
La lluvia no ahuyentó a sus seguidores, quienes disfrutaron un recorrido por los éxitos del catalán
Ciudad de México, 22 de octubre de 2022. Unos minutos antes de que saliera al escenario, empezó a llover, pero durante todo su recital en el Zócalo, a Joan Manuel Serrat lo acompañaron sus más fieles seguidores para disfrutar su cancionero popular.
“Son cuatro gotas, y las disfrutaremos. Damas, caballeros e imparciales, bienvenidos. Un gusto tremendo, terrible, estar en la Plaza Mayor de México compartiendo esta noche.
“Se dice que es un concierto de despedida; no hagan caso. Esto es una fiesta y vamos a darlo a todo, a disfrutarlo todo. Aparten cualquier atisbo de nostalgia, melancolía, y piensen seriamente que a partir de ahora todo va hacia el futuro”, dijo el cantautor español, de 78 años, ante unas 80 mil personas.
Poeta, pensador, trovador, el catalán fue de las primeras figuras en tener una legión fundada en su apellido: los “serratianos”. Y sus devotos permanecieron bajo la lluvia. Jamás los ahuyentó el húmedo ambiente. Su recompensa, un repertorio de 25 canciones, entre las que Mediterráneo, Cantares y Penélope son los emblemas de su historia poético-musical.
En el primer cuadro de la Ciudad de México fueron distribuidas 5 mil sillas, según los organizadores, que fueron ocupadas desde antes de las 19:00 horas. Él salió a las 20:10; en su orquesta andaba JoseMi, saxofonista de cabecera de Joaquín Sabina, su colega y amigo por más que algunos traten de hacerlos rivalizar.

Por primera vez en lo que lleva de gira de despedida, El Vicio de Cantar, Serrat 1965-2022, usó pantalón de mezclilla y no los negros o azules de vestir. Recurrió a su saco negro y, ocasionalmente, a su guitarra.
No hubo griterío desmesurado, histeria u obsesión por selfies, videos o transmisión en vivo en redes. Principalmente, gente entre los 40 y 60, todos se concentraron en escuchar y corear lo mucho o poco que sabían. Siguió lloviendo hasta mediado el concierto.
Quienes no llevaban impermeable compraron algo con quienes se dieron gusto vendiendo productos hasta en 200 pesos, cuando no pasan de los 50.
“No se moleste. No sé lo que pone, no alcanzo a leer”, le dijo Serrat a una señora con una pancarta. Le pidió acercarse. Lo leyó. Y le dijo “puede bajar los brazos, ya lo leí”. Seguía levantándola y él insistió en lo contrario.
Y continuó su recital, tomando agua y saludando a sus fans de los costados. Sonriente por los aplausos, agradecido por el “oé, oé, oé, Serraaat, Serraaat”.
“Hoy sabemos que la cosa es grave, que va deveras en esto, y que es urgente tomar decisiones al respecto, pero no sé si ustedes tienen la misma sensación, que uno piensa que los que pudieran empujar, los que tienen posibilidad de hacer estas cosas, parece que no tengan mucha prisa en ellos”, dijo en Pare, que le canta a su padre, en catalán, sobre la guerra y la devastación mundial.
A los adultos mayores les molestó que muchos se pararan a cantarle, y no pararon de gritar “que se sienten”. Los más jóvenes optaron por hacerlo y resignarse a tararear.
Esos Locos Bajitos, Para la Libertad y Fiesta destacaron en el tramo final. El músico agradeció que paró de llover.
“Gracias a Tláloc, que se portó muy bien con nosotros. Gracias a ustedes, México”, concluyó.
Vida de fan
A los 5 años, Guillermo Vázquez descubrió a Joan Manuel Serrat y desde entonces lo consideró su segundo padre.
Sus discos Dedicado a Antonio Machado, Poeta, Mediterráneo y Mi Niñez son tan fundamentales en su vida que lo ve como un filósofo y pensador incomparable.
El 23 de septiembre de 1993 fue a celebrar un cumpleaños con un amigo y encontró al catalán en el Ex Convento de Tepoztlán. Su incredulidad fue tal que le temblaron las manos y sudó como nunca.
“Quiero decirle que en sus canciones siempre he encontrado la palabra sabia y el consejo a tiempo, que han guiado todos los pasos de mi vida, y quiero que sepa que espiritualmente usted ha sido un padre para mí”, fue el discurso ensayado que le dijo al cantautor, en ese entonces, de 51 años.
Él lo miró estupefacto, le agradeció el comentario y le dio una tarjeta autografiada. El mexicano, hoy de 51 años, se percató de que Serrat iba con un fotógrafo y le suplicó una imagen del recuerdo. La obtuvo y el español lo abrazó y se dieron un beso fraterno.
Tres días después recibió la imagen en un sobre, enviada desde el hotel Presidente Chapultepec. Guillermo lo admira tanto que lo ha visto más de 80 ocasiones en concierto y coincidió con él este año en Monterrey.
Llegó al concierto del Zócalo, irá al Cervantino y, además, al último de su carrera: el 23 de diciembre en Barcelona.
Texto: Juan Carlos García / Agencia Reforma


