
Adán Ramírez Serret
Hay novelas que cambian el mundo. Lo hacen desde todos los puntos: van desde la privacidad de aquellas novelas recomendadas de boca en boca, que alguien que admiras te dice: “esa novela es maravillosa. Es divertidísima y bellísima”; y, desde el terreno público, en donde sabes que han sido piedra de toque fundamental de la historia de la literatura contemporánea, las lees sabiendo que estás ante una obra maestra que, en cada palabra, se consolida como una genialidad. Como un artificio digno de ser leído en los próximos 300 años.
Es el caso, precisamente, de El Maestro y Margarita de Mijaíl Bulgákov (Kiev, 1980-Moscú 1940) una novela que es un milagro en todos los sentidos posibles: es lírica, poética en cuanto a su planteamiento sonoro y mágico; valiente en cuanto su capacidad de pelear contra el terror de la Unión Soviética, y de una imaginación prodigiosa, además de tener una trama soñada que va de Jesucristo a Stalin.
La novela comienza en el Moscú de los años 20, por demás apasionantes, conflictivos y sangrantes en donde ese proyecto soñado y único que fue el comunismo se enfrentaba a ser un bélico y genial libro capital, en una realidad que involucraba el fin de una hegemonía a la vez que de una cultura: un mundo que llegaba a su fin destruyéndose desde dentro.
Aquella Rusia de jardines, edificios venecianos y comida sofisticada comenzaba a entrar en un final en el cual no había nada peor que pertenecer a aquellas élites que habían concebido lo que se consideraba ruso.
En ese contexto, en pleno centro de Moscú, en los jardines de la República, dos poetas discuten sobre la obra de uno de ellos; la polémica se basa en que el poema de uno de ellos habla sobre Jesucristo, y más allá de ser un poema bueno o no; la crítica estriba en que en un poema no queda claro, o más bien sugiere de manera explícita, que el hijo de Dios fue real.
Cerca de allí, un hombre merodea; la plaza está anómalamente vacía, con la excepción de ese individuo y su grupo de amigos, quienes se interesan de manera entrometida en que esos poetas no crean en Jesucristo y, por ende, en Dios.
Aquel que escucha y se entromete se fascina por la idea de que ellos nos crean en la divinidad. Y entre este dilema, el que se acerca, comienza a contarles la historia de Poncio Pilato, aquella del Evangelio con algunos bemoles, algunos cambios, que, poco a poco, nos vamos dando cuenta introduce este personaje que se aparece en la plaza de la República, quien no es otra aparición más que el diablo. Así, Pilato no es solamente un traidor, sino, ante todo, un cobarde. Un pecado nuevo que no aparece en la religión.
Este no es más que el inicio de esta novela, la cual, con esta premisa pone sobre la mesa qué pasaría si el diablo llegara a la Unión Soviética, quien naturalmente sería feliz, pues el escenario fascinante e ideal del diablo no es otro que el de un lugar en donde sea ilegal creer en Dios.
Se trata de un juego estremecedoramente inteligente, pues el diablo está en un escenario único, sin Dios y con la posibilidad de hacer lo que se le antoje.
Es entonces cuando Bulgákov comienza a indagar en su sombrero mágico y aquella bellísima inventiva se transforma en una maestría de humor en donde el diablo se parece a Dios, a la libertad y al Estado soviético, todo desde el inasible humor, porque Bulgákov, a la manera de Cervantes, escribe sobre las cosas terribles de la vida, sobre lo opaco del ser humano poniendo como certeza de la vida la bellísima idea de amar, estar vivos.
Es entonces cuando lo demás apenas importa. Lo fundamental, lo glorioso y único es el arte.
Mijaíl Bulgákov, El Maestro y Margarita, Capellades, Navona, 2022. 554 páginas.


