
DE NORTE A SUR
Silber Meza
En 2004 me inicié como reportero, en mi natal Culiacán, Sinaloa, y desde entonces uno de los principales temas de la agenda política y social –si no el principal– ha sido la narcopolítica.
Y esa claridad sobre la importancia del tópico no viene sólo de los pensamientos de los periodistas, sino de la sociedad misma que desde entonces hablaba –y sigue hablando– de las corruptelas de los políticos sinaloenses y su colusión con el crimen organizado.
En varias charlas, personas que ni siquiera eran mis amigos me daban claves policiacas para decirlas frente a un policía de tránsito. Me prometieron que si las mencionaba me dejarían ir automáticamente a pesar de haber cometido una violación a las reglas viales. Nunca las usé, sinceramente; es más, ni siquiera me las aprendí. Además de que es un acto de corrupción, me da un pánico horrible. Pero una vez escuché a una pareja decir una clave a un tránsito, y sí funcionó: los dejaron ir inmediatamente.
Eran claves de delincuentes que daban inmunidad y mucha gente las usaba, aunque no tuviera relación directa con el crimen organizado. Dudo que hoy en día las sigan usando, ante el choque de chapos contra mayos: decir una clave errónea podría generar muchos problemas.
En la segunda “chapomarcha”, realizada por allá en 2015 con el objetivo no logrado de evitar la extradición a Estados Unidos de Joaquín Guzmán Loera, El Chapo, uno de los jóvenes que se manifestaron y que fueron detenidos por la policía, gritó “Por El Chapo comen, compaaa”. No es así, en realidad: los policías tienen su sueldo y prestaciones y éstos son la base de su presente y futuro; sin embargo sí hay muchos elementos de seguridad en la nómina del crimen organizado. En Culiacán, recuerdo bien, había unos municipales que le respondían a El Mayo, otros a El Chapo y otros más a Dámaso López, alias El Licenciado.
La gente lo sabe y eso diluye el respeto.
Las acusaciones del gobierno de Donald Trump en contra de Rubén Rocha Moya y de nueve funcionarios sinaloenses más han crispado la relación de México con Estados Unidos, pero en Sinaloa no sorprendieron a nadie, o a casi nadie.
La información rueda de boca en boca, en las reuniones familiares, con amigos; los contratistas del gobierno lo ven en los fallos preferenciales, en las compras amañadas. La gente también conoce a muchos de los criminales, así sucede en los lugares relativamente chicos. Los ven transitando con impunidad en las calles, disfrutando a placer en los antros, comiendo despreocupadamente en restauran-tes, placeándose en redes sociales; los ven financiando campañas políticas, dando línea a su gente en las elecciones, conviviendo con los hijos de políticos. Los ven operando.
Y ahora que el gobierno federal ha querido asegurarnos que Rubén Rocha Moya no está protegido por el Ejército mexicano, que no tiene escoltas federales, que sigue en Culiacán, en su casita, la credibilidad se desmorona.
Y es que han sido muy pocas personas las que han visto a Rocha Moya después de que dejara el cargo como gobernador de Sinaloa. ¿Por qué no lo hemos visto seguido? ¿Por qué no va a algún restaurante? ¿Por qué no se pasea por una plaza comercial? ¿Por qué no lo vemos en un avión comercial? Cada persona en Culiacán puede ser un monitor de lo que ocurre. Lo más que ha pasado es que lo han visto en su vehículo y escoltado.
Cuando recién inició la violencia de las facciones del Cártel de Sinaloa, en septiembre de 2024, Rocha Moya no aparecía públicamente por ningún lado y la gente notó su ausencia. Eso hizo que un creador de contenidos local soltara la pregunta: “¿Y el Rocha?”. Era una mofa que se hizo viral porque resumía a la perfección el vacío de poder propiciado por la falta de presencia de un gobernante en el momento en que más se necesitaba.
Hoy la pregunta “¿Y el Rocha?” tiene sentido nuevamente, pues nadie sabe con certeza dónde está. Y sí es importante conocer su paradero porque la mayoría de la gente votó por él, porque manejó –¿maneja?– los recursos económicos del gobierno de Sinaloa, porque tenía –¿tiene?– en su poder a las policías del estado, porque fue acusado por Estados Unidos de tener vinculación directa con el cártel de Los Chapitos y se está solicitando su detención con fines de extradición.
Claro que es prudente e importante la pregunta sobre el paradero de Rubén Rocha Moya.
En la casa del gobernador con licencia se han visto fuertes dispositivos de seguridad estatal que protegen la privada donde presuntamente se encuentra; y en un segundo círculo hay presencia de militares apostados a cientos de metros, tal vez más de un kilómetro. Los reportes que algunos vecinos me han confiado dicen que casi no lo han visto en su vivienda, pero sí ven a sus elementos de seguridad. Los escoltas varían con los días, unas veces hay pocos, en otras es evidente una fuerte concentración.
Y todo eso prende las especulaciones sobre su paradero.
Si el gobierno federal quiere detener las especulaciones, Rocha Moya debería mostrarse en público y dar explicaciones, rendir cuentas, no sólo publicar en la exTwitter cada vez que hay un nuevo escándalo.
No queda más que seguir preguntando: ¿Y el Rocha?


