
Zitlala, Guerrero, 6 de mayo de 2025. El pueblo de Zitlala (en náhuatl, Lugar de las Estrellas) celebró el ritual prehispánico de petición de lluvias con peleas de hombres y mujeres jaguar. Se trata del Atsatsilistli, ceremonia que marca el inicio del ciclo agrícola.
La tradición es de origen remoto. Zitlala, de acuerdo con el ex capitán de uno de los barrios, Arnulfo Tecruceño, formó parte de la ruta del jaguar de la zona Centro de la entidad.
En varios sitios, entre ellos Zitlala, la cultura olmeca dejó vestigios y pinturas rupestres en las que aparece como figura central el jaguar, adorado por su fuerza, agilidad y sabiduría. Desde el primer asentamiento humano ya se realizaba el ritual, indica el peleador.
La leyenda cuenta que los pobladores tenían abundancia de alimentos y agua, pero se olvidaron del conteo del tiempo y de agradecer al dios Tlaloc, quien se molestó y les mandó sequía y calamidades como castigo.
Entonces, los gobernantes Zitlalin (la mujer estrella) y Acatl (el hombre carrizo) oraron y se convirtieron en jaguares.
Ya como nahuales subieron al cerro del Tonacatépetl para robar las semillas de maíz, frijol y calabaza al dios Tláloc para darle de comer a su gente. En su huida rodaron y esparcieron las semillas en el campo, lo que provocó una pelea entre los jaguares, o tecuanes.
El cerro reverdeció, el caudal del río volvió y el sol brilló de nuevo. El sacrificio agradó a Tláloc.
Cada año el pueblo de Zitlala ofrece flores, alimentos y danzas a sus dioses y a la cruz cristiana en los cerros Zitlaltépetl y El Cruzco.

El ritual principal es el 5 de mayo, donde toda la población participa en la organización. Algunos son mascareros, las mujeres confeccionan los trajes, preparan los alimentos y pelean, otros son músicos y unos más mezcaleros.
Por la mañana, los capitanes de los tres barrios y una comunidad ofrecen a sus visitantes, vecinos y peleadores un pozole.
Más tarde comparten mixiotes de res, mezcal y cerveza, ante el intenso calor.
Por las calles empinadas, tapizadas con pavimento o de tierra blanca se pueden escuchar los sones de música de viento que llaman a los jaguares –desde niños, mujeres y adultos– para participar en la batalla principal.
Cada año son más los participantes. Incluso nativos radicados en otras ciudades acuden cada año para ser parte de la tradición.
Uno a uno, se van sumando para danzar en la parte alta y en el centro de la población, donde se concentran los dos bandos. Después se dirigen a la plaza central convertida en una especie de coliseo prehispánico, donde más de mil personas esperan ansiosas ver el ritual.
Ya en la plaza los reatazos se estrellan en las máscaras de cuero curtido de res, espaldas y piernas de los combatientes, hasta que uno de los dos se rinde o cae al suelo.
En el lugar se entrelazan los sonidos de los golpes, los sones de tres bandas y los gritos del público, apenas se percibe el sonido de un tambor y una flauta de uno de los últimos ejecutantes de la música original.
Como todo coliseo, las autoridades han apartado para ellas, familia e invitados, el palco principal con sombra, mientras la muchedumbre paga 60 pesos por obtener un lugar en las gradas, tratar de ver alrededor de la plaza o subir a dos palcos lejanos soportando los rayos del sol.
El acto también es propicio para la vendimia de garnachas, gelatinas, elotes, antojitos y bebidas.
En el lugar también hay policías municipales, militares y agentes de la Guardia Nacional.
Las feroces batallas terminan en un saludo de mano, en un abrazo o en el festejo del oponente, pero todos saben que es parte de un sacrificio. Entre más sudor y sangre más lluvia y buenas cosechan esperarán.
Texto: Luis Daniel Nava


