14 abril,2026 6:56 am

Un pequeño cuerpo celeste que pasa frente al sol

Federico Vite

 

The transit of Venus (Estados Unidos, Penguin Classics, 2021, 355 páginas), de Shirley Hazzard, se divide en cuatro partes: The old world, The contacts, The New world y The Culmination. Rompe la línea del tiempo gracias a que sigue, no encuentro otra manera de explicarlo, la vida de dos de los personajes principales, las hermanas Bell: Caroline y Grace. Sobre ellas reposa gran parte de la novela. Nacen en Australia y recorren Europa debido a diversos trabajos que van consiguiendo, pero sobre todo, hacen su vida a pesar de sentirse vulnerables, expuestas y abandonadas.

La estupenda narradora estadunidense Lauren Groff hace una referencia en el prólogo de este volumen que me gustaría comentar: “The transit of Venus, publicado por primera vez en 1980, está al mismo nivel que cualquiera de las novelas de Don DeLillo, o de Philip Roth. Es una obra maestra que no tiene la atención debida”. Yo no haría una competencia entre escritores, porque no entiendo la literatura como un deporte; no se trata de saber quién es mejor en esa carrera a campo traviesa. No. Creo en las comparaciones que sirven para entender mejor las virtudes de uno y otro libro; de uno y otro autor.

Encuentro en Hazzard una voluntad narrativa elegante, cuya prosa no es sencilla, sino que se permite retruécanos e hipérboles. Tiene una visión del mundo femenina y la virtud de esta novela radica en que la línea de tiempo no es lineal; es decir, se construye mediante escenas que marcan un antes y después de ciertos hechos torales; por ejemplo, trabajos estables y madurez emocional en las dos hermanas. En ese punto hay siempre un antes y un después, pero el orden no importa, sólo la organización emocional de esos hechos y me gustaría ponerlo a manera de pregunta, ¿cómo llegaron a la madurez Caro y Grace? Hazzard da una respuesta a cabalidad. Queda como certeza que en 1980 había una intención mayor por darle matices diversos y giros a la estructura de una novela; ahora ya ni los críticos literarios se preguntan por eso. ¿La prueba? Cheque las reseñas que se hacen sobre libros y verá que lo único valioso es el humor de los críticos.

Yendo a lo importante, tanto Caro como Grace, son huérfanas. Emigran a Inglaterra en los años 50 del siglo pasado. Ahí consiguen empleos más estables, logran un poco de paz interior y consiguen forjar la visión de un futuro cercano. Un astrónomo, Ted Tice, se enamora de Caroline y durante treinta años intenta que ella corresponda a esa emoción. Caro prefiere a un dramaturgo cínico y hasta cierto punto inmaduro: Paul Ivory. Se hacen la vida de cuadritos con mucha intensidad. En el otro extremo de la ciudad, Grace no lucha mucho por consumar una familia y se casa con un burócrata: Christian Thrale. “Era el atardecer de un martes, y Christian estaba de pie junto a la ventana de su oficina gubernamental observando el resplandor de una luz sedosa que se extendía con gran armonía sobre Londres: contemplaba bosques de hojas desplegadas, como manos abiertas, columnatas y pórticos blancos, y calles que brillaban como ríos. En el parque se distinguía una franja de césped, una gota de agua, las plantas en forma de campana con flores azules. La tarde tenía el sello de un éxito rotundo, magníficamente consumado tras muchos intentos fallidos. Christian disfrutaba no sólo el éxtasis controlable del atardecer, sino también de la novedad de su propio y profundo placer: simplemente había echado un vistazo, sin esperar nada más que el tiempo. Aunque el tráfico resonaba, la nemotécnica luz, como un recuerdo, tenía una cualidad de silencio; sin embargo, no parecía un simple acto de la naturaleza, pues uno apenas podría sentir que tal resplandor existiría sin una ciudad como esa que la contenía. Había una conexión humana en ella, como en algún momento trascendental de encuentro o despedida con el mundo”.

Lo que ocurre con Thrale es terrible, pero no por ello desveló la trama, puede intuir la sensibilidad de este tipo y la escena que sigue, pero la prosa marca el tono y el ritmo con el que Hazzard conduce esta historia. El interés de la autora es comunicar la terrible densidad de la orfandad y pesa, para el lector, como si presenciara una maldición.

Se narran treinta años y en esas tres décadas ocurren muchas cosas que no cambian mucho la tesitura gris del relato; así que Grace y Caro conocen más gente, más hombres, más amigos, más enemigos. En la narración hay estampas que me marcaron. Por ejemplo, el hecho de que Caro piense: “Hay sitios con montones de chicas que tienen la revista Vogue entre las manos y la novela The Gulag Archipelago en el bolso cerrado”. Eso describe la contrariedad de una generación que no sabía si hacer la ruptura de comportamiento o llevar el proceso de manera lenta y progresiva. Queda en mí también este otro dardo de sabiduría: “La literatura fue una buena sirviente, pero una mala maestra”.

Dicho de una manera más simple, lo que atiende el lector son escenas de cortejo, intimidad sexual, vida cotidiana, renuncias y despidos, paseos por Europa, asistencias al teatro, a lecturas de poesía. Grace y Caro leen mucho, piensan en la literatura, pero sobre todo intentan no recordar lo vivido en Australia. “Ella no quería ir a casa, eso era como si su humillación fuera revelada. Ella se encogió al pensar en su hogar, como si fuera un castigo extra”.

Hay un rasgo más que me gustaría destacar de esta novela, la constante militancia de hombres que aspiraban a ideales comunistas y de izquierda; pero se comportaban igual que los conservadores o, incluso, un poco peor. La crítica al macho, sea de izquierda o derecha, es contundente.

Muchas de las escenas entre Grace y Carol son el vehículo por el que la autora logra ingresar al pasado de los personajes, usa la prolepsis (la analepsis después) para mover de manera espacio temporal la trama y eso es algo que Hazzard logra con maestría. El otro factor es que la prosa tiene esa impronta de quien lee y escribe poesía. Pero lo que más me impactó fue que el corazón de la novela tiene un halo oscuro, cercano al sufrimiento que busca en todo momento la tranquilidad. Pienso en esta aseveración de Shirley: “Si la felicidad significa una forma de vigorosa paz en la mente, entonces yo espero –contra toda moralidad– que esto puede ser conferido a ti sin sufrimiento e incluso sin esfuerzo. (Esto podría ser el sentido en el que la perfección, en mi caso, está unida al pecado)”. Y lo pienso porque así atenaza la autora esta energía que fluye por las 355 páginas de The transit of Venus.

 

*La traducción de las líneas entre comillas es mía.

 

@FederìVite

@monsieur_vate