27 febrero,2026 6:29 am

Los clamorosos susurros de Rulfo

Julio Moguel

LASCAS

 

Lenguaje, historia y literatura

Nota bene. Iniciamos esta nueva serie bajo el título general de “Lenguaje, historia y literatura”, con el intento de mostrar, en cada uno de los textos, más que aspectos separados o especializados en alguno de los temas indicados, el entrelazamiento necesario e íntimo que existe entre ellos, y que no puede verse o desarrollarse si no se toma como eje de su articulación una línea filosófica determinada. Este eje tiene como base de conceptualización la pregunta por el “Ser”, dado que los elementos considerados son parte constituyente y constitutiva del Ser como un “existencial”; o, dicho de otra forma, del Ser como un Ser-siendo, cuyo lenguaje, historia o expresiones poéticas o literarias sólo pueden desplegarse en su capacidad para “mostrarse-al-otro” o “a los otros” desde una verosimilitud no contingente sino estructural. Se juega aquí el proceso de “re-presentación” basado en un concepto de verdad que se aleja o divorcia de la visión iluminista que domina aún en nuestros tiempos (me refiero aquí a la idea, proveniente de Platón, de que el ser humano encuentra “la verdad” cuando, habiendo sido confinado a las obscuridades de una cueva, sale finalmente de ésta y encuentra, con la luz del Sol, “la verdad” del Ser, del mundo o de la vida).

Tomamos, frente a la idea platónica reproducida mucho tiempo después por el pensamiento cartesiano (desde su “Pienso, luego existo”, racionalista), la de aquellos que, desde una perspectiva fenomenológica, piensan “la llegada a la verdad” (del Ser, del mundo o de la vida) a través de un “desocultamiento”, es decir, a través de un proceso en el que por un procedimiento mayéutico se van descubriendo los puntos de llegada a las posibles “verdades del Ser, del mundo o de la vida”.

En esta primera entrega me abocaré a mostrar cómo, en Pedro Páramo de Juan Rulfo, lo que se obsequia literariamente a quienes se aventuran a la lectura de sus letras, es un tejido de aparentes sinstentidos que muestra, del Ser, del terruño y del planeta, algunos de sus fundamentos más íntimos y sensibles. Para llegar a tal punto Rulfo “juega” con recursos que parten de consideraciones prelógicas y “de locura”. Mas tales elementos integrarán en realidad lo que no es sino una construcción de verdades esferológico-ficcionales “de la vida en sociedad y en-naturaleza”, con valores que echan raíces en los planos locales, en los seres humanos y en el mundo.

I

Sin la consideración sobre qué tiene que ver “el sonido” con “el sentido” no podrá entenderse nunca la relación entre “el Ser y las palabras” y/o “el Ser y las cosas mismas” (Foucault lo resume en una línea integrada de concepto: “Las palabras y las cosas”). Éstas (las cosas) tienen su musicalidad originaria si se piensan desde el punto de vista del “cómo se nombran” para que adquieran su significado más puro y natural: como el rebuzno –siendo éste un sonido– corresponde a “la palabra” del burro, el ladrido a “la palabra” del perro, el maullido a “la palabra” del gato (sigo aquí al poeta Hölderling); o el retumbar de las olas a “la palabra” del mar (¿acaso el mar no nos habla al oído para platicarnos sobre lo insondable o sobre la inmanencia?).

Hagamos un ejercicio de aproximación en este texto a lo antes dicho leyendo o releyendo a Juan Rulfo, el mejor novelista mexicano de todos los tiempos.

Nombrar Comala al mundo esferológico-ficcional de Rulfo no es igual a llamarla Tuxcacuesco (nombre que el escritor le había impuesto en sus primeras versiones de Pedro Páramo a Comala), y en la búsqueda y encuentro de esa primera literalidad líquida y universal (Comala, que obviamente nos habla del comal, pero en una sintonía en la que predomina la “liquidez” y suavidad del agua) se llega a la redondez en la que habita la inmanencia propia de un mundo de muertos-vivos y de vivos-muertos, espacio en el que se logra la absoluta y necesaria “transgresión” que permite llegar a verdades a las que de otra forma no sería posible llegar.

Pero hay algo más en los cambios en el texto originario de la novela de Rulfo. Veamos la película completa. En su número de enero-marzo de 1954, la revista Letras Patrias publicaba un fragmento de la novela bajo el título “Un cuento”, con la siguiente entrada: “Fui a Tuxcacuesco porque me dijeron que allá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”.

La novela Pedro Páramo, en cambio, inicia de la siguiente forma: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”.

La diferencia resultó fundamental. No sólo por el rebautizo mítico del pueblo-esfera del escrito, al que se convierte en un espacio prácticamente inmaterial de resonancias, sino por el cambio de Fui a… por Vine a…, y de allá… por acá…, que desplaza totalmente el lugar desde donde habla Juan Preciado: en la primera versión, desde un exterior indeterminado de Comala, en un monólogo abierto dirigido a la escucha de cualquiera; en la segunda, desde un lugar donde hay “puro calor sin aire” que se encuentra “sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del Infierno”.

No menos importante fue, en este proceso de integración definitiva de obra, la eliminación de un párrafo completo que había sido colocado justo al final: “Y junto a la Media Luna quedó siempre aquel desparramadero de piedras que fue Pedro Páramo”.

De mayor profundidad poética y con mayores poderes significantes, la novela se cierra en su versión definitiva con la imagen y sonoridad correspondientes al tejido íntimo de la obra: “Se apoyó en los brazos de Damiana Cisneros e hizo intento de caminar. Después de unos cuantos pasos cayó, suplicando por dentro; pero sin decir una sola palabra. Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras”.

La importancia de esta última “corrección” de Rulfo a su novela va incluso más allá del estilo o de las formas literarias, pues la frase anterior (“Y junto a la Media Luna quedó siempre aquel desparramadero de piedras que fue Pedro Páramo”) aprisiona el sentido de futuro de Comala en una imagen estática de valoración negativa. El párrafo final definitivo, por el contrario, sugiere que la muerte del cacique –que conlleva a la vez la muerte del pueblo de Comala– define la posibilidad de un “renacimiento”.

En resumen, el movimiento de aproximación al que nos hemos referido supone un proceso creativo sui generis, propio de la obra de Rulfo y, en particular, de la redacción de Pedro Páramo, en el que la forma y los contenidos se determinan y condicionan de manera íntima. Parafraseandro a Rüdiger Safranski, podríamos decir que en Rulfo “las ideas se conectan más íntimamente de lo acostumbrado con el cuerpo del lenguaje en que reposan”.

II

“Las ideas se conectan más íntimamente de lo acostumbrado con el cuerpo del lenguaje en que reposan”: he ahí –así como lo había sugerido Hörderling– una de las claves de la relación “entre las palabras y las cosas”. Mas, con ello, en la relación ya planteada en las primeras líneas de este texto entre El Ser y las palabras. La estructura de los cambios es rítmica y musical, lo que remite o puede remitir a un elemento generalmente subestimado en los análisis: el Ser es un existencial primariamente oído, resonancia, temple, animalidad.

Sí: animalidad. Porque “el hombre” no es un animal político, como nos diría Aristóteles, sino que es primariamente, en esencia, un ser prelógico e irracional (dicho esto último en su sentido más estricto: ausencia de “racionalidad”, y no, como se entiende, “equivocado” o “carente de razón”).

III

La reflexión marca una frontera definitiva entre el racionalismo cartesiano y el platonismo y la mayéutica de Sócrates: Para los dos primeros, la verdad no se encuentra más que en la fuerza limpia y llana de la luz; para el segundo la verdad es un desocultamiento que se construye a fuerza y a paciencia de escuchar y, con ello, a partir de un diálogo en el que el oído vence al ojo y la escucha a la mirada. Lo que marca en definitiva el verdadero momento “del nacer”: cuando, aún en el vientre de la madre, el Ser (que va a nacer, en el sentido común de la palabra), el “oyente”, siendo aún feto, escucha durante varios meses el corazón tamborilero de su madre y de las ondas sonoras que le llegan del “afuera”.

Su “llegada” al mundo no puede ser entonces más que un acontecimiento disruptivo y prácticamente brutal: la luz y las primeras frases de sus padres confrontan sustantivamente lo que él ya carga a cuestas como un tesoro del Ser: el canto mismo; el ritmo; la liquidez de su primer asentamiento (en el vientre de su madre), listo desde ese momento para poder “aprender” a nadar (su Ser entonces no es sólo originariamente rítmico o musical, sino que también es “líquido” y, con ello, suave y fértil en su posibilidad de cantar (no de “decir”, sino literalmente de “cantar” –¿y de “danzar”?).

Su grito primero, cuando nace, puede escucharse quizás como una protesta abierta por el “brutal” alumbramiento, pero también como una estridencia de tono eminentemente musical.

IV

Hablamos aquí de lo que aparece a la vista de todos como la pretensión de darle “sentido” a un “sinsentido”. Pero no lo es si pensamos en que esa animalidad prelógica es el verdadero sostén de todos los saberes y de todos los quehaceres humanos. La primera infancia adquiere entonces una dimensión inusitada: abierta verdaderamente al mundo, desculturizada, nos permite conocer “razones” que la persona madura y ya colonizada por “el conocimiento científico” rechaza. Y la balbuceante bufonería del pequeño ser humano termina por darle un humor vital al Gran Adulto que éste oculta o que prefiere ocultar. No por ello es que el eterno cineasta quebequense y amigo Gilles Groulx fue capaz de escribir un hermoso poema como éste: “En la eufórica severidad del azar/se requiere actuar de cara a lo absurdo sin reserva/con el fin de que nada,/salvo el Humor,/se imponga en nuestro mundo por asalto.”