
Atoyac, Guerrero, a 9 de octubre de 2024.- A 50 años de la muerte de Lucio Cabañas, Atoyac pasó de ser el epicentro del terrorismo de Estado en la década de 1970 con cientos de desaparecidos por el Ejército, a un municipio que cuenta con diversos espacios de represión resignificados por los familiares de las víctimas para exigir verdad y justicia y construir una “memoria colectiva”, entre ellos monumentos, placas conmemorativas y un museo, rescata un estudio.
El Estado mexicano carece de una política de memoria, lo que representa una “deuda enorme con los familiares en términos de reparación de daños”, expone Rafael Venancio Tepec en su proyecto doctoral Memoria de la ausencia: la producción de la memoria sobre la desaparición forzada en Atoyac, Guerrero (1969-2022).
Las ruinas de la ex fábrica de hilados de principios del siglo 20 también le dan identidad a la sociedad atoyaquense por su importancia histórica, como espacio cultural, dijo su promotor y cronista del municipio, Víctor Cardona Galindo.
Placas, monumentos y museo
La semana conmemorativa por los 50 años de la muerte del profesor Lucio Cabañas Barrientos se desarrolló principalmente en el zócalo de Atoyac, donde se encuentran el monumento, el obelisco y los restos del líder del Partido de los Pobres-Brigada Campesina de Ajusticiamiento.
Enfrente está la primaria Juan Álvarez, de donde surgió la protesta de padres de familia junto con Lucio Cabañas contra la dirección de la escuela y las cuotas obligatorias, que culminó en la masacre del 18 de mayo de 1967.
A un lado se puede leer la placa develada por el Estado mexicano el 14 de noviembre de 2011 en el edificio del DIF municipal en memoria de “Don Rosendo Radilla Pacheco y de las víctimas de desapariciones forzadas ocurridas en las décadas de los 60 y 70, en un “contexto sistemático de violaciones a los derechos humanos”, según lo señalado por la Corte Interamericana de Derechos Humanos en su resolución”.
La desaparición de Rosendo Radilla por “agentes del Estado” el 25 de agosto de 1974 en un retén militar es un lamentable suceso que “ha dejado invaluables lecciones a la Nación Mexicana. El Estado reconoce la incansable búsqueda de sus familiares por la justicia, la verdad y reparación”.
A un costado se encuentra una placa metálica más pequeña develada el 28 de agosto pasado por María Herrera Magdaleno, quien tiene a cuatro hijos desaparecidos, dos de ellos, Raúl y Jesús Salvador Trujillo Herrera de 21 y 24 años, en Atoyac en la misma fecha pero de 2008.
Provenientes de Michoacán, otros cinco jóvenes desaparecieron: Alejandro Higareda Áviña de 21 años, Joel Franco Águila de 24, Rafael Cervantes Rodríguez de 44, Luis Carlos Barajas Alcazar de 17 y José Luis Barajas Díaz de 19 años.
“En memoria de ellos y en reconocimiento de sus madres que no han dejado de buscarles, seguimos caminando con la esperanza de que la sociedad de México, Guerrero y Atoyac se solidaricen para que no haya más personas desaparecidas. Tus ojos y tu voz son nuestra luz para seguir. ¡Hasta encontrarles!”.
Dos días después de la develación de la placa y en el marco del Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas, la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos y Víctimas de Violaciones a los Derechos Humanos en México (Afadem) inauguró el Museo de la Memoria La Silla Vacía.
El nuevo recinto para recordar a las víctimas del terrorismo de Estado se encuentra en el terreno que albergó las instalaciones del 27 Batallón de Infantería, centro de detención y cárcel clandestina en el que también se encuentra la Ciudad de los Servicios, a unos cinco minutos en automóvil desde el zócalo de Atoyac.
“Memoria colectiva”
Las placas, el monumento a Lucio Cabañas y el nuevo museo son parte de una lista de “espacios simbólicos que fueron resignificados por los familiares como lugares de memoria”, señala el proyecto de investigación de Rafael Venancio Tepec, estudiante de Estudios Sociales y Territoriales del Centro de Investigación y Posgrado en Estudios Territoriales (Cipes) de la Universidad Autónoma de Guerrero (UAG).
La lista incluye prácticas de conmemoración de las desapariciones forzadas como los carteles y bordados expuestos durante algunas jornadas de excavaciones en el ex cuartel militar, las marchas por los desaparecidos, el antimonumento a los 43 y exposiciones fotográficas.
Los espacios y las prácticas mencionadas “permiten comprender que la memoria es la construcción de un sentido del pasado represivo que se materializa en productos políticos y culturales”.
“En contraste, el Estado tiene una enorme deuda con las víctimas, porque aunque se han creado organismos especiales para investigar los hechos, todavía no se conoce el paradero de las personas desaparecidas, no se ha castigado a los responsables y tampoco existen políticas de memoria. Debido a esta gran impunidad estructural los agentes del Estado, además del crimen organizado, siguen apareciendo como perpetradores de las actuales desapariciones forzadas”.
El investigador ahondó el 30 de noviembre pasado en la ex fábrica de hilados de El Ticuí: la memoria es un proceso mental, pero “cuando nos juntamos todos, cuando nos podemos a recordar, a realizar ciertas acciones en memoria de lo que pasó, en memoria de que están en calidad de detenidos-desaparecidos, desaparecidas, la memoria se vuelve colectiva”.
La ex fábrica de El Ticuí, de “mucha importancia histórica y cultural”
Además de la presentación del estudio sobre los espacios de memoria en Atoyac, las ruinas de la ex fábrica de hilados de El Ticuí fueron escenario de una exposición fotográfica y otras intervenciones relacionadas con la lucha armada y la represión.
No hay techo, la sombra la otorgan los grandes árboles que parecen estar enraizados con los viejos y altos muros que sobreviven pese al deterioro, el moho y el grafiti, y los visitantes caminan sobre hierba y más ruinas, de las que parece haberse apoderado la naturaleza.
En el cuarto día de actividades por Lucio también se realizaba una sesión de fotos para una fiesta de XV años en un rincón de la ex fábrica.
Es “un emblema del porfiriato”, dijo el cronista de Atoyac, Víctor Cardona Galindo, quien explicó que las familias españolas Zuyeta, Quirós y Fernández construyeron esta fábrica en 1904 y fueron dueños también de la que se encontraba en Acapulco y la de Aguas Blancas, Coyuca de Benítez.
Empezó a funcionar en 1905 tras la instalación de la gran maquinaria por parte del francés León Obé Penitoc, “un ingeniero industrial que era al mismo tiempo ingeniero naval, que asesinó al capitán del barco porque andaba con su esposa y lo dejaron en la cárcel de Acapulco, el alcalde le avisó a Obdulio Fernández y simulan una fuga y lo traen a Atoyac”.
Producían telas de buena calidad, pero había explotación porque las jornadas de trabajo llegaban a ser de hasta 14 horas, entonces el movimiento obrerista del acapulqueño Juan R. Escudero contra los españoles que controlaban todo, se extendió a este municipio de la Costa Grande.
“De hecho, la lucha de Escudero es aquí donde se concretó porque matan a los Escudero, los de Atoyac se levantan en armas, hacen una revolución en 1923-1924 y luego vuelven a levantarse en 1925-1926, y ya empieza a concretarse en 1930 con el primer sindicato Felipe Carrillo Puerto, que después se va a convertir en la cooperativa David Flores Reynada, uno de los líderes del sindicato y gente del Partido Obrero de Acapulco”.
En 1933 el Ejército fusiló a Flores Reynada, pero la llegada de Lázaro Cárdenas permitió la entrega de la fábrica a los obreros aproximadamente en 1938, “el mejor momento de la fábrica”, pero cayó tras la muerte del líder Enedino Ruiz Radilla en un avionazo en 1955, y en 1967 dejó de funcionar.
Texto y foto: Ramón Gracida Gómez


