres opciones para los episodios de la novela. Es un trabajo invisible que no está en el libro, pero es necesario. He tratado de escribir rápido, pero no lo disfruto. De verdad que disfruto el proceso de analizar cada parte del libro. Escribir es un misterio que se va resolviendo durante el libro. Si el escritor no se divierte tampoco lo hace el lector”. Parece que para ella, completar una novela cada década es un buen ritmo. Escribe sin acelerar el proceso. No se rinde ante las exigencias editoriales. Diez años no es poco, pero sí muy placentero. Leer a Tartt es redescubrir a Dickens y hablar de Dickens es redescubrir los mecanismos ancestrales de la novela. Una superestructura que deriva, justamente, de la habilidad e inteligencia narrativa del escritor. El editor, como en este caso Pietsch, cuida la unidad del relato, los saltos temporales, la continuidad de estos y literalmente discute cada coma con la escritora. Editar novelas como El jilguero es una empresa titánica y envidiable. Es un arduo trabajo que se recompensa cuando el lector termina su misión y piensa que acaba de experimentar los efectos embriagadores de la literatura: hacer entrañable algo que solo ocurre en un libro. Aunque en descargo de un lector obsesivo debe decirse que las novelas de Tartt tienen muchísimas palabras y a menudo les sobran varias páginas. Ser una novelista ambiciosa implica varios riesgos. Eso también es admirable.