
La presidenta Claudia Sheinbaum pasa días de asueto en Acapulco con su familia en un hecho de la vida privada, pero que encierra un simbolismo político. Muestra el interés de la mandataria por hacer visible el regreso de la ciudad a sus labores habituales, en particular al turismo, después del paso de los devastadores huracanes Otis (2023) y John (2024).
Tocó a la mandataria atender las consecuencias, siempre de largo plazo en los casos de fenómenos naturales. Sheinbaum ha mostrado especial sensibilidad hacia Acapulco, con decisiones como acordar un plan de reconstrucción, sus frecuentes visitas a la ciudad y sus recorridos en zonas damnificadas, en los que ha constatado de primera mano la dimensión de los daños y las expectativas de los habitantes.
Esas caminatas entre tumultos rompieron con el criterio que en su momento alegó el ex presidente Andrés Manuel López Obrador, quien evitó mancharse de lodo en las colonias afectadas para sortear, decía, provocaciones a su investidura. Sheinbaum mostró el valor de la presencia en el lugar de la desgracia. Legitimó el peso de la mirada, del abrazo o de la palabra presidencial, precisamente ante los ojos y la piel de quien más lo necesita en el momento más aciago.
Importa, sin embargo, que Sheinbaum detenga su vista en los actos de gobierno desagregados. Ahí donde imperan las inercias burocráticas, los ajustes presupuestales, los movimientos discrecionales, las complicidades y los intereses creados.
La gran deficiencia de bulto es la falta de un plan de rehabilitación integral de Acapulco. El programa oficial, aún con la pertinencia de las soluciones particulares, sólo es una suma de acciones. Este es –aún hay tiempo– el momento de enfrentar el desastre con una corrección muy por encima de arreglos parciales.
La ciudad, lo sabemos hace tiempo, ha sufrido la devastación de una franja importante de sus recursos naturales. La destrucción de manglares y humedales explica en buena medida la exposición que ahora tiene Acapulco ante los ciclones tropicales. La mancha urbana ha crecido en la costa, en la parte alta y en los lechos ribereños sin más lógica que la del rentismo salvaje.
Así han quedado en grave riesgo sectores de población, lo mismo de escasos recursos que de altos ingresos, incluso quienes tienen aquí su residencia de descanso. Esta vulnerabilidad social, material y económica es la que multiplica el impacto de un fenómeno natural. Los huracanes ganan vigor por el cambio climático, pero esta circunstancia no puede ser una coartada para ocultar el resultado de la ineficiencia y la corrupción de décadas.
Esta sigue siendo la ocasión para emprender la reforestación, el ordenamiento territorial, la reforma integral de la normatividad de construcciones y la regeneración de la industria turística, fuente de ingreso de casi toda la ciudad, la principal del estado. Pero esta es la hora en la que no hay decisiones sobre puntos críticos del desarrollo urbano de la ciudad, como densidad poblacional, altura de edificios, relación territorial entre cuerpos de agua o futuro de las selvas arrasadas. Sobre todo es relevante asumir con claridad que una reconstrucción como la que reclama Acapulco no puede hacerse al margen o en contra de la naturaleza, sino con ella.
Una revisión de las obras emprendidas en el plan oficial muestra que incluso los parches son deficientes o ya están distorsionados. La reconstrucción de la Costera, ya muy avanzada, tiene aún tramos de baches y banquetas reventadas e inconclusa la obra del Malecón, que si bien no aparecía en el calendario inicial, debió apurarse para estas vacaciones pues es uno de los puntos más concurridos por los visitantes. Los anunciados Senderos de Paz todavía son una promesa y se desconoce si la empresa que obtuvo la licitación ha respondido por el incumplimiento, vencido el plazo de entrega.
El plausible reforzamiento de las bombas de agua de los sistemas que surten a la ciudad será insuficiente, si no hay una revisión exhaustiva del tendido hidráulico citadino, por donde se fuga una gran cantidad de agua y que, con las tomas clandestinas, causa el desabasto ya crónico.
El Marinabús era un proyecto de apoyo al transporte local, con el empleo del recurso marítimo, como lo hacen otras ciudades en el mundo. Pero al final quedó en un atractivo turístico más.
El rescate del Jardín del Puerto fue acogido con gran beneplácito en la ciudad, por el enorme beneficio que representaba la restitución de un pulmón urbano y una zona de esparcimiento popular. Pronto el gusto se volvió indignación, porque la obra avanzaba hacia la creación de un asentamiento comercial, no hacia el proyecto de beneficio social.
Sheinbaum llegó a escuchar en uno de sus viajes, en agosto pasado, el reclamo masivo de que el lugar fuera mayormente de áreas verdes. Ella misma ofreció entonces “90 y 10”, es decir, 90 por ciento de área verde y 10 por ciento de zona comercial. La realidad es que el trazo de la construcción mantiene el predominio de los negocios.
Aunque quedaba fuera en sentido estricto del plan de reconstrucción, el nuevo hospital de especialidades del ISSSTE ha sido un foco de interés, por el peso que tiene una instalación de ese tipo y de esas pretensiones en una ciudad y en una región tan carentes de servicios médicos de calidad.
El hospital fue inaugurado con áreas y servicios todavía sin funcionar y aunque siguen tarsladándose consultas que se daban en el antiguo nosocomio de la avenida Ruiz Cortines, aún no hay fecha precisa para que la sede del ex Centro de Convenciones trabaje al cien por ciento. Hay administradores pero no todavía los especialistas suficientes. Hay camas pero no están disponibles. Tiene un adeudo con la Comisión Federal de Electricidad que pone en riesgo el suministro de energía. La actual dirección del ISSSTE ni siquiera puede nombrar director del hospital o subdelegado en el estado, posiciones que retienen protegidos del senador Adán Augusto López, según denuncias recientes de los promotores de que se instalara en Acapulco un hospital de alta especialidad.
Cierto que son días de descanso de la presidenta. Pero cierto también que su visita es emblemática, lleva el mensaje de aliento a un horizonte de progreso para Acapulco. Si esto es así, el paso siguiente es que Claudia Sheinbaum revise detalles, precisiones y realidades en el plan de reconstrucción, para confirmar o desmentir que sus indicaciones se han cumplido.


