
Coordinada por la periodista Marcela Turati, en las conclusiones de la investigación se señala que “la desaparición forzada fue cometida de forma sistemática contra la población civil”. Agrega que la información no exculpa a los militares perpetradores, los incrimina, y revela su organización y número
Ciudad de México, 21 de agosto de 2025. Este miércoles se realizó la presentación de la investigación La Lista Apresa y los Vuelos de la Muerte, sobre personas desaparecidas en el periodo de la Guerra Sucia, la mayoría de Atoyac, y en la que se concluye que el Ejército lanzó gente al mar.
En la presentación, en la Casa Refugio Citlaltépetl en la Ciudad de México, la periodista Marcela Turati quien coordinó la investigación, expuso que en 2004, Rosario Ibarra de Piedra recibió una carta de un militar desertor identificado como Benjamín Apresa que supuestamente estuvo asignado en 1974 ca la Base Aérea Militar Número 7 en Pie de la Cuesta en Acapulco bajo las órdenes del capitán Javier Barquín Alonso.
En la carta se incluyó una lista con nombres de 183 personas desaparecidas, las cuales el militar desertor afirmó que el Ejército había arrojado al mar, nombres que coinciden con víctimas de desaparición forzada en la Guerra Sucia entre 1972 y 1974, que bautizaron como la Lista Apresa.
“El Ejército lanzó gente al mar. La carta de Apresa y la lista indican que la Sedena operó una estrategia de exterminio que incluía arrojar al mar, desde aeronaves, a víctimas detenidas-desaparecidas. Pero no son los únicos rastros, se suman a los rumores que oyeron sobrevivientes, a versiones filtradas por soldados a familias, a detalladas operaciones del personal de la Fuerza Aérea que operaba los aviones, a relatos de pobladores que veían a las aeronaves internarse al mar y regresar vacías, a recuerdos de pescadores sobre cuerpos que devolvía la marea, a bitácoras de mantenimiento aeronáutico con registro de inexplicables vuelos redondos en la madrugada, a una carta que en 1975 un soldado dirigió a su familia para convencer a sus hermanas de abandonar la lucha armada, a los testimonios y documentos recabados para acusar en 2022 a varios militares y otros más”, se plantea entre las conclusiones de la investigación.
Turati destacó que la mayoría de los nombres en la lista, que estuvo resguardada durante 20 años, son originarios de Guerrero en 163 de los casos, siete son de Michoacán, seis de Hidalgo, dos de la Ciudad de México, dos del Estado de México, uno de Morelos y uno de Oaxaca. La carta, de cinco hojas, registra 25 viajes de hasta ocho pasajeros, en la que se detalla que los integrantes coinciden con víctimas de desaparición forzada.
Además, destacó que se incluye un texto señalado como La Carta de Maximiliano, una persona detenida en 1974 quien pregunta a elementos de la milicia para dónde trasladan a tres personas, entre las que iba Rosendo Radilla, para recibir como respuesta que “fueron a dar un banquete a los peces”.
Marcela Turati añadió que quedaron piezas pendientes dentro de la investigación como bitácoras de viajes y el conocer quien es Benjamín Apresa, ya que dicho nombre podría ser un seudónimo aunque tienen una teoría, además que creen que la Defensa todavía tiene información que nunca entregó, a pesar de transferir documentos al Archivo General de la Nación (AGN).
“La Sedena tenía y tal vez tenga aún, documentos que nunca entregó. Nadie puede describir de memoria esa cantidad de información, lo cual implica que quien tecleó la lista tuvo acceso a muchos otros documentos.
“En 2002, la Sedena transfirió 486 cajas de su archivo al AGN, desde entonces ha sostenido que no conserva nada referente a las campañas antiguerrilla de los años 70 y 80. Sin embargo la lista se suma a otros indicios que demuestran que existió documentación militar con detalles sobre las detenciones, los interrogatorios, los traslados y el destino de las víctimas desaparecidas, que permanece oculta o fue destruida”, se plantea en las conclusiones.
De igual forma, la periodista asegura que la existencia de la lista no exculpa a aquellas personas que son parte del grupo de perpetradores, sino que los incrimina sobre los vuelos de la muerte.
“La lista es una evidencia de delitos de lesa humanidad. Lejos de ser problemática para la justicia, la Lista Apresa contribuye a demostrar que la desaparición forzada fue cometida de forma sistemática contra la población civil. No exculpa a los perpetradores, los incrimina. Además revela su organización y número pues a los que detenían, torturaban y ejecutaban a las víctimas se suman los que pilotaban aviones, suministraban balas, proveían combustible, pagaban sueldos, redactaban órdenes de operaciones, distribuían ascensos, transmitían radiogramas y los miles que con su silencio fueron y siguen siendo cómplices”, señala una de las conclusiones.
La historiadora Lucero San Vicente afirmó que la carta y el listado son legítimos, debido a que el estilo y la tipografía coinciden con documentos de la época realizados por la Secretaría de la Defensa Nacional, mecanografiado en una máquina de escribir Olivetti 82 Diaspron.
“Es un documento auténtico. Todo indica que la Lista Apresa es una fotocopia de un documento auténtico, posiblemente elaborado en 1975. El estilo y la tipografía coinciden con documentos de la Sedena de la época. El análisis de los caracteres indica que el original fue tecleado en una máquina de escribir Olivetti Diaspron 82, disponible en esos años. La lista no se parece a los escritos que se hicieron para desviar las pistas sobre los desaparecidos, como los informes presentados por el procurador general Óscar Flores en 1979, compuestos de ficciones absurdas”, se lee en las conclusiones.
Además, San Vicente aseguró que no solamente las dictaduras sudamericanas tiraban al mar a aquellas personas que consideraban sus enemigos, sino que cada vez hay más indicios donde el Ejército mexicano utilizó esta técnica.
El historiador Camilo Vicente Ovalle indicó que en la lista no se habla de vuelos, sino de viajes por lo que el cuestionamiento debe ser si se trata de traslados o de los denominados Vuelos de la Muerte, ya que varios llegaron al Campo Militar Número 1 en la Ciudad de México.
Aseguró que en las bitácoras, por la forma en la que fueron agrupadas las personas desaparecidas, se puede afirmar que solamente salieron los vuelos desde la base militar de Pie de la Cuesta en Acapulco.
El historiador reconoció que existen vacíos de información para poder determinar lo que sucedió con las 183 personas que se encontraban registradas en la lista, pero que es muy probable que fueron víctimas de los Vuelos de la Muerte.
“Las personas mencionadas en la lista probablemente fueron arrojadas al mar. La mayoría fueron detenidas por soldados y su rastro se pierde en instalaciones militares. Ninguna de las víctimas fue vista con certeza después de 1975 y medio siglo después de su captura, ningún esfuerzo ha conseguido dar con una sola de ellas. Si bien no se conocen denuncias por la desaparición de 10 personas incluidas en la lista, su presencia en esos viajes indica que compartieron el destino de las demás. Si este no se relaciona con su asesinato y la desaparición de sus cuerpos ¿cuál podría haber sido?, porque la lista revela que prisioneros fueron reunidos y trasladados con un propósito distinto al que se acostumbraba cuando se concentraba a las víctimas”.
Una de las últimas conclusiones a las que se llegó tras la investigación es que otras víctimas de desaparición forzada también pudieron ser parte de los Vuelos de la Muerte, ya que esta práctica se alargó por lo menos cinco años.
“La lista incluye 25 viajes y la fecha más tardía de detención es diciembre de 1974. Sin embargo las declaraciones del personal de Fuerza Aérea, respaldadas por las bitácoras en que se registraron los vuelos nocturnos y redondos, indican que la operación continuó por lo menos hasta 1979 y que podría haber más víctimas” se señala en las conclusiones.
Antes de hacer la presentación oficial de la investigación, se presentó a familiares de desaparecidos durante el periodo de la Guerra Sucia en Atoyac, hace un par de semanas. La investigación se encuentra disponible en el portal de Quinto Elemento Lab.
Texto y foto: Juan Luis Altamirano Uruñuela


