6 junio,2018 6:40 am

Las Cihuatatoyotas

José Gómez Sandoval
Pozole Verde
 
Las cihuatatoyotas
Donde terminan los caminos y comienzan los hierbazales húmedos de los esteros, en las raíces de los árboles. Unos dicen que vienen de las nubes y el viento, otros que son hijas de la tierra y el agua. Algún sobreviviente de sus encantos aseguró que tienen cola de pez, pero para otro las cihuatatoyotas tienen las piernas más contorneadas y hermosas que “jamás haya visto”. Hace años alguien logró escapar justo cuando empezaron a entonar una canción simple y monótona, como sirenas que añoraran el mar, pero su versión pronto fue olvidada. Nadie les ha visto las garras que les atribuyen, y a pesar de que la gente prefería achacarle los ocasionales crímenes de jóvenes  borrachos en los cañaverales a algún traicionero compañero de juerga antes que a un puñado de damas vegetales cantarinas y “demasiado bellas”, se empezó a hablar de los esteros de Ayotzinapa como de un espacio mágico y traicionero –con especial dedicatoria a las parejitas de enamorados que andan buscando dónde esconderse y a los trasnochadores que no tienen para cuándo llegar…
Cierta noche, el zapatero Matías Zancón, famoso en el pueblo por su joroba y su mal humor, regresaba a su casa después de haber estado conviviendo con unos amigos del otro lado de la carretera. Con tal de cortar paso, decidió no darle vuelta a la escuela de Ayotzinapa y se metió en la maleza selvática y en las aguas frías del cañaveral. Su decisión impulsó un extraño tipo de suerte, y, de paso, hasta donde vamos, selló para siempre esta leyenda tixtleca.
Las cihuatatoyotas no quieren matar, matan sólo al que se quiere pasar de vivo, suponía la gente. La dama de blanco que se les aparece y desaparece a choferes y caminantes en la Media Luna debe ser una de ellas, calculaba. Si algo no pudo pasar desapercibido fue el repentino enriquecimiento y el reciente buen humor de Matías Zancón, el zapatero enojón que ya no curaba zapatos apestosos en el barrio de las carboneras y ahora vivía en un caserón encalado y con jardines interiores, a dos cuadras del centro, como rey. Por si fuera poco, nadie había sabido de un jorobado que perdiera la joroba de un día a otro, ni de alguien de su edad que anduviera caminando tan derechito y sin bastón. Tanta sorpresa impulsó a don Rómulo Garzón a rondar cerca de la casa de don Matías, al que, por cierto, nunca pidió trabajo alguno, pues antes que cambiar suelas o remendar sus zapatos viejos, el adinerado caballero prefería estrenar.
Apenas vio que el zapatero salía de su casona, lo abordó esbozando la mejor de sus sonrisas. Lo felicitó por su tremenda prosperidad, y de inmediato quiso saber cómo le había hecho.
Qué demonios pasó cuando se perdió en los “pantanos”. Eso quería saber. La historia de su desjorobamiento lo tenía sin cuidado:
-Si su repentina fortuna nos escandaliza, ¡su cambio de humor nos llena de zozobra! –añadió, sin embargo, ansioso por conocer el secreto.
Como el zapatero mantenía la boca cerrada, don Rómulo le preguntó si ya sabía que muchos sospechan que tuvo un pacto con el diablo, y los problemas que se le podían venir encima si hacienda y la policía le pidieran explicaciones sobre su riqueza inexplicable. Y Matías Zancón aflojo prenda.
Con detalles, contó cómo fue que se perdió en el camino y llegó al laberinto de ahuehuetes, parotas y ceibas de Ayotzinapa. En lo demás fue parco, pero suficiente. No se había topado con el diablo, sino con las cihuatatoyotas. Todas las ven hermosas y elogian su carácter alegre y parlachino, y la facilidad con que de repente empiezan a cantar “enigmáticamente”, dicen, cuando sólo están tatareando una simple y monótona canción para niños con obsesión infatigable. Cantan más bonito que las sirenas, pero cuando quieren repetir la tonada se les atasca los tiempos y la memoria…
-Dicen que cantan de algo de la semana… -rezongó don Rómulo.
-Yo sólo sé que frente a ellas olvidé lo que sabía…
-Hábleme seriamente –apretó don Rómulo-. Cuénteme cómo de repente se hizo tan rico y de cómo es posible que ande de tan buen humor…, ¡para no preguntarle por la joroba del tamaño de un queso que le adornaba la espalda!…
-Es cuestión de seguirles la letra… -zigzagueó el zapatero, y don Rómulo preguntó: “¿la letra de lo que cantan?”
“¡Las mismas!”, festejó Matías Zancón, que ya no pudo impedir que don Rómulo repitiera el principio de la cantinela de las cihuatatoyotas, de acuerdo al jovencito atolondrado que juraba que hacía unas noches se había topado con esa puerta de la naturaleza y el misterio, y sólo pudo oír: Lunes y martes…, pues había salido corriendo. Don Matías sonrió, y siguió contando.
Lunes y martes, y miércoles tres…, musitaron las mujeres de eucalipto, y las parotas, y las ceibas de piernas blancas y redondeadas, y hasta las araucarias movían coquetamente el copete mientras entonaban la infantil y aburrida canción.
¡Lunes y martes, y miércoles tres!, repitieron retadoramente las encantadoras mujeres, chapoteando en el agua apenas iluminada por la luna.
-En una de las pausas que me brindó su cantinela, se me ocurrió que a lo mejor no se sabían los días de la semana –contó el zapatero-, y me atreví a llenarles la plana:
¡Lunes y martes…, y miércoles tres!, cantaban ellas, y yo agregué:
Jueves y viernes… y ¡sábado seis!
A las cihuatatoyotas les pareció buenísima respuesta. Rodearon a Matías y lo jalaron más adentro del agua, donde le aplicaron aceites de hierbas en la espalda mientras le sonreían y lo colmaban de besos.
-¡Como me llenaron de bolsas de oro y piedras preciosas, ni cuenta me di de que ya me faltaba la joroba de queso! –alardeó don Matías, cuando la mitad de don Rómulo, que ya había escuchado suficiente, desaparecía en la puerta sin despedirse y se perdía en oscuridad de la calle como alma que lleva el diablo.
 
Toda la noche veló don Ramiro su secreto. Al otro día pidió que le llevaran el desayuno a la cama, pues mientras afinaba su plan prefería no salir de su recámara señorial.
Ni por un instante pasó por su mente ir a dar noticia a la municipalidad. Ni a su mujer le contaría el ilusionado ricachón. A la tardenoche se puso camisa de manga corta y se fue a perder en la selva de árboles engañosos y matorrales traidores, tras la piedra filosofal de los cañaverales. No iban a desairar las cihuas a galán tan creído y ambicioso del agua milagrosa y los placeres profanos, y pronto se encontró en el estero, como Apolo con sus ninfas. Lo recibieron en cueros, con el agua hasta las rodillas, el pecho desnudo salpicado por brillos de la luna. Disfrutó el aceite de caricias silvestres que le aplicaron y en sus miradas halagüeñas creyó ver don Rómulo un centelleo de promesas. Cuando mejor lo trataba la maraña de ramas el agua se balanceó suavemente y algunas damas empezaron a cantar, a modo de pregunta, pero con entusiasmo:
Lunes y martes, ¡y miércoles tres!…
Jueves y viernes, ¡y sábado seis! –agregaron otras, divertidas.
El hecho de que ya hubieran añadido los tres días que, como el zapatero, él pensaba cantar, confundió a don Ramiro. Lunes y martes, y miércoles tres; jueves y viernes, ¡y sábado seis!… –repitieron las ninfas, y don Ramiro, que no podía más,
¡Y domingo siete!,
recantó, exaltado, antes de quedar sin sentido.
Ya no se dio cuenta de que, nomás escucharon la fecha a la que no querían llegar, las cihuatatoyotas hicieron un berrinche tremendo y desaparecieron entre las ramas confusas.
***
Cuando abrió los ojos, don Ramiro supo que no estaba en su recámara señorial. Antes de que amaneciera descubrió que estaba desnudo y calculó que las manchas que se pegaban a sus rodillas eran de lodo. Esto no lo sorprendió tanto como la pobreza del cuarto de adobe y teja donde había despertado. No sabía dónde poner los ojos, y cuando intentó pensar las palabras se le escabullían en la cabeza como peces fuera del agua. Quiso recordar qué pasó ayer, la noche de anoche, pero el polvo y la humedad de las paredes amenazaban con silenciar sus pulmones, y su memoria se atoraba en su propia imagen rondando por el barrio de las carboneras sin sentido. Trató de convencerse de que el olvido era momentáneo, de que estaba en un sueño y mañana sería otro día. Lo que menos comprendía era cómo amaneció con la cara rasguñada y una joroba del tamaño de un queso en las espaldas.