
Adán Ramírez Serret
Nada mejor o peor que volver a los clásicos, pues no hay nada más triste que ir a las páginas de una obra amada y descubrir que el tiempo ha pasado y que algo se ha arruinado, muchas veces, por supuesto, nosotros mismos. Y, nada más alegre, apasionante, que volver a un libro muchos años después para descubrir no solamente que sigue siendo una obra maestra, sino que dejó una marca profunda en nosotros, que mucho de lo que consideramos como nuestros gustos y misterios está en la impronta que esa obra nos dejó.
Es precisamente lo que me ha pasado en días recientes con la lectura de Farabeuf, de Salvador Elizondo (1932-2006), obra que ha sido felizmente vuelta a editar en un rescate de esa maravillosa editorial, Joaquín Mortiz, que hizo historia en la literatura en México; para bien, por supuesto, pues en su catálogo estuvieron por citar unos cuantos deslumbrantes Carballido, Arredondo, Castellanos, Paz e incluso el debut de Juan Villoro.
Farabeuf es una de las primeras obras que ha reeditado. Dije antes que la leí de joven y ahora pienso que se trata de ese tipo de novelas que pueden ser absolutamente de formación, es decir: leerlas porque son difíciles, porque implican un reto por la complejidad de su estructura, de su trama, del propio tema que abordan. O, también, pueden ser novelas con las que uno se gradúa como lector entendiendo, descifrando el mayor número de guiños, de referencias, de espejos y puntos narrativos.
Pero bueno… es mejor para hablar de Farabeuf comenzar a poner los puntos sobre las íes. Fue una obra escrita en 1965 por el esteta y erudito Salvador Elizondo, quien antes había escrito ya bastantes textos memorables y quien formaba parte de una joven generación de escritores que apostaban por la alta literatura. La novela tiene el vanguardista y joyceano subtítulo O la crónica de un instante. Pues, en efecto, la novela es la crónica de un instante: el de la muerte, el del coito. La destreza es cómo narrar aquello. Es un reto, sin duda, de un ejercicio de creación literaria. Esa maravilla de la literatura, del lenguaje, de poder atrapar un instante. Dice Octavio Paz en Viento entero: “El presente es perpetuo”.
Elizondo va construyendo un relato con una prosa un tanto arabesca, que se mueve en círculos a veces vívidos, otros mediante la memoria y otros oníricos alrededor de una historia, a veces en primera, segunda o tercera persona, sobre la historia de un médico, Farabeuf, que está involucrado en varias historias en diferentes momentos, pero que confluyen en un momento misterioso, en un instante que hoja a hoja, capa a capa se van distinguiendo en la novela.
Farabeuf caminado por una playa con una acompañante, perdiéndose en las dunas, viendo el mar y los riscos. Farabeuf en las calles de París, empapado en el frío con el maletín en la mano. Farabeuf en China, con una cámara retratando uno de los tormentos más brutales del mundo: el ir siendo cercenado palmo a palmo sin morir. En todas las escenas Farabeuf con un bisturí, con una pasión, con una obsesión masoquista de ir desgranando el cuerpo, con placer, con miedo, con odio, con maldad… focalizando desde diferentes puntos, viendo con diferentes ojos, sintiendo con un solo cuerpo, y aquí es donde entra el lector: en el placer de meter un bisturí a la obra, abrirla, desgajarla, para descubrir su maravilla de escritura.
Salvador Elizondo, Farabeuf o la cónica de un instante, Ciudad de México, Joaquín Mortiz, 2025. 173 páginas.


