
Adán Ramírez Serret
El nacimiento de la poesía moderna, de la mano de esos seres extraños como Baudelaire o Rimbaud, redefine la idea de la belleza, acaso inventa una nueva; atisbada en artistas oscuros que bien que los había habido, pero que en Occidente para hace unos doscientos años, la poesía olvidaba al ser pura luz y transparencia; pero, para estos autores citados, esos llamados malditos, el bien y el mal eran adjetivos que les quedaban pequeños, pues, más bien, planteaban otra forma de ver el mundo: original hasta el cansancio: decepcionados ya de la belleza manida, se lanzaron de cabeza para descubrir, para inventar un nuevo estereotipo, una nueva estética en cada poema que tan sólo se entendía si se lograban descifrar sus códigos, y, aun así, era oscura, grosera, vulgar: nunca antes vista por nadie.
Es el caso, la familia, digámoslo claro, de la escritora Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978), quien, debo admitir, siempre me ha gustado, sí, pero cuya literatura me parecía deslumbrante en la idea, pero en el desarrollo, a veces, me quedaba un poco desconectado; pensaba, entonces, que se debía a esa extrañeza que usualmente sucede que algo es muy bueno y debería gustarnos, pero, a la hora de la hora, algo pasaba y sí, es muy bueno, pero no sucedía ese apasionamiento que es imprescindible para devorar un libro una y otra vez.
Me sucedía esto con uno de sus libros más célebres, Distancia de rescate, hablar de él, contarlo, me apasionaba mucho, pero no tenía esa marca, esa cicatriz placenteramente dolorosa que dejan los libros amados, sobre todo aquellos que nos gustan y dejan una profunda impronta a pesar de nosotros mismos, de nuestros predecibles gustos.
De Schweblin, pues, me gustaba sobre todo la compilación de cuentos Pájaros en la boca; veía una finísima técnica, una hermosa extrañeza entre Julio Cortázar y Felisberto Hernández. Muy buena, muy talentosa, pero que aún no me agarraba de la nariz y me sacaba arrastrando de mis gustos para llevarme a su universo. Lo que sí acaba de suceder, con su más reciente reunión de relatos, El buen mal.
Se trata de relatos caprichosos en todos sentidos, algunos van hacia el lado oscuro, siempre innombrable de la maternidad, la sororidad o la amistad; en extensión también varían: algunos son breves, otros extensos, casi una nouvelle; pero en todos habita una hermosa maldad, un, en efecto, buen mal que es aire puro, cero conservador a lo Patricia Highsmith, en donde no necesariamente se devela el mal de los seres humanos, de las mujeres en específico: sino una nueva forma de belleza, de vivir el mundo desde lo que se entendía como la oscuridad, pero que, desde la estética de Schweblin, no es otra cosa que libertad.
El relato que abre la compilación es Bienvenida a la comunidad, una mujer se intenta suicidar como primer acto del día, se lanza al lago, reflexiona la forma en que morirá, se agarra de las algas, piensa en sus hijos, en su esposo, en su infelicidad, pero sobrevive; normalmente esto sería terrible, pero estamos en el territorio Scheweblin, en donde esos pensamientos son un acto de libertad, de humanidad. Más adelante, en El ojo en la garganta, la autora se adentra en ese terreno antes pulcro o sucio de la paternidad y la maternidad, pero aquí, en este relato extenso contado en primera persona por el hijo que se queda mudo por un descuido; no aparece la oscuridad solamente, o esta, más bien, es vista desde otro punto de vista, como una normalidad asimilada por el hijo, en donde la distancia, los silencios, no son la ruptura de una familia sino acaso su libertad.
Schweblin llega a un clímax en el relato La mujer de la Atlántida, con una heroína que sólo puede existir en este universo de los relatos. La poesía, la sororidad y la Atlántida pocas veces habían existido con tanta felicidad, con tal originalidad capaz de transformar el punto de vista, que, después de este buen mal, nunca vuelve a ser el mismo, en donde la oscuridad es una nueva oportunidad de existir.
Samanta Schweblin, El buen mal, Ciudad de México, Random House, 2025. 187 páginas.


