1 abril,2018 5:45 am

Viernes Santo en Acapulco; anhelos y disfrute condicionados por la crisis

Texto: Óscar Ricardo Muñoz Cano / Foto: Jesús Trigo
Título: Lo acaba de leer usted en el encabezado (sí, allá arriba).
Sinopsis: En viernes Santo en Acapulco un reportero realiza un tour nocturno para ver qué ofrece el puerto al turismo a esas horas, en especial al turismo propio de Semana Santa que viene por la playa y el sol pero luego, ¿se va a dormir y ya, no recorre las calles? y si lo hace ¿qué busca? ¿Tiene Acapulco qué ofrecer?, y ¿ofrece qué a qué tipo de turismo?
Personajes: Marco, un taxista diurno; Sebastian, el joven barman; Juan NN (no sabemos su nombre) otro taxista pero éste nocturno; una pareja de turistas de la Ciudad de México en un camión con aire acondicionado; una familia de 13 integrantes, y obvio, el reportero y el fotógrafo Jesús Trigo además de varios borrachos y borrachas, todos personajes incidentales y muchos, muchos turistas.
Argumento: Sábado 31 de abril, 10 de la mañana. El reportero se encuentra en un café frente a la Redacción (el Samborns Café, pues) redactando en su computadora la nota de la noche anterior. De lente oscuro, poco usual en él, short negro (nada usual) y una camiseta blanca roída que ni es su talla, teclea con fuerza sobre la máquina.
Antes de que sepamos por qué esta vestido así, un flasback (técnica narrativa que consiste en intercalar en el desarrollo lineal de la acción secuencias referidas a un tiempo pasado) nos remite al inicio de la noche anterior.
Así, ya instalado en Viernes Santo, el reportero a eso de las 10 y media de la noche termina una reunión y cena con sus amigos Poncho, Brenda, Genaro y América, con quienes conversa sobre diversos temas profundos (chisme cultural local, destrozo de personajes públicos y no tanto o la efectividad del Ardosons, un medicamento para la artrosis, etcétera).
Total, que a esas horas, los miles de turistas que llegaron desde un día o dos antes están haciendo lo propio en los cientos de puestos de tacos que inundan el puerto desde hace rato para satisfacer su fina demanda.
“¿Restoran? No qué, al Oxxo y con lo de cinco comemos 15”, le contesta una señora a su hijo y de paso a su tropa como de muchos mientras están sentados en la banqueta frente a una tienda de conveniencia comiendo sus tacos de canasta de 25 pesos la orden y que comparten dos por lo menos.
A eso de las 11 de la noche el reportero cruza por el Zócalo hacia el malecón para echar un primer vistazo y se encuentra con que mientras el Zócalo está lleno (la verdad, como cada fin de semana, nada en especial) en la cancha de la CROM hay un baile popular donde el cover apenas cuesta 50 pesos.
A pesar de ello, y si bien hay decenas de personas, quizás arriba de 100, la mayoría está sentada escuchando el ritmo tropical que emerge de las chillonas bocinas; “uy, nadie baila, qué aguados, a ver si regresamos al rato cuando ya estemos pedas”, se escucha a la entrada desde un grupo de cinco mujeres de diferentes edades con pinta de turistas (digo, por eso de los pareos blancos sobre trajes de baño fosforescentes).
Gente que va de aquí para allá curioseando por el andador, entre música de puestos de discos piratas y bandas de tambora ambulantes, sobre las líneas azules de una supuesta ciclovía y de la que se quejan hasta los borrachos; “esa pinturita no brilla, no me sirve ni de guía”, asegura un señor (presunto pescador) relajándose con su proletaria cerveza que suda y escurre de lo fría que está.
Y cuando a un lado el yate Acarey se prepara para zarpar lleno, un flashforward (otra técnica narrativa que ocurre cuando la secuencia de sucesos primaria en una historia es interrumpida por la interjección de una escena que representa un acontecimiento futuro. De nada).
Es nuevamente sábado por la mañana, antes de las 10, y mientras el reportero de lente oscuro, enfundado en short negro y camisa blanca roída, se encamina hacia el café, el taxista que lo lleva, Marco, asegura que el turismo que viene en estas fechas es malo, que incluso él ha dejado de trabajar por la Costera en Semana Santa.
“Se quejan de que les quieres cobrar 10 pesitos más la dejada pero no, quieren la mínima así, mojados, regando arena por todo el carro…”.
Y continúa: “ya mejor con eso muchas veces mejor completo el chivo vendiendo fierro o plástico por kilo”.
Volvemos a la noche anterior, y teniendo de fondo Killed by death de Motorhead (Killed by death, killed by death / Killed by death, come on! el drama cinematográfico, pues) hace su entrada el fotógrafo Jesús Trigo, a bordo de una Honda Shadow 600 negra y con el tanque lleno listo para la noche de un viernes apenas brioso.
El reportero poco acostumbrado a andar en esas bestias de metal hace una serie de muecas cuando aspira de golpe todos los olores que el puerto puede ofrecer en unos cuantos kilómetros y que van de la sal y la humedad del mar a los orines y la mierda tan característica de la zona del parque Papagayo y una vez que acaba la canción, ambos personajes llegan y se instalan en el bar Britannia para el primer check in de la noche.
Ahí es donde ya brincan las primeras suspicacias pues si bien a lo largo de la Costera, cerca del centro Costera 125, el tránsito de gente es elevado, muchos de los locales apostados a los lados están a medio llenar.
El turismo que hay es de súper mercados, de Oxxos, de MacDonalds, de Dóminos, acepta Sebastián, el joven barman, hecho que en otro flashback más adelante reforzará otro taxista, y el reportero aplica precisamente en ese momento uno para recordar que a principios de la semana en el Walmart de Diamante pasó casi una hora en cajas viendo cómo carros y carros atiborrados de pan bimbo, papas fritas, cajas de cerveza y bolsas de nugguets de pollo (en serio, no es jalada) que desfilaban y desfilaban y desfilaban.
“Vamos a la Condesa a ver qué hay”, dice Trigo y el reportero regresa de su recuerdo para andar hacia la clásica zona del puerto de la mano nuevamente de Killed by death acompañada de sendos bocinazos cada vez que algún cafre se atraviesa a la motocicleta (de hecho, en algún momento se les cruza un camión militar que se pasa el alto).
Para las 12 y media de la noche y cerca del Kassandra Beach House el tránsito es imposible; hasta tres filas de carros estacionados asfixian la avenida Costera sin el menor empacho y los caballos de las calandrias se pelean los pocos metros sobrantes con los caballos de fuerza de las motocicletas.
La Condesa nunca falla; desde Plaza Marbella hasta el Fiesta Americana miles de personas desfilan sobre la acera, la disfruta, hace suyos los espacios.
Si bien es difícil saber quién es turista o residente, el tono inconfundible de los chilangos los delata cuando preguntan por los precios en el concurrido (hasta la madre) Barba Roja.
“No hay cooover”, “cómo veees, weey”, “no nos va a alcanzaaar, weey”, “tú dices si mejor en alguna tienda compramos algooo”, “es que hay barra libreee”, “es que yo no bebooo”, son algunos extractos de las charlas que sostienen un grupo de 13 personas, siete mujeres y seis hombres, que componen una familia que está haciendo cola frente al bar tan solo para entrar.
Igual ocurre en el Mojito, la Langosta Feliz o el Baby Loster, donde a finales de enero una balacera dejó un muerto.
“Y qué habrá más allá de la Condesa para esta gente”, se pregunta el reportero en voz alta, mientras Trigo toma sus fotos para ilustrar el tour.
Ambos personajes nuevamente se suben a la Shadow y enfilan velozmente (en chinga, pues) hacia el otro extremo del puerto (ahora con el Ace of spades, también de Motorhead) hacia el McCarthy´s Iris Pub y dejando en el camino la que bien pudo ser la foto de la noche: un grupo de travestis en traje de baño cruzando la avenida Costera, sobre las rayas de cebra al puro estilo de The Beatles y su foto sobre la Abbed Road (chales, ni pedo: If you like to gamble, I tell you I’m your man / You win some, lose some, all the same to me).
Llegan, se estacionan frente al pub y con la pinta del Bueno, la mirada del Malo y la mueca del Feo (con todo y la musiquita original de Sergio Leone y Ennio Morricone de aquella spaghetti western de los 60) entran, se acomodan en la barra, piden dos oscuras y aun así se las cobran al doble de lo que valdrían en el Oxxo de enfrente ya desvalijado por… sí, los turistas de súper.
Al ritmo del grupo Bola de Nieve y su tributo a los Red Hot Chili Peppers sólo se observan puros conocidos y reconocidos, como gallinas de un mismo corral, disfrutando de una camaredería sonora y ascendente.
Luego, apenas unos 20 minutos después, una vuelta por la colonia Costa Azul, donde los bares están como siempre en noche de cheque fresco (de Godínez hasta la madre) y seguramente llenos de más y mejores historias que la que busca el reportero, mismo que hace ya una mueca de desagrado.
Seguramente, especula, lo mismo debe pasar allá arriba, en el olimpo de Las Brisas, sobre la Escénica, donde la alcurnia observa al puerto por encimita de los hombros.
A estas alturas, la canción que mejor acomoda el viaje es la de The game del mismo grupo pues con la esperanza de un mejor escenario ambos personajes van de regreso (en súper chinga) a la cancha de la CROM, donde el baile popular.
Es entonces la u1 y media de la mañana, la hora en que el reportero piensa que se va a encontrar hordas de turistas moviéndose y haciendo que el desparpajo sea incluso, motivo de orgullo; la hora, en donde con tanta chela las pancitas tiene cierto caché… (All about control, and if you can take it / All about your debt, and if you can pay it… ¡Chiro Liro!)
Pero, (porque debe haber uno, pues qué chingao) la desolación campea la zona y aunque la música suena y suena, hay menos gente que al principio y del mismo modo, menos parejas bailando.
Flashback: el reportero toma un taxi para ir a su reunión cena con sus amigos y en el trascurso del viaje, Juan NN le confiesa que ha visto menos gente que otros años y que ésta apenas y gasta, “no traen lana, la economía, pues y sí hay gente pero pues porque aún hay lana de la quincena”.
No obstante cambia el discurso y argumenta, es la violencia la que hace que no vengan; “ya ve usted lo de Santa Cruz, dos muertitos, uno de bala y el otro del susto, vaya usted a saber el enredo allá arriba para que lo reciban”.
A este flashback se le une otro, incluso anterior al anterior (al del párrafo de arriba, pues): en un camión con aire acondicionado se sube una pareja de turistas que escurriendo agua y arena se acomodan junto al reportero y al ver su pinta, piensan que son iguales pero una vez Alvarado el punto la conversación sólo va a dos partes: muchos como ellos vienen apenas con lo justo para el hotel y el pasaje del camión, que recién subió estos días, “para tumbarnos en la arena todo el día y después irnos al hotel y tirarnos a la alberca toda la noche, ver los clavadistas, Caleta y ya”.
El otro aspecto sí, la violencia: “¿Oiga, y cómo está esto? ¿Qué me recomienda?”
Es entonces cuando el reportero ya de regreso de este recuerdo, se da cuenta que no hay nada más que hacer, que se quedó sólo y desarmado en contra de la llegada del sol.
Y aunque él y Trigo van de regreso al Britannia, derrotados, (hasta sin música, carajo, apenas el ¡brrrum, brrrum, brrrum! y en medio de una nube de humo) aplicamos ahora un flashforward (sí, el que va para adelante) y vamos a donde al principio, a donde el reportero en el café, con la computadora con los lentes oscuros, el short negro y la playera blanca roída.
“El fracaso se espera y en cierta forma se desea, pues elimina la angustia de esperanzarse en algo que a fin de cuentas no es posible y permite el alarde compensatorio del linchamiento”, frase de Villoro (¡saluditos, Juan!) que el reportero escribe antes de “Fin”, pedir su cuenta y levantarse de la mesa (y sí, terminar con una frase mucho que ver con su texto porque sino no sería una crónica B, ¿verdad?… Ah y con su rolita respectiva de Motorhead: Brotherhood of man que dice más o menos así:  Murder is become the law; you cannot make a stand / Chaos rules the world, now mortal, brotherhood of man… ¡Chingón!).
NOTA: Por si preguntan en este momento por aquel asunto de los lentes oscuros, el short negro y la playera blanca roída que trae el reportero al día siguiente de su encomienda, nada que ver. No tiene que ver con la historia, pero no se molesten, piensen en que así las autoridades nos enganchan ofreciendo seguridad o ciclovías para seguirles el juego por un rato y hasta aplaudirles.
(En la imagen: Turistas en un bar de la zona de la Condesa en el puerto de Acapulco. Foto: Jesús Trigo)