
COSAS QUE LA GENTE OLVIDA
Alan Valdez
(Primera parte)
La caja medía casi dos metros y estaba adornada por un moño igual de grande. Cuando Ramírez escuchó su número voceado por el gerente, no supo si alegrarse u ofenderse. Regresó a su asiento cargando la caja sobre el hombro, como si arrastrara un tronco recién cortado en medio del almacén.
Las compañeras sentadas a su lado solo le dijeron:
—Ay, manito, ahora sí que vas a ser la envidia de la colonia. Y aderezaron el comentario con dos palmaditas en la espalda y volvieron a su chisme. Ramírez las escuchaba reírse mientras comían pastel en platos desechables y bebían tequila rebajado con refresco de toronja. De vez en cuando dejaba de poner atención a su chismorreo sobre otro trabajador de la misma oficina que había engañado a su esposa con una cajera del lugar, cuando el gerente agitaba el almacén para anunciar otro número de la tómbola.
—¡A ver, mi gente hermosa, mi gente responsable, mi gente chambeadora! ¿A quién le tocó el 24? ¡Mi gente, el número 24! ¿Quién se va a llevar esta magnífica cámara digital, mi gente, número 24?
A cada empleado le habían asignado dos números. La mayoría de los premios más codiciados ya se habían entregado. Solo quedaban algunas cosas de valor, los demás eran, por decirlo desde el propio sentir de Ramírez, una tomadura de pelo. Ramírez miraba su boleto como si fuera un examen para el que no estudió. Leía una y otra vez los bordes nítidos y pesados del número, escrito con plumón sobre el papel.
—¡Gente, mi gente! ¡Número 24, número 24! Hermosa cámara digital para que estas vacaciones se vayan con la familia a Acapulco a tomarse bellas fotos y a subirlas en sus redes.
Desde una esquina del almacén, un hombre muy bajito y gordo, al que todos apodaban Elena, levantó la voz para decir:
—¡Yo merengues! ¡Yo tengo el 24!
Corriendo con sus botas de trabajo y camisa de cuadros, el bodeguero empezó a animar a toda la oficina mientras avanzaba. La gente aplaudía y gritaba:
—¡Elena! ¡Elena!
Al llegar a donde estaba el staff que organizaba el evento, saludó al gerente de mano y les tomaron fotografías. Ramírez lo miraba desde su asiento. Observaba la cara brillar con el flash azul de las cámaras y se imaginó recibiendo las llaves de un auto nuevo. Luego Elena regresó, entre aplausos, al mismo lugar del que había salido.
Al otro lado de Ramírez, un trabajador de Recursos Humanos intentaba servirse más refresco. Al notar que la botella estaba vacía, le habló a Ramírez. Aprovechando el momento, recién terminados los aplausos, le dijo:
—Pinche Elena, lo que tiene de enano lo tiene de suertudo. Yo ni he sacado nada aún, y ya quedan puras chingaderas. Pero bueno, al menos tú, carnal, ya sacaste arbolito.
Ramírez respondió:
—Pero yo esta pendejada ni la quiero, ya tengo uno en mi casa. Le prometí a mi jefa que mínimo una puta televisión sí me llevaba.
—Bueno, bueno, todavía quedan algunas madres en la mesa de regalos. Y luego me dijeron que el patrón, bien pedo, empieza a regalar billetes.
—Pues a mí nunca me ha tocado, pero con ese wey solo pasa si eres vieja.
—Bueno ya, Ramírez, no seas llorón y pásame el tequila y ese refresquito. Mínimo de aquí sí salgo bien arreglao.
Antes de pasarle el refresco y el tequila, Ramírez decidió servirse, por primera vez en la noche, un trago él también. En realidad, nunca había hablado con Pedro. De vez en cuando, al llegar a la oficina, lo veía estacionando su Tsuru. Alguna vez tuvo que ir a Recursos Humanos para que le endosara un cheque o, cuando fue a sacar copias, recuerda haberle preguntado si vio el partido de la selección ese fin de semana. Pero más allá de eso, no se conocían.
Ramírez dio el primer trago. Recordó momentáneamente por qué había decidido no beber esa noche, pero la advertencia le duró poco en la cabeza y se tomó el vaso de un jalón. Pedro, mirando el vaso de plástico vacío sobre la mesa, le dijo:
—¿A poco sí, carnal? ¿Que no te dan agüita en tu casa o qué?
Pedro también aprovechó para terminarse el suyo.
Las dos secretarias notaron, después de la tercera ronda, que la botella que estaba apartada para la mesa se estaba privatizando de aquel lado. Empezaron a reclamarles a los dos hombres:
—A ver, a ver, mis galanes, es provete, no banquete. Y esa botellita nos tiene que rendir a todos aquí en la mesa… ¿o no, doña Lupe? Pidieron la corroboración de la autoridad más longeva de la mesa. Pero al preguntarle a la señora, se dieron cuenta de que doña Lupe, una de las secretarias más antiguas de la oficina, no se inmutaba ni con el menor ruido.
—¡Doña Lupe! ¡Ay, Doña Lupe!
Insistieron, pero cuando el gerente comenzó a vocear un nuevo número, esta vez una licuadora, y el volumen del almacén llegó a la estridencia, se rindieron. La señora no despertó y siguió babeando su amplio vestido de lunares.
Ni Pedro ni Ramírez se sacaron la licuadora, y ambos terminaron por reclamar como suya la mitad de la botella, no sin antes haberles servido un último vaso a las dos mujeres.
Las secretarias se levantaron de la mesa después de un rato. Mientras guardaban un pedazo de pastel entre dos platos desechables, hablaban de cómo meterían el microondas y la televisión en el auto del marido de una de ellas.
—¿Manita, segura que no te quieres esperar? –dijo una a la vez que alzaba los ojos con dirección al estrado donde el gerente y las licenciadas resguardaban la tómbola—. Acuérdate que el año pasado el jefe, ya casi a la medianoche, salió con que sí había regalo sorpresa. Al final se lo llevó el de intendencia. Acuérdate que le dieron una noche todo incluido en el hotel ese que queda allá por rumbo al Parador del Sol. Imagínate, nomás, una noche allá con el gordo. Igual y pasa de nuevo, manita. Ya sabes que nosotros tenemos convenio con ellos.
—Sí, mana, pero que nosotros les hagamos el inventario de sus jaboncitos y papel de baño no quiere decir que van a andar regalando hospedaje cada año…
—Tá bien, manita, pues ámonos.
Por fin doña Lupe despertó. Ramírez veía a las mujeres malabareando con sus cajas mientras acababa de tomarse las últimas gotas de su vaso. Sintió un ligero impulso de querer ayudarlas, pero de reojo le llegó la imagen vertical de su pino de Navidad, y solo las siguió con la mirada hasta que unos meseros las ayudaron a salir del almacén.
—Que no te me agüites, mi Ramírez. Esas teles ni buenas salen. Mira, ya quedó vacío aquel lado. Házte pallá, en una de esas alcanzamos la botella de aquella otra mesa sin que se den cuenta esos weyes.
Ramírez escuchaba a Pedro, y antes de acabar de jalar la caja de su pino de Navidad, le dice:
–Oye, carnal, ¿ya cuántas cajas faltan? A mí se me hace que esos weyes hacen boletos sin regalo…
—Aguanta, aguanta, papito. Ahorita sale algo. Y si no… aunque sea otra botellita nos chingamos.
Justo cuando Pedro acabó de calmar las ansias de Ramírez, el gerente comenzó a vocear de nuevo:
–¡No se me desanimen, no se me desanimen! A ver, ¿quién tiene el número 19? ¡Diecinueve a la una… diecinueve a las doooos…!
–¿Y ahora qué chingados tocó?
–¡No jodas, mi Ramírez! ¡Es una pinche laptop!
–¿Tú qué número tienes?
–Valiendo madre… casi, casi pero no. ¿Y tú?
–Nombre, pa, a mí se me hace que sí es cierto lo que dijiste. Ese número de regalos ni hubo al empezar este cotorreo. O andamos bien salados.
–¿Pero quién se sacó la laptop? ¿Y es de las buenas?
–¡Ay no mames! Es una de las licenciadas. ¡Si ellas no pueden jugar! ¡Ellas están allí en la tómbola! ¡Eso es chanchullo! Ya ni pedo.
Pedro siguió quejándose mientras se paraba de la mesa con dirección hacia el baño. Al regresar le comentó los pormenores de un arreglo que hizo con uno de los meseros, que resultó ser compañero suyo de la secundaria.
–Ya arreglé con mi compa que ahorita, cuando tenga chance, nos pasa unos hielos y una botellita de ron de las buenas que alzó de la mesa de los jefes.
–¿Oye, Pedrito y por qué empezaste a trabajar aquí? Estás bien morro. Deberías andar en otras cosas más movidas, no en esta pinche empresa que nomás hace este showcito cada año, pero de feria ni madres.
–Puta, Ramírez, la verdad es que fue la única chamba que encontré. Estuve desempleado bastantes meses hasta julio, que me llamaron de aquí. Y mira, ya entrados en confianza… pues tuve un chavito, y mi ex empezó a pedir más dinero. Ya sabes cómo son esas cosas. ¿Tú tienes familia?
–¡Número 36, número 36! A ver, ¿quién tiene el número 36? ¡Unos audífonos inalámbricos!
Los dos miraron sus papeles. En medio del ruido, ni se dieron cuenta de que el amigo de Pedro ya les había dejado la bandeja con hielos y la botella. Ramírez revisó su celular, vio la hora. Tenía dos llamadas perdidas. No hizo nada por contestarlas, pero volteó a ver a Pedro y le dijo:
–Carnal, creo que ya es hora de que me vaya retirando. Ya ando medio entrado y tengo que manejar. Mejor aquí la dejamos.
–Aguanta, padre santo, aguanta. ¿Me vas a dejar así? Tira paro, deja que anuncien dos números más y vemos qué show.
–Tá bueno, pues… pero andas pisteando muy recio, ¿andas apurado o qué onda? –contestó Ramírez, guardando su celular de nuevo en la bolsa del pantalón.
–No, pero pues es gratis. Qué mal pedo que no nos dejan fumar aquí. Pero oye… ya que tú trabajas todo el tiempo allá en el otro piso, ¿qué sabes del carnal que se andaba comiendo a una de las secretarias en el baño hace una semana? Nadie ha dicho bien quién fue, solo que el cabrón se saltó por la ventana. Tú debes saber algo, ¿o no?
–Al pobre cabrón, cuando sepan quién es, lo van a correr… porque lo que no han dicho es que esa secretaria era sobrina del gerente. Pero pues la morra no quiso decir nada. Es todo lo que sé.
Luego, Ramírez desvió la conversación. Metió la mano a la bandeja con hielos, sacó un par y se sirvió ron sin refresco.
–Neta no te creo. Tú debes de saber más. Ya le pregunté a todos los weyes de allá arriba y nada más me faltas tú. ¿O apoco fuiste tú?
–No digas mamadas, Pedro. ¿Cómo que fuiste tú? Ya cállate.
–No te me agüites, mi Ramírez. Yo no le voy a decir a nadie. Además, yo también hubiera hecho lo mismo.
–Ya estás pedo. Te dije que ya me iba a ir y ya empezaste a decir puras pendejadas.
–Tranqui, tranqui… ahora que sé que no fuiste tú, y que me caíste bien, entonces ya puedo confesar.
–¿Y con qué chingadera vas a salir ahora? No sabes tomar callado.
–¡A ver, mi gente, mi gente, mi gente… número 7, número 7! ¡Ya merito acabamos, pero aún nos quedan cosas buenas!
–No mames… ¿qué, unos patines?
–¿Te tocaron?
–Nel. ¿Y a ti?
–Tampoco. Y ya te dije que ya me iba.
–Nel, dijiste que aguantabas dos números más. Apenas va uno…
Continuará…


