
Anituy Rebolledo Ayerdi
Carlos Trouyet
Un baldío localizado en Costera, Escudero y Morelos esperó por varios años la anunciada presencia de Sanborns en Acapulco. Llegará sólo cuando la cadena de tiendas y restaurantes esté en manos de Carlos Trouyet. Propietario, también, del hotel Las Brisas, cuya cruz monumental la recuerdan con sus hijos.
(Piensan como Carlos Marx, pero viven como Carlos Trouyet, se decía entonces de los comu-nistas snobs).
Tal predio, junto con el del edificio Abed, fueron sobrantes del antiguo y larguísimo palacio federal de un solo piso. Cuando se construya la nueva sede gubernamental, en tiempos del presiente Ruiz Cortines, la ingeniería moderna lo hará caber en sólo la mitad del espacio del anterior . Y es que todos los gobernantes mexicanos han sabido aprovechar las sobras para amasar fortunas trouyenescas.
El chilango que empezó como mensajero del Banco Francés de México y que llegará a poseer el suyo propio (Banco Comercial Mexicano), llega una mañana a su empresa acapulqueña. Llama la atención su aire despreocupado y una sencillez de trato que le permite moverse sin ayudantes. Trouyet mismo le abre una de las puertas giratorias al presidente municipal, Martín Heredia Merckley (1966-1968), invitado para el tradicional corte de listón inaugural. Trámite cumplido para que empiecen a correr las viandas exquisitas y los caldos generosos.
–Mi tocayo es más cabrón que bonito –comenta con su vecino el licenciado Carlos Iglesias Soto, presidente de la Junta de Conciliación y Arbitraje de Acapulco, invitado por aquello de las banderas rojinegras.
En rueda aparte, con la oficialidad, Trouyet reitera su fe en Acapulco y habla con entusiasmo sobre sus nuevos y grandes proyectos para consolidar su desarrollo. El presidente municipal lo felicita y le agradece
–¡Discúlpeme, señor presidente! –lo frena el anfitrión–, pero qué bueno que no trajo usted a su síndico, el mentado Rey Lopitos, porque a estas alturas ya me hubiera invadido la tienda. ¡Jajajaja!, ríen a carcajadas Trouyet y los suyos…
–¡Sí vino, señor! –ataja un alcalde preocupadísimo. Él me pidió venir deseoso de conocer al más generoso filántropo mexicano. ¡Le presento al señor López, señor Trouyet!
(¡En la madre, y ahora cómo salgo de esta!), pensará Trouyet y así reacciona:
–¿Quién dice que no conozco al señor López Cisneros? –exclama Trouyet imitando a San Francisco frente al lobo de Gubia. ¡Claro que lo conozco! ¿Quién en México no conoce a un personaje como este valiente luchador social? ¡Yo bromeaba, don Alfredo!, ¿eh?, nomás quería ver como reaccionaba ¿eh?, ¡Venga a mis brazos, amigo López!
Trouyet pedirá a don Alfredo que lo invite a La Laja y al día siguiente estará puntualito, confirmando su vocación altruista y solidaria. Se dijo entonces que la capilla del lugar habría estado entre las aportaciones del mecenas.
Cuauhtemanía
El descubrimiento de los restos del rey Cuauhtémoc en Ixcateopan, Guerrero, por la historiadora Eulalia Guzmán, el 26 de septiembre de 1949, despertó en el país un fenómeno llamado cuauhtemanía. El nombre del último emperador azteca será aplicado a niños de todas las clases sociales, rompiendo de esa manera prejuicios y tabúes seculares en torno a la raza primigenia.
Los bronces, el “único héroe a la altura del arte”, como lo calificara el poeta, honrará ciudades, calles, plazas, centros escolares, bibliotecas, etcétera. Bautizada con el nombre del Tlatoani , una gran empresa cervecera aprovechará el boom para identificar las virtudes de su producto con las del Joven Abuelo, facilitando de esa manera la apertura de mercados inéditos en cañadas y serranías.
Aquí, en Acapulco, producto de esa fiebre, la larga avenida Alvaro Obregón perderá ese nombre para adquirir el de Cuauhtémoc.
La cuauhtemanía tendrá su repunte en los años cincuentas, durante el gobierno del presidente Adolfo Ruiz Cortines quien, lleno de dudas sobre el particular, ordenará una investigación al más alto nivel científico para determinar la autenticidad de los restos de Ixcateopan. El mandatario del medio siglo mexicano justificará plenamente aquello de que “sabe más el diablo por viejo que por diablo”, soportando seis años de chistes relacionados con su edad provecta.
No, pero sí
La comisión encargada de investigar la autenticidad de los restos de Cuauhtémoc, concluye finalmente sus trabajos. El grupo lo componen científicos de diversas especialidades y del más alto nivel académico encabezados por don Alfonso Caso, director del Instituto Nacional Indigenista.
El presidente Ruiz Cortines juega al detective y es así como se entera anticipadamente que el resultado es negativo. Son más las dudas que los hallazgos, comenta efectivamente la Comisión y advierte que no entregará sus conclusiones a nadie que no sea al presidente de la República. Los espero, ordenará este y en efecto los recibe en Los Pinos y sin ofrecerles asiento siquiera, va a lo suyo:
–¿Con que sí fueron los restos de nuestro Joven Abuelo, ¿eh? Los felicito de veras por este resultado que alegrará a México y particularmente a los guerrerenses. Yo pienso igual que ustedes: a nuestros símbolos les debemos veneración y respeto a nuestras tradiciones. En el caso particular de Cuauhtémoc, una tradición ubicó desde siempre su sepulcro y muchas tradiciones así lo confirmaron. Que bueno que ustedes, con los recursos espléndidos de la ciencia, hayan coincidido con ese hecho. Nuevamente los felicito, señores. ¡Buenas tardes!
Sí, pero no
El presidente Luis Echeverría Álvarez, en su turno, caerá también en las dudas sobre el hallazgo de los restos de Cuauhtémoc, en Ixcateopan, Guerrero, y tal como lo hicieron sus antecesores, integrará una comisión de científicos para que digan la última palabra sobre tan cuestionado suceso. El dictamen final no ofrecerá sólo dudas, como lo fue el de don Alfonso Caso. Hablará de uno de los más torpes fraudes histórico-arqueológicos, o sea ,“un entierro hechizo y reciente”. El gobernador Rubén Figueroa, presente en la revelación, propondrá al presidente LEA no hacerla pública. Con ella, argumentó, no solo se lastimarían los sentimientos de los guerre-renses, sino de todos los mexi-canos.
Pares
El ejido de Pie de la Cuesta , a partir de su creación por el presidente Lázaro Cárdenas en 1935, nunca permanecerá intacto. Primero por su enclave turístico y segundo por los vicios originales y transas históricas de tal forma de tenencia de la tierra.
Muchos año más tarde , en 1972, frente a las necesidades apremiantes derivadas de una absurda política demográfica, reflejo de la Primera Familia de la Nación (bendecida con doce aterrizajes forzosos de la cigüeña) será cercenado alevosamente. La expropiación del presidente Luis Echeverría le hará perder a Pie de la Cuesta una superficie incluso mayor que su dotación original. Nadie nunca ha sabido explicarlo.
Bajo un enramada recién levantada con palma tierna y ornamentada con papel de china, el presidente de la República, Miguel Alemán Valdés, se dispone a dialogar con los ejidatarios (¿1952?).
Se anuncia como orador principal al presidente del Comisariado Ejidal, Félix Terán. Lentes oscuros por una afección ocular, cotón blanco y sombrero de palma de copa alta. Carraspea ruidosamente para luego escupir con tiro directo y alcanzar fácilmente los cuatro metros. Se acerca al micrófono limpiándose la nuca y el cuello con un paliacate colorado. Abre:
“Con todo respeto, señor licenciado Miguel Alemán Valdés, quiero decirle primero que no tengo fama de barbero y si no que lo diga la gente… (¡noooooo!) y segundo que no acostumbro andarme por las ramas. Por eso, señor licenciado, te voy a hablar de ¡presidente a presidente!”.
Miguel Alemán festejará ruidosamente la puntada de Félix Terán, a quién llamará a partir de entonces “colega presidente”.
El del paño
Ladislao Sotelo, alcalde de Atoyac de Álvarez, se sopla medio vaso de aguardiente sin mover un solo músculo del rostro. Él mismo se dice, convencido: esto es lo mejor para abrir la garganta. La quiere libre y expedita para lanzar vibrante su primer grito de independencia como presidente municipal de Atoyac.
Nervioso, como venado lampareado, se muerde un padrastro del dedo meñique de la mano izquierda y con la derecha lee una tarjeta bond. Contiene la proclama dispuesta por la ortodoxia republicana para ocasiones tales. No obstante la fe ciega del alcalde en la ilustración del secretario del Ayuntamiento, para él está incompleta la lista de “los héroes que nos dieron patria y libertad”, contenida en aquel documento.
¡Ya lo decía yo, aquí falta alguien!, exclama el alcalde camino al sitio donde rememorará el Grito! ¡Sí, pero ¿quién es?, se pregunta preocupado. Tiene en la punta de la lengua el nombre, pero las neuronas no lo sueltan. Entonces detiene la marcha para indagar con la personas de su entorno: ¡Rápido, rápido, el nombre del hombre con el paño atado a la cabeza! ¡Chautengo! es la respuesta unánime y se refiere a un personaje popular que así cubre la falta de la oreja derecha. ¡No, no, este es héroe de la Independencia, bola de pendejos!, pierde la paciencia el alcalde y corre a dar el Grito.
Cuando Sotelo vitoree al General José María Morelos Pavón, lo hará con particular emoción: ¡Como chingaos no me iba a acordar de él!
Sórdenes, jefe
El general Miguel Z. Martínez, comandante militar de Acapulco, se pasea en su despacho como león enjaulado y a cada vuelta golpea sus botas federicas con el fuete que le es imprescindible. Está realmente encabronando por el retraso de un pedido de cuatro llantas para su automóvil , hecho a la ciudad de México. Tiene enfrente al teniente encargado de tales menesteres.
–Acabo de recibir este telegrama donde se me informa que las llantas debieron llegar hace por lo menos una semana y usted me dice lo contrario. Alguien miente y quien lo haga la pasará muy mal… muy mal…
–Perdón, mi general ahora que me recuerdo: hace ese tiempo precisamente trajeron unos bultos que me negué a recibir…
–¿Y?
–Bueno, señor general, es que no venían a su nombre sino al de un tal General Popo, que no pertenece a este cuartel como usted sabe bien.
Epístola
El presidente Luis Echeverría Álvarez habla con la poeta Griselda Álvarez y el oficial del Registro Civil, José María Lozano, popular como “el casamentero número uno de la Ciudad de México”.
“Estoy de acuerdo con ustedes dos. La epístola de Melchor Ocampo es una cursilería decimonónica . Es necesario modernizar la ceremonia del matrimonio civil e imprimirle fervor revolucionario. Por eso te he llamado Chema para decirte que la nueva Epístola, redactada aquí por Griselda , será obligatoria en todo el país a partir de que tú la estrenes. Lo harás en la boda del jardinero de Los Pinos, de la cual seremos testigos ‘la compañera’ María Esther y yo”.
Concluida la ceremonia en los jardines de la casa presidencial, Echeverría se acerca a Chema Lozano para susurrarle al oído: ¡Chema, jamás vuelvas a leer esa pendejada!


