13 marzo,2021 9:45 am

Recuerdan a Enrique Fuentes Castilla, dueño de la mítica Librería Madero, de la capital del país

 

Ciudad de México, 13 de marzo de 2021. Don Enrique Fuentes Castilla, fallecido el pasado 8 de marzo a los 80 años, se puso al timón de la mítica Librería Madero, en la Ciudad de México, cuando tenía 48, como si para ello hubiera obrado, poco a poco y a lo largo de su vida, una fuerza cuya enunciación está en desuso: el destino.

Aquí, la metáfora naval de quien asume el control de un barco no es gratuita, pues en algún punto de su vida pasó largas temporadas en altamar como marino, en anticipación de la que sería su ocupación última y decisiva.

Quizá, como escribió su amigo Adolfo Castañón en un artículo para Letras Libres, don Enrique, como todos quienes lo conocieron solían llamarle, jamás dejó del todo las artes marítimas: “El librero es como un pescador que vive y sueña de cara al mar de los libros”.

Además de marino, fue niño seminarista, participante en el movimiento estudiantil del 68, estudiante de sociología, trabajador en la Central de Abastos, dueño de un expendio de café y gerente comercial de una aerolínea, con este último trabajo como una gran forma para alimentar su pasión por los viajes.

Cada uno de esos empleos, oficios y ocupaciones lo fueron preparando para convertirse, ahora se sabe, en uno de los libreros más emblemáticos de la Ciudad de México, uno que podía hablar de todo porque lo había hecho de todo.

“En realidad fue un hombre multifacético. Hizo muchísimas cosas distintas en la vida”, recuerda la editora Andrea Fuentes, su hija. “Hizo miles de cosas que yo creo que, en realidad, son una evidencia de su multiplicidad de saberes”.

Uno de los nietos de don Enrique, sobrino de Andrea, así lo pone tras la muerte del librero: “Para mí es muy difícil no encontrármelo en todo, porque siempre está en todo”.

A lo que Andrea agrega: “En lo único donde no está es en el celular, porque eso sí lo odiaba”.

Nacido en Saltillo, Coahuila, el 30 de marzo de 1940, don Enrique provenía de una familia de terratenientes y políticos del norte del país cuya finca de 500 hectáreas fue repartida tras la Revolución.

A diferencia de algunos de sus hermanos, que veían con resentimiento el despojo de las tierras de su apellido, él solía defender la redistribución de la riqueza con un sencillo “Bueno, fue lo justo, ¿no?”.

Algo de eso había en su amor por las ideas, y no estrictamente por los centavos, que prodigó a miles de clientes en las dos encarnaciones de la Madero, en el Centro Histórico, primero en Madero 12, y después, ya como la Antigua Madero, en Isabel La Católica 97.

“Mucha gente le decía: ‘Oye, ¿y no te roban libros?’, ‘Oye, mira a ese chavo…’, entonces mi padre siempre respondía: ‘Ese chavo es un estudiante, que se lo lleve’. Tenía esa claridad de decir: ‘Lo va a leer y le va a aprovechar y le va a cambiar la vida’”, cuenta su hija.

Contrario a muchos libreros de la capital del país, que provienen de familias dedicadas al oficio por generaciones, don Enrique comenzó a aprender el suyo en la privilegiada biblioteca privada de su tío, Pablo Pérez y Fuentes.

“Decía que aprendió con él, porque mi tío lo ponía a ayudarlo de chiquito; le decía: ‘Súbete ahí en la escalera, bájame tal libro’; ‘a ver, mira, te voy a mostrar éste, que es un título de poesía, y éste es un libro de historia’.

“Conversando con él surgió una pasión, creo que, en el caso de mi padre, por el conocimiento; también por el objeto: esa biblioteca con escaleras, donde subía y bajaba ejemplares encuadernados en piel, qué sé yo”, pondera Andrea.

El establecimiento, famoso también por sus legendarias ediciones de regalo al cuidado editorial de Vicente Rojo, ideadas por Ana María Cama, así como por ser la sede de la imprenta Madero y cuna de Editorial Era, necesitaba, sin embargo, un rescate.

Don Enrique jamás se consideró a sí mismo un librero de viejo, sino un anticuario.

“Lo que él decide es no ser una librería de viejo, sino una librería de antiguo. ¿Cuál es la diferencia? Una librería de viejo es todo de todos los libros viejos que se revenden de muchas índoles, y él decidió hacer, yo le llamaría, una especie de curaduría del libro, de ciertas temáticas, que sean ejemplares cuidados; que si estaban descuidados, que los recuperara”.

Los investigadores, por ejemplo, lo idolatraban, puesto que una visita a la Antigua Madero significaba ahorrarse horas y horas de rastreo bibliográfico; llegaban pidiendo un libro y regresaban a casa con una lista robusta de material de estudio.

“Salían de ahí las investigadoras, los investigadores, con un corpus como si se hubieran ahorrado mucho tiempo de investigación en bibliotecas gracias a esos saberes en los que se fue especializando mi padre por su propia creación, porque eran saberes que a él le interesaban simplemente por el gusto de saberlos”, cuenta Andrea.

Texto: Francisco Morales / Agencia Reforma