19 septiembre,2018 8:52 am

“Prueba de audio”: La angustiosa espera del siguiente sismo

“Guang, guang, guang. Alerta sísmica, alerta sísmica”. El sonido sobrecoge: nunca se sabe exactamente qué vendrá a continuación. La vida después del sismo: carpas y pequeñas habitaciones prefabricadas de madera o plástico. La vida sigue.

Texto: Andrea Sosa Cabrios / DPA / Foto: Cuartoscuro
Ciudad de México, 19 de septiembre de 2018. En los altavoces de Ciudad de México se escucha “prueba de audio”. Se hacen preparativos para que todo esté listo. No es para un concierto. Por ahí se escuchará la alerta sísmica del próximo terremoto.
Lograr que el aviso le gane a la onda sísmica dependerá de la distancia del epicentro. A veces no es posible. Es cuestión de segundos, que pueden ser vitales para buscar refugio.
Hace un año, el 19 de septiembre de 2017, el sismo de magnitud 7.1 que sacudió Ciudad de México llegó sin aviso previo. Su epicentro estuvo demasiado cerca, unos 120 kilómetros al sur. La tierra ya temblaba cuando sonó la alerta y hubo 369 muertos.
Ese día se conmemoraban 32 años del terremoto de magnitud 8.1 que dejó hasta 10 mil víctimas en la superpoblada Ciudad de México en 1985. Dos horas antes se había hecho un simulacro conmemorativo y por la mañana se había guardado un minuto de silencio.
Después de 1985, en la costa mexicana del Pacífico y en otras áreas de posibles epicentros se pusieron oídos en la tierra para captar los primeros latidos del monstruo. Unas 100 estaciones sensoras detectan cuando hay un sismo en desarrollo y mandan un aviso para que se active la alerta.
Si la distancia lo permite, poco después se escucha por los altavoces: “Guang, guang, guang. Alerta sísmica, alerta sísmica”. El sonido sobrecoge: nunca se sabe exactamente qué vendrá a continuación.
La voz que dice “alerta sísmica” intercalada con una sirena fue grabada en 1993. Pertenece a Manuel de la Llata, un actor de doblaje que murió hace dos años y que puso voz a Superman en dos películas y a Han Solo en “La guerra de las galaxias”.
En una casona de la zona de Narvarte en Ciudad de México tiene su búnker el Centro de Instrumentación y Registro Sísmico (CIRES), dirigido por Juan Manuel Espinosa Aranda. Él y su gente son los responsables del Sistema de Alerta Sísmica Mexicano.
Espinosa había participado en el minuto de silencio y en el simulacro hace un año cuando la tierra empezó a sacudirse. Iba por el Viaducto, una vía rápida, camino a su oficina. Sintió que su camioneta hacía un movimiento raro. La alerta sonó después.
“El sismo fue muy cercano y fue técnicamente imposible que el sistema hiciera antes un análisis de las ondas que se estaban empezando a registrar”, explicó a dpa el ingeniero de 70 años.
Sin embargo, señaló, cuando la distancia del epicentro es mayor, la alerta da una ventaja de unos 50 segundos o un poco más para protegerse. Es tiempo suficiente para evacuar los pisos bajos de un edificio, sacar a los alumnos al patio de la escuela, alejarse de una estantería o apagar el gas.
Dos estaciones sensoras vecinas deben coincidir en que hay un sismo importante en proceso, en general desde 5.5 a 6 de magnitud. Entonces se activará la alerta en Ciudad de México y algunas otras ciudades sísmicas, como Oaxaca y Acapulco.
Cuando empieza un sismo, las primeras ondas (ondas P) se propagan a unos ocho kilómetros por segundo, dependiendo del terreno. Las siguientes (ondas S), más fuertes, van más despacio: unos cuatro kilómetros por segundo.
El ideal para Espinosa sería ampliar la cantidad de sensores a unos 150, abarcando también sitios de posibles epicentros como Chiapas y Veracruz o la vecina Guatemala, y que también más ciudades pudieran ser alertadas.
Alguna vez hubo falsa alarma. Otras el susto fue mayúsculo por la alerta, pero el sismo resultó después imperceptible. El año pasado alguien pidió en la plataforma Change.org que se cambiara el sonido porque “causa mucho pánico”.
“Cualquier tono que tenga la alerta sísmica generará estrés”, dijo Raúl Valenzuela Wong, del Instituto de Geofísica de la Universidad Nacional Autónoma de México. Sin embargo, puede salvar vidas si ya se tiene un plan y se sabe qué hacer.
“Puedo tener un coche o un helicóptero y, si los sé conducir, me llevan a donde sea, pero si no los sé conducir es una ingeniería valiosa que no sirve para mí”, afirmó Espinosa.
Desde agosto, cada primer lunes de mes la alcaldía de Ciudad de México, de la que dependen los altavoces, hace una prueba de sonido y de funcionamiento con un aviso distinto al real.
En la casona del CIRES cuelga de una pared una pantalla donde se observan numerosos puntos verdes sobre un mapa de México. Son los sitios donde hay estaciones sensoras activas.
Se ve también un punto en rojo: es un sensor colocado cerca de la presa El Infiernillo, entre Guerrero y Michoacán. El sistema indica que hay una desconexión que se debe atender. No será posible. La zona está dominada por grupos del crimen organizado.
“En esta región tenemos problemas con los dueños del terreno, que no son científicos sino que venden droga”, dijo Espinosa. “No nos dejan pasar. Son otros riesgos, que no son naturales”.

Un año bajo techos de plástico:
La vida después del sismo

(Foto: Andrea Murcia Cuartoscuro)

Texto: Carmen Peña / DPA

Ciudad de México. Carpas y pequeñas habitaciones prefabricadas de madera o plástico rodean el Multifamiliar Tlalpan, en la Ciudad de México. Ahí viven desde hace un año unos 100 afectados por el terremoto que azotó la ciudad el 19 de septiembre de 2017.
Son dos campamentos en total. Adultos e incluso niños y ancianos viven ahí porque no tienen otro lugar adónde ir. Sus viviendas, en algunos casos sus hogares de toda la vida, fueron declarados inhabitables después del sismo.
“Estamos hasta la madre (hartos)”, exclama Ángel Fuentes, de 50 años, mientras camina por el “Campamento Canchas”, en el que vive desde que ocurrió el terremoto y lo obligaron a dejar el edificio 3C, uno de los 10 que quedan en pie de los 11 que conformaban el Multifamiliar Tlalpan.
Ubicado en la delegación Tlalpan, en el sur de la capital mexicana, el conjunto de edificios del Multifamiliar está a la espera de ser reparado.
Construido en 1957, sufrió el desplome del edificio C1 por el terremoto, matando a nueve personas y dejando heridas a varias más. Los 10 que quedan fueron desalojados para ser reforzados.
“Si bien los edificios están en pie, el hecho de que exista un edificio colapsado a metros de la unidad hace que existan varias posibilidades de que algún otro caiga”, explica a DPA Juan Pablo Guerrero, que tenía un departamento en el edificio 3C.
Recién en julio se inició la reconstrucción del C1 y los trabajos de refuerzo en los edificios restantes. Una tarea que va a tardar al menos un año más.
Mientras esperan, los casi mil 500 vecinos del Multifamiliar han tenido que irse de la Ciudad de México a vivir con otros familiares, a buscar viviendas provisionales o, como Fuentes, a acampar fuera del condominio.
El terremoto del 19 de septiembre dejó un total de 369 muertos, 228 en Ciudad de México. También provocó el colapso de 38 edificios y se estima que más de 5 mil viviendas sufrieron diversos daños.
La tragedia ha generado acusaciones de corrupción y negligencia, debido a los indicios de que muchos edificios afectados o colapsados no cumplían con los estándares establecidos por la ley.
La “casa” en la que vive ahora Fuentes es una habitación de tres por dos metros cuadrados en la que apenas caben una cama, una pequeña mesa y su ropa. El lugar huele a humedad, plástico y madera, olor común en todo el campamento que antes era el polideportivo del condominio.
Aunque anteriormente vivía con sus hijos, ahora éstos están con un familiar fuera de la ciudad mientras él habita el campamento a la espera de buenas noticias sobre su edificio.
Para Fuentes, la lentitud con la que el gobierno realiza los trabajos de inspección y reconstrucción es peor que el sismo. “¿Creen que desde septiembre pasado no nos podían hacer estos trámites? Han dejado pasar un año”, manifiesta.
Al igual que muchas de las personas que habitan el campamento, depende en gran parte de las donaciones y buena voluntad de sus vecinos.
“Nosotros lo que queremos, lo que necesitamos, en nuestra vivienda”, demanda.
Las personas del campamento han buscado darle algo de vida al lugar: han sembrado plantas y han colocado algunos juegos para los niños. “Pero los baños provisionales son los mismos de hace un año, cada vez que llueve esto se inunda y hasta han empezando a aparecer ratas”, dice Fuentes con lágrimas en los ojos.
Los campistas, además, viven en constante estado de alerta. El campamento tiene un cerco rudimentario y varias veces han tenido echar del lugar a extraños que ingresaban a robar.
Desde el terremoto, las autoridades capitalinas han derribado 64 edificios que tenían graves daños y otros tienen órdenes para ser demolidos.
Sin embargo, varios todavía no tienen un destino claro y, mientras las autoridades deciden qué hacer, cientos de personas no pueden regresar a sus casas.
Es el caso del condominio de Pestalozzi 27, en el centro-sur de la Ciudad de México. Constaba de cuatro edificios, 105 departamentos y unas 500 personas vivían ahí.
Una carpa azul sirve de refugio a Roberto Aguilar, que todos los días vigila el conjunto de edificios en ruinas. Una radio y un periódico lo acompañan en la tarea diaria de controlar las derruidas construcciones.
“Aquí no murió nadie, gracias a Dios. Pero se ha perdido casi todo y por dentro (el edificio) está peor”, cuenta. La fachada está agrietada y por los dos extremos se ha caído. En el suelo hay escombros acumulados.
En Pestalozzi 27, ubicado en la colonia (barrio) Piedad Narvarte, reina la incertidumbre. Tras 12 meses desde el terremoto, los vecinos todavía no saben si podrá repararse o tendrá que ser demolido.
“Esa es una cuestión que les ha costado definir”, dice Olivia Domínguez Prieto. “Dijeron que era muy difícil saber cómo estaba la estructura por dentro, que se requerían estudios. El problema con los estudios es que son muy caros”, explica.
Quienes vivían en Pestalozzi 27, un complejo construido en 1975, han logrado que el fondo para la reconstrucción les otorgue el dinero necesario para el estudio que determinará si el inmueble puede repararse o debe demolerse.
El estudio técnico, sin embargo, tardará otros siete meses. Los damnificados, mientras tanto, tendrán que seguir esperando.

A un año del sismo, insta la ONU
a México a proteger DH en emergencias

El féretro de la niña Naomi, de 4 años, es enterrado durante su funeral. Foto: Xinhua.
(Ciudad de México, 21 de septiembre de 2017. El féretro de la niña Naomi, de 4 años de edad, es enterrado durante su funeral luego del sismo del 19 de septiembre. Foto: Xinhua / David de la Paz)

Texto: DPA
Ciudad de México. México debe proteger los derechos humanos durante emergencias humanitarias y procesos de reconstrucción, señaló la Oficina en México para los derechos humanos de las Naciones Unidad (ONU-DH) a un año del terremoto que golpeó la Ciudad de México.
“La ONU-DH llama a las autoridades mexicanas a mantener como
temas prioritarios la atención a las poblaciones afectadas y la preparación frente a los riesgos naturales”, indicó un comunicado difundido la noche del martes.
El 19 de septiembre de 2017 un terremoto de magnitud 7.1 azotó la capital mexicana y varios estados del centro y sur del país, lo que dejó un saldo 369 muertos, 228 de ellos solo en la Ciudad de México.
Días antes, el 7 de septiembre de ese año, un terremoto de magnitud 8.2 sacudió el sur y centro del país, especialmente los estados de Chiapas y Oaxaca, con un saldo de 102 muertos.
Ambos sismos también provocaron el colapso de cientos de viviendas y edificios, mientras que otros miles resultaron con daños totales o parciales.
La ONU-DH indicó que, respecto a la fase de emergencia durante ambos sismos, se mostró la necesidad de fortalecer la dimensión de los derechos humanos en cuanto a la atención de desastres, especialmente cuando se trata de proteger a las víctimas y de dar información a los afectados y damnificados.
Sobre la fase de reconstrucción, la ONU-DH consideró necesario implementar censos completos y transparentar el uso de los recursos. “Es fundamental garantizar que no exista ningún tipo de discriminación en la atención”, indicó Jan Jarab, representante de la ONU-DH en México.
Jarab añadió que la entrega de ayudas y atención a los damnificados “no puede ser condicionada” a afiliaciones o simpatías políticas. Además, dijo que aunque el sector empresarial tiene un rol importante en esta fase, las autoridades no pueden “transferir sus obligaciones a los entes privados”.
También señaló que el proceso de reconstrucción no deben “perpetuar” la discriminación y la exclusión de los sectores más vulnerables.
Por último, la ONU-DH reconoció los esfuerzos de la sociedad civil y su solidaridad durante los dos desastres del año pasado.