8 julio,2026 6:19 am

La unidad como condición para avanzar en la transformación

 

Javier Saldaña Almazán

En la vida de los pueblos hay momentos que ponen a prueba no solo la fortaleza de las instituciones, sino la madurez de quienes tienen la responsabilidad de conducirlas. Los procesos internos de los partidos políticos son uno de esos momentos: en ellos se mide la capacidad de conciliar la legítima competencia con el interés superior del proyecto colectivo.
El proceso que hoy vive Morena en Guerrero merece leerse precisamente desde esa perspectiva: como una oportunidad para demostrar que otra forma de hacer política es posible.
Nuestro estado fue el que registró el mayor número de personas inscritas para participar en la definición de la Coordinación Estatal de los Comités de Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional. De ese amplio registro, hoy somos 17 las y los aspirantes que recorremos el territorio. Algunos podrían interpretar esta circunstancia como un signo de fragmentación. Yo, en cambio, prefiero verla como la evidencia de un movimiento vigoroso, profundamente arraigado en la sociedad, con una amplia generación de mujeres y hombres que desean servir a Guerrero desde los principios de la Cuarta Transformación: no mentir, no robar y no traicionar al pueblo.
Los movimientos políticos se debilitan cuando dejan de convocar; se fortalecen cuando generan participación. La pluralidad, cuando está acompañada de reglas claras y convicciones compartidas, no representa una amenaza. Al contrario: constituye una de las expresiones más saludables de una organización democrática que ha sabido despertar la esperanza de millones de mexicanas y mexicanos.
Sin embargo, también es cierto que toda competencia despierta emociones intensas. Es natural que existan diferencias de visión, de trayectoria o de estrategia. Lo que no debe normalizarse es que esas diferencias deriven en golpeteo, descalificación o desgaste entre quienes compartimos un mismo horizonte de país. La historia política nos ofrece una enseñanza permanente: los proyectos colectivos rara vez son derrotados desde el exterior cuando conservan cohesión interna; suelen debilitarse cuando permiten que las disputas personales ocupen el lugar de las causas comunes.
Por eso conviene recordar con serenidad una verdad elemental: el adversario no está en casa. No está entre quienes hemos decidido caminar bajo los principios que dan alma a este movimiento iniciado por Andrés Manuel López Obrador y en proceso de consolidación con la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo. El verdadero desafío sigue siendo combatir las desigualdades, ampliar las oportunidades para quienes menos tienen, consolidar un Estado cercano a la gente y preservar un proyecto nacional que ha colocado la justicia social en el centro de la vida pública.
En diversas ocasiones, la presidenta Claudia Sheinbaum ha insistido en una idea que merece asumirse como guía ética y política: por encima de cualquier nombre debe prevalecer la defensa del proyecto de transformación. Esa definición no minimiza las aspiraciones individuales; simplemente las ubica en la dimensión que les corresponde. Los cargos son temporales. Las causas, en cambio, trascienden generaciones.
Quien esto escribe ha dedicado su vida a la educación pública. Desde la Universidad Autónoma de Guerrero –a cuya rectoría solicité licencia para participar con transparencia en este proceso– aprendí que ninguna transformación verdadera se construye en solitario: se construye escuchando, sumando voluntades y poniendo el conocimiento al servicio del pueblo. Con esa misma convicción participo hoy en esta contienda interna.
Guerrero conoce mejor que nadie el valor de la unidad. Nuestra historia está escrita por mujeres y hombres que comprendieron que las conquistas sociales nunca fueron resultado de esfuerzos aislados. Desde las luchas por la educación pública hasta las demandas de justicia y democracia, cada avance ha dependido de la capacidad de construir coincidencias por encima de las diferencias.
Hoy, la defensa de la Cuarta Transformación y de nuestra Soberanía Nacional es una tarea colectiva que nos convoca a la unidad. Siguiendo el ejemplo de la gobernadora Evelyn Salgado Pineda –quien, con una política de territorio y no de escritorio y un profundo amor a su estado, ha sido pieza fundamental para consolidar el proyecto de nación en la tierra digna y combativa de Guerrero–, entendemos que el avance de nuestro estado requiere de la suma de todas y todos.
Esa memoria histórica debe acompañarnos en el momento que vivimos. Quienes participamos en este proceso tenemos la obligación de demostrar que es posible competir con firmeza, pero también con respeto; defender ideas sin descalificar personas; recorrer el territorio con entusiasmo, sin perder de vista que la confianza ciudadana se construye con congruencia y con ejemplo.
Por ello, expreso un exhorto respetuoso a las y los demás aspirantes, así como a quienes integran sus equipos: cuidemos el lenguaje, honremos las reglas del proceso, privilegiemos el contacto directo con la militancia y con el pueblo. La política encuentra su mayor legitimidad cuando escucha más de lo que confronta y cuando propone más de lo que descalifica.
Las y los guerrerenses esperan de quienes aspiramos a servirles una conducta a la altura del momento histórico: prudencia en las palabras, honestidad en los actos y serenidad frente a la competencia. Esa expectativa es una responsabilidad que ninguno de nosotros debe ignorar.
La verdadera prueba llegará cuando concluya la encuesta para decidir quién encabezará la Coordinación Estatal para la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional. Ese día conoceremos un resultado; al día siguiente comenzará una tarea todavía más importante: preservar la unidad del movimiento y fortalecer el compromiso con Guerrero. Quien resulte favorecido o favorecida tendrá la responsabilidad de convocar, incluir y construir. Quienes no, tendremos la oportunidad de demostrar que nuestro compromiso con la transformación nunca dependió de una posición, sino de una convicción profunda.
Las coyunturas pasan; los pueblos permanecen. Las responsabilidades cambian; los principios deben permanecer intactos. La política alcanza su mayor dignidad cuando entiende que el interés colectivo está siempre por encima de cualquier legítima aspiración personal.