7 julio,2026 4:27 am

Los juegos del juego

LA VIDA HECHA

Florencio Salazar

La infancia tiene la mirada en el entorno inmediato con plataforma para la profundidad. La madre es el centro del universo y el padre el sol que abriga y quema. La infancia es el sueño creciendo. Todo fascina, pero atrae el astro poderoso. La madre acoge y el padre marca. Entre el desdén y el temor, la rebeldía y la angustia, el vaso de agua parece colapsar los pulmones. La vida en la infancia es, sobre todo, observatorio y registro. Se empieza a conocer señales, comprender gestos, advertir riesgos, reconocer el sonido de las palabras. En el microcosmos de la infancia el carácter adquiere hondura y volumen.

Aventuras en el perico

Enfrente de la casa, vivía mi tío Juan Aponte Morales. Blanco, su rostro iluminado por el verdor de su ojos, seguido de una sonrisa ligera y de sus palabras amables, en las que despuntaba, como si nada, una malicie traviesa. Él tenía un camión materialista de plataforma y de verde cabina, por la que lo llamaban el perico. “Entonces qué Polen —me decía— ¿vamos a traer arena? Mi primo Betojuan ya estaba encaramado en el perico. Sábado, 10 de la mañana, arrancábamos hacia el lecho del río por el rumbo de Petaquillas, y Tepechicotlán o en alguna barranca cuando se trataba de cargar grava.
La arena se paleaba en los márgenes del río y luego los montones se lanzaban a una criba; la arena debía ser de uniforme finura. Mientras los dos macheteros hacían su trabajo, Betojuan y yo husmeábamos por los cerritos pedregosos. Mi primo era bueno con la resortera, con la que atinaba a guayabas, mangos y pájaros. Entre la tierra y la grava, nos entreteníamos en esos paisajes blanquizcos y resecos recogiendo piedras azules, boluditas, para lanzarlas a la nada. Su choque con otras y levantaba minúsculas polvaredas. En ocasiones, nos encontrábamos ante barrancas de anchos lechos y paredes oscuras. En una de esas barrancas había una sucesión de mesetas, que en los aluviones parecían flotar con sus manteles de pasto, por el agua bramando como becerro sin ubre o presupuestívoro sin nómina.

La quinta extremidad

El sol, el viento, la tierra, la fruta, el paisaje y ojos periféricos regresábamos para transportar los metros cúbicos de material. Mi tío conducía y Betojuan y yo también en la cabina. Le platicábamos de las peripecias salvajes de esa hora de horno y aire fresco. Pero los niños se quedaron chitón, calladitos, ante la revelación inimaginada. Un pacto tácito de silencio reservó aquella fotografía. Mientras mi tío descansaba en alguna sombra y los chalanes sacaban arena, cribaban y llenaban la plataforma del perico, nosotros subimos una pequeña loma árida. Al llegar a la orilla miramos al fondo de la barranca. Intentamos acostarnos para no ser advertidos, pero nos sorprendió la percepción de aquel hombre de piel oscura y corriosa. Su mirada fue un proyectil en la nuestra. Con el cotón de manta cubriéndole los pies, sobre sus brazos la desnudez campesina se disponía a recibir la quinta extremidad. No obstante, —la distancia y la altura— volvimos apresurados con mi tío Juan.
Un mediodía —regresábamos a Chilpancingo— se detuvo en una fábrica de mezcal de Petaquillas. Conocí el alambique y las serpentinas que goteaban el elixir de los dioses. Le ofrecieron una jicarita para que lo probara. “Está bueno”, dijo él. Después me lo ofreció: lo sentí calientito y dulce. Cuando llegamos a su casa, tuvo que cargarme para dejarme en la mía.

La llanta desbocada

Con lapsos indeseables, en el perico salíamos la familia de mi tío Juan y la nuestra, a la presa de Cerrito Rico. La inclinada cortina —hecha de enormes piedras—terminaba en un terraplén, donde se acomodaban estufas de carbón. Las mujeres hacían elopozole, los papás consumían cervezas, mientras los hijos —agarrados de alguna de las rocas— nos metíamos al agua en la orilla del embalse. Mi tío destinaba el domingo para dar mantenimiento al perico: puso el gato sobre el eje trasero y desmontó una llanta retirando el ring y la cámara. La acostó en un costado. Ocupado como estaba, no advirtió cuando yo enderecé la llanta y la lancé a rodar. Desbocada, daba grandes saltos en el empedrado sin perder dirección a lo largo de cinco cuadras. Los ojos de mi tío se congelaron, hasta que la llanta paró allá, en la esquina de la entonces barandilla, frente a la actual Comisión Estatal de Derechos Humanos. No me dijo nada ni recuerdo que haya ido a recuperarla. Fue un acto que aún me inquieta.

Los juegos de entonces

A la siete de la noche, la cuadra de Amado Nervo, en Cuauhtémoc y Rayón, era nuestro parque de juegos. Corríamos en todas direcciones en las escondidas, las agarradoras o el bote pateado. Parvada de niños y niñas infatigables y alegres. En la tarde, aprovechando un muro de piedra, jugábamos pítima. Rebotábamos la cara de una moneda de veinte centavos —oblicua o recta, elevada o baja—, para que cayera en la proximidad de alguna otra de quienes ya habían jugado. Si con la distancia de un geme se podían tocar las dos monedas, se recogían ambas y el ganador seguía jugando hasta que la distancia dejara expuesta la suya. Variante de ese juego es la cuartita. La moneda se lanzaba directamente hacia la que se quería atrapar, con el riesgo del fracaso, pues el siguiente jugador podía tenerla a la mano. Para lograr un grado de dificultad, la cuartita se jugaba en el empedrado de Amado Nervo, no en la calle de tierra de Rayón. Las canicas eran obligadas. Betojuan siempre salía con su botella llena de ágatas, ponches y agüitas, para apostar en el triángulo de gis o marcado en la tierra, o los hoyitos.

Los trompos del diablo

Don Roberto Nava, apodado el diablo, era carpintero y huesero de prestigio. Tenía su taller en Cuauhtémoc, a la vuelta de Amado Nervo. Él nos hacía trompos de guayabo por un peso, pero con frecuencia nos los regalaba. Aparentemente, era hosco, pero el vecindario le tenía aprecio. Fue padre del poeta Arturo Nava Díaz.
Llegaba la temporada del yo-yo. Tenía vecinos, de la familia Tapia, que hacían filigrana con el cordón enrollado en la ranura entre los dos hemisferios. Lo movían como resorte con la fuerza administrada para conseguir sus efectos. Por su peso, balance y presentación, los mejores eran los de Coca-cola. No era fácil adquirirlos. Los del mercado y papelerías eran bofos y quebradizos.
La rayuela tenía sus riesgos. Se aplanaba una corcholata, luego se afilaba y con un clavo se hacían dos hoyos en el centro; enseguida, se pasaba un cordón delgado y se amarraban las puntas. Se sujetaba el cordón entre los dos índices y se giraba hasta convertirlo en un resorte. Se aproximaban las rayuelas con el fin de romper el hilo del oponente. A veces el cordón cortado provocaba que la corcholata —por la velocidad de la rotación—cayera sobre la piel de manos, brazos o, incluso, el rostro, de cualquiera de los participantes.

Era tanque, parecía mar

Hacia la parte alta, tres casas adelante de la nuestra, vivía un albañil. El frente era un tecorral con tranca. Luego, muchos árboles de pirul con un tanque al centro. En el extremo derecho una modesta casa, con fogón de leña en el piso de tierra. Al fondo, una porqueriza. Ahí jugábamos a las guerritas de lodazos. Los árboles servían de protección. Hacíamos bolas con el lodo de la porqueriza y en esas batallas las condecoraciones manchaban nuestro honor —diría Chava Flores—. En una ocasión, fue tal la cantidad del lodo sobre mi camisa, que me incline en el tanque —alto y rectangular— para lavarla. Me incliné tanto, que caí al agua. Me movía desorientado dentro de ese volumen sin orillas ni luz. No sé cómo logré salir. Empapado, la mamá de los amigos, me llevó a la cocina, donde me quitó la ropa exprimiéndola una y otra vez, tratando de secarla en el calor de la lumbre de la leña. Regresé a la casa sin que nadie se diera cuenta de mi aspecto.

Se aprende en la calle

En las noches nos juntábamos en la esquina de Nervo y Rayón con jóvenes y algunos adultos. Platicaban chistes colorados, decían versos picantes y se comían a las señoritas que pasaban por ahí. Cuando una guapa subía con el novio, alguien dijo: “El marrano más trompudo se lleva la mejor mazorca”. Y don Silvino, un hombre mayor y de retorcidos bigotes, comentó: “No sé qué tanto le ven a las piernas de una mujer, si es lo primero que se hace a un lado”. Siempre he creído que se educa en la casa, se enseña en la escuela y se aprende en la calle.
Don Alejandro Pardo, que fue síndico municipal, administraba una tienda de ropa y zapatos, propiedad del padre del Dr. Arturo Beltrán Ortega, quien fue eminente cardiólogo y notable ser humano. Cuando el dueño decidió radicar en el Distrito Federal, dejó la tienda en propiedad a los empleados, como compensación a sus servicios. Supongo que mi padre debió representar en algún juicio a don Alejandro, porque hablaban del asunto. Cuando coincidía que don Alejandro salía de su casa, yo cruzaba la calle y le decía: “Don Alejandro, lo vengo a ver para su asunto”. Él sacaba de su bolsillo veinte centavos. Quizá tendría yo seis o siete años, pero no olvido su generosidad. Estaba casado con doña Joel, hermana de doña Orfa, esposa de Eutimio, su sastre. Doña Joel y don Alejandro se querían como hermanos con mi tío Juan y mi tía Etelvina.

Los manjares del mercado

A mi papá le encantaba cenar menudencias asadas con tortillas con un poco de manteca y sal y salsa de chile verde, cebolla y limón. En busca del bofe y la tripilla, hacíamos nuestra excursión hacia el desparecido mercado municipal Nicolás Bravo, ubicado una cuadra atrás del actual Museo del INAH. Sobre las banquetas de 16 de Septiembre, se colocaban filas de mujeres indígenas con sus chiquihuites y ollas ofreciendo tamales, ponteduro, dulces de ajonjolí, cañas asadas, plátanos achicalados. También cocoyules, calabaza y camotes en conserva. Otra alternativa, era cenar tacos de pollo cubiertos de salsa en caldo de pollo, con doña Porfiria o doña Tere. Ambas eran vecinas, vivían una frente de otra, en Amado Nervo esquina con Cuauhtémoc. Doña Porfiria tenía fila; sin embargo, cuando el hambre era más que la paciencia, nos íbamos enfrente, con doña Tere. Para rematar caíamos con don Salomón, que tenía la mejor agua de tepache.
De niño yo me movía bien en el mercado, pues mi tía abuela Ángela Aponte —tía Cha— tenía un puesto de verduras en la proximidad de las fondas, en las cuales reinaba doña Luisa Memije con la variedad de sus guisos. El mercado tenía cuatro puertas de hierro, las cuales cerraban a las ocho de la noche, para proteger los locales de abarrotes. Los corredores de ese cuadrángulo quedaban al descubierto con sus anchos pasillos. En uno de ellos se colocaban los vendedores de barbacoa. La mejor barbacoa era la del señor Morales, que llegaba al último y terminaba primero. En las tardes yo iba a hacer mandados a don Eutimio Alarcón Bonilla. Ya para cerrar la sastrería, con frecuencia me enviaba a comprar barbacoa y tortillas. Eutimio su sastre, Nata (costurera) y yo nos dábamos atrancones de una carne suave, bien cocida, con el sabor de la sal pimienta y la salsa de tomate, cebolla, cilantro y chile serrano. Banquetes superiores a las barbacoas que se servían en los viveros, después de los mítines políticos.

La errancia domiciliada

Mi movilidad geográfica era extensa: los viajes en el perico, el curso del río Huacapa, los cines, la casa de mi abuelito Florencio, la plaza cívica, el Lienzo del Charro, así como tiendas y domicilios a donde me llevaban los encargos de don Timio o mis emprendimientos. Fui un niño vago, temerario y temeroso a la autoridad paterna. Cuando me pienso en aquella edad, creo que fui afortunado. Conversé con adultos, escuché conversaciones de personas destacadas y, por mi trabajo, casi siempre había dinero en mi bolsillo. De lo gastado por lo servido, la ganancia fue mía.