24 enero,2026 8:59 am

Un migrante tu’un savi en NY ante las redadas masivas: organizarse, resistir y vencer el miedo

El impacto sicológico por la persecución del ICE ha sido profundo entre guerrerenses indígenas que migraron a la ciudad de los rascacielos. No se dejan vencer por el temor, pero actúan con prudencia. Por ejemplo, han debido suspender eventos culturales que hacían cada año incluso en Times Square. Se coordinan, comparten información en español y en lenguas originarias y ofrecen orientación legal sobre sus derechos en caso de una detención. “Para que la gente esté preparada”, dice Saúl, nacido en una comunidad de la Montaña

El Sur / Ciudad de México, 24 de enero de 2026. Saúl Quizet Rivera mira con preocupación, desde Brooklyn, donde reside, el endurecimiento de acciones contra las personas migrantes en Estados Unidos. Originario de una comunidad tu’un savi de la Montaña de Guerrero, trabaja en Williamsburg, uno de los barrios más gentrificados de la ciudad de Nueva York, donde vende flores y artesanías, mientras intenta mantener a salvo su vida y la de sus paisanos en medio de redadas, detenciones y una creciente criminalización de la migración latina.

Es integrante de Fuerza Migrante, un movimiento binacional y apartidista que busca el empoderamiento social y económico de mexicanos en el exterior y de sus familias. A través de una red de organizaciones y activistas, el colectivo promueve la educación, la participación cívica y la defensa de los derechos humanos de las personas migrantes, además de facilitar trámites y recursos a ambos lados de la frontera entre México y Estados Unidos.

Saúl tiene 34 años y migró a Estados Unidos cuando tenía 20. Nació en Yuvinani, municipio de Metlatónoc, una de las regiones más empobrecidas de Guerrero. “De donde venimos, los pueblos indígenas siempre han sido ignorados”, reprocha.

A esa exclusión histórica, señala, cuando se migra se suma otra vulnerabilidad: la de ser indígena, pobre y extranjero al mismo tiempo. “Aquí llegando como migrantes es doble o triple veces el padecer”, dice, especialmente para quienes no hablan bien el español o apenas lo están aprendiendo.

Desde su experiencia personal, Saúl habla del contexto actual como uno particularmente agresivo. “Son políticas sumamente fuertes, duras”, constata.

A su alrededor, observa cómo personas con y sin antecedentes son detenidas en espacios públicos, en sus trabajos o mientras caminan por la calle. Las imágenes de redadas y arrestos circulan todos los días en redes sociales y alimentan una sensación permanente de miedo. “Es preocupante, muy preocupante –expresa–, porque se está criminalizando a las personas incluso con mucho odio”.

Textiles tu’un savi de venta en NYC

Antes de emigrar a Estados Unidos, Saúl trabajaba como taxista en Tlapa de Comonfort. El 20 de noviembre de 2009, un viaje cambió su vida: fue secuestrado, le robaron el automóvil y estuvo a punto de no contarlo. Aunque los responsables fueron detenidos, el proceso legal derivó en amenazas y persecuciones por parte de sus familiares. “Fue el motivo que me trajo aquí a Nueva York”, recuerda.

Como muchos migrantes, cruzó la frontera con ayuda de un coyote. Tras volar desde México, intentó cruzar por Nogales sin éxito y finalmente lo hizo por Naco, Sonora. Caminó durante el trayecto hasta llegar a Phoenix, Arizona. De ahí se trasladó a Nueva York. “A partir de ahí he estado viviendo aquí”, en Brooklyn, cuenta Saúl.

Sus primeros trabajos fueron los habituales para quienes llegan sin papeles: lavar platos, repartir comida. Durante ese periodo fue atropellado por un taxi y se vio obligado a pasar seis meses inactivo porque debió someterse a dos cirugías de mandíbula. En ese tiempo, una idea de su madre, desde Metlatónoc, abrió un nuevo camino: vender los textiles que su familia elaboraba en la comunidad.

Ese impulso dio origen a Ti Toro Miko, un proyecto cultural y comunitario cuyo nombre proviene de una canción tradicional de la Montaña. En tu’un savi, ti toro miko significa “el toro meco”.

Así, comenzó a visibilizarse la presencia de los guerrerenses en la Gran Manzana, especialmente durante la pandemia de Covid-19, cuando se conformó el Consejo de los Pueblos Originarios en la ciudad de Nueva York.

Con el tiempo, el proyecto creció. Hoy, Saúl cuenta con tres locales de florería y venta de artesanías en Williamsburg y Bushwick, además de varios puntos de venta en la calle. Da empleo a un equipo de ocho personas y mantiene un taller textil en su comunidad de origen, financiado en parte con los recursos que obtuvo tras una demanda derivada de su accidente.

Para él, el trabajo representa mucho más que una forma de subsistencia: es la vía para mantener vínculos comunitarios entre Guerrero y Nueva York.

Ese mismo trabajo lo mantiene expuesto, en riesgo: Saúl pasa gran parte del día en la calle, instalando y atendiendo puntos de venta. “La sensación ha sido de miedo, de incertidumbre”, dice.

Ha presenciado detenciones del ICE (Servicio de Control de Inmigración y Aduanas, en inglés) cerca de donde trabaja y relata cómo algunas personas se acercan a intimidarlo, alertándolo –a veces falsamente– de la presencia de agentes migratorios. “Escóndete porque te van a agarrar”, le dicen, entre burlas y amenazas veladas.

Para Saúl, estas actitudes reflejan un racismo que, asegura, se intensificó con el cambio de gobierno federal. “Salió mucho a brote el racismo que tal vez se mantenía guardado”, lamenta. Aunque Nueva York es considerada una ciudad santuario, insiste en que el miedo atraviesa la vida cotidiana de quienes, como él, dependen de la calle para sostener a sus familias.

Además del riesgo cotidiano que implica trabajar en la calle, Saúl Quizet enfrenta un proceso legal incierto. Tras el accidente que sufrió y un posterior asalto a mano armada, su caso fue atendido por las autoridades y derivó en un proceso judicial en el que fue reconocido como víctima de crimen. Gracias a ello, pudo iniciar el trámite de una visa U, un recurso legal para personas que han sufrido delitos graves y que colaboran con las autoridades para que los responsables sean procesados.

“Estoy en trámites de una visa U”, explica, pero –aclara– ese estatus no le garantiza permanecer en el país si llegara a ser arrestado.

Informar en tu’un savi, náhuatl, me’phaa…

El clima de hostilidad que percibe hoy en Nueva York, insiste Saúl, se intensificó tras el cambio en el gobierno federal, con la llegada –por segunda ocasión– de Donald Trump al poder. Relata casos cercanos que alimentan el miedo colectivo, como el de un integrante de su colectivo que, al salir de casa, presenció cómo agentes del ICE perseguían a otra persona y, por instinto, también salió corriendo. A eso se suman llamadas constantes de conocidos y familiares que reportan detenciones repentinas.

Ante ese panorama, Saúl y compañeros del colectivo de pueblos originarios al que pertenece decidieron organizarse. Una de las primeras acciones fue combatir la desinformación. “Las redes sociales a veces se inundan de falsa información”, explica.

Gracias al contacto que mantienen con el Consulado de México en Nueva York, lograron acceder a datos verificados sobre los operativos migratorios. En los momentos más álgidos, cuando circulaban versiones de redadas masivas, el propio cónsul les pidió ayudar a difundir en la comunidad lo que realmente estaba ocurriendo.

Esa información, explica Saúl, no sólo se comparte en español. Una estrategia clave ha sido traducir los mensajes a lenguas originarias como tu’un savi, náhuatl, me’phaa y otras que se hablan en comunidades indígenas de México, Guatemala y Ecuador.

“Preferimos dar los mensajes en nuestras lenguas originarias”, comenta, tanto para garantizar que la información sea comprendida como para evitar que el trabajo comunitario sea malinterpretado como una acción contra el gobierno.

Una iniciativa más del colectivo fue la organización de espacios de orientación legal. El 5 de diciembre pasado realizaron un taller informativo con un despacho de abogados especializados en migración, a quienes contactaron directamente. En ese encuentro, los abogados ofrecieron información clara sobre cómo actúa el ICE y qué derechos tienen las personas migrantes en caso de una detención. “Para que la gente esté preparada”, resume Saúl.

La organización también ocurre en lo cotidiano. Saúl cuenta que existen grupos de WhatsApp entre vecinos y miembros de la comunidad en Bushwick y otras zonas de Brooklyn, donde se comparten alertas y avisos sobre la presencia de agentes migratorios.

“Es común escuchar que en tal lugar agarraron a una persona, que en tal lugar detuvieron a otra”, dice. Aunque reconoce que al inicio el miedo paralizó a muchos, estas redes han permitido que la comunidad siga trabajando y apoyándose.

El impacto sicológico, sin embargo, ha sido profundo. Saúl relata que varias actividades culturales que su colectivo realizaba cada año en Nueva York tuvieron que ser canceladas. Durante cinco años, con apoyo de autoridades locales, lograron incluso cerrar Times Square para realizar eventos culturales. Este año, todo eso se suspendió. “Yo mismo me sentiría culpable si en una de esas actividades se diera una redada”, admite.

El temor es por quienes participan, pero también por las consecuencias emocionales que un operativo de ese tipo tendría para toda la comunidad de migrantes.

Trabajar para que el temor no paralice

Las historias de detenciones y deportaciones se acumulan. Saúl recuerda el caso de una mujer poblana que lo contactó tras la detención de su esposo. El hombre no tenía antecedentes criminales, pero había ganado una demanda laboral contra un expatrón. Según relata, esa persona aprovechó el contexto de las redadas para denunciarlo ante el ICE. Los agentes llegaron a su trabajo y se lo llevaron. “Ya no se pudo hacer nada, él ya está deportado”, lamenta.

Saúl también mantiene contacto con defensores de derechos humanos en Guerrero, como Fabiola Mancilla, integrante del Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan, con quien ha trabajado en procesos de repatriación y documentación.

A través de esos vínculos, ha sabido de casos de deportación de indígenas de la Montaña. Muchas de ellas no han tenido oportunidad de comprender los procesos legales, lo que ha acelerado sus expulsiones.

Aunque no ha conocido de primera mano a paisanos cercanos deportados recientemente, afirma que los casos existen y son numerosos, sobre todo en California, donde se concentra gran parte de la población guerrerense en Estados Unidos.

Pese a todo, Saúl afirma que la llegada del nuevo alcalde a Nueva York –Zohran Mamdani, un político de izquierda y primer musulmán que llega a ese cargo– generó un ligero cambio en el ánimo colectivo. Su elección trajo consigo una sensación de esperanza frente a las amenazas de aplicar en la ciudad políticas similares a las que imperan en otros lugares. De todas formas la incertidumbre persiste. “Me da miedo que de repente pase algo, que me soliciten mis documentos”, confiesa. El estrés ha sido tal que incluso ha comenzado a manifestarse en sueños.

Para Saúl, vivir en Nueva York hoy significa caminar entre el temor y la resistencia. Organizarse, informar y sostener la vida comunitaria se han convertido en formas de enfrentar un contexto que, asegura, ha dañado no sólo la estabilidad económica de las personas migrantes, sino también su salud emocional. Sin embargo, él insiste en que seguir trabajando juntos es la única manera de no dejarse inmovilizar por el miedo.

Guillermo Rivera