15 noviembre,2025 6:10 am

¿Y ese animal cuál es?, ¿cómo camina?

Alan Valdez

Helados

El heladero toca muy despacio una de las campanas y luego seca su sudor con un trapo rojo. Una mujer se acerca a mirar por entre los agujeros de la malla de la escuela. El heladero después de secarse acomoda el trapo rojo sobre el tubo de su carrito de helados y suena, con un poco menos de duda, una de las campanillas.

El guardia revisa su reloj, para después quedarse en la misma postura que ha tenido desde hace 20 minutos. Otra mujer se para al lado de la madre que ya husmeaba por entre la malla y comienzan a platicar de la calor.

Suenan algunas voces de niños, pero nadie sale por la puerta. El heladero ya sin timidez toca la campana de su carrito, se seca el sudor y pone el trapo rojo en el tubo mientras una señora se baja de un vehículo que ha prendido sus luces intermitentes.

El guardia entra por la puerta de metal que es del mismo color que las paredes de la escuela. Sale con un portapapeles y comienza a revisar las hojas a la vez que sostiene un marcatextos con los dientes. Llega otro auto, el heladero repite su rutina. Del vehículo desciende un padre con un niño en brazos. El padre se va a parar bajo la sombra del único árbol que hay en la calle. Mira cómo el guardia que sigue mordiendo el marcatextos, pasa las hojas y cuando ha decidido acercarse a él, el heladero suena con mucha más fuerza las campanas de su carrito. Ha llegado otro carro, de él se bajan ahora tres señoras. Las tres levantan la mano y le agradecen a su comadre por el raite. La comadre se estaciona delante de los otros dos carros que habían llegado antes y enciende las luces de precaución.

Llegan unos adolescentes vestidos con zapatos negros y un pantalón de mil rayas, sin embargo, sus playeras son de equipos de futbol. El heladero suena su carrito, seca su frente y persigue con mucha atención cómo los adolescentes juntan monedas en la palma del muchacho más robusto.

Llega un cuarto auto y después un quinto y también otras cuatro personas. El heladero ha decidido explorar sus dotes de percusionista, y suena las campanillas con ritmo. Sin embargo, no acaba la primera pista cuando llega a la entrada principal de la escuela un grupo de señoras en ropa deportiva, hablando en voz alta. En una de las camisetas que porta una de esas mujeres se puede leer la frase Club de Zumba Parque El Alamito.

Un grupo de perros olfatea a los adolescentes que siguen contando monedas. Se ponen a jugar con uno de los animales mientras pelotean el balón. El heladero suena más la campanilla, pero se ofusca su canción por el claxon de un automóvil que le empieza a gritar cosas a los adolescentes que están jugando en medio de la calle. El auto termina su regaño, y se estaciona en triple fila más adelante. Del auto bajan tres personas más.

Se logran escuchar algunas voces de niños que vienen desde el patio principal de la institución, sin embargo, sus voces desaparecen pronto ante el alboroto del tumulto de padres de familia amontonados en la acera del lugar.

Llega otro auto y comienza a pitar con esmero hasta que se rinde y decide estacionarse en cuarta fila. Los autos que llegan después ya ni pitan, solo se estacionan sin cuestionar el embotellamiento. Ya no hay ninguna sombra, la escuela está completamente rodeada, el heladero no deja de sonar la campanilla.

Las voces de los padres de familia comienzan a sonar cada vez más fuerte, al unísono, pero entre ese barullo de moscas alborotadas se logra escuchar una frase: quítenle la pinche tablita al guardia y que nos diga a qué hora salen los niños. El heladero ya no suena las campanillas, las golpea con una piedra. Sí, quítenle la tablita. El heladero se talla el trapo rojo y no deja de mirar a los adolescentes que pelotean cargando en los puños una buena cantidad de monedas. Sí, quién puso a cargo a ese cabrón inútil. Los perros se comienzan a pelear. El heladero ahora usa las dos manos y dos piedras para no solo sonar las campanas sino también el aluminio del carrito. El murmullo de los padres de familia crece animado por un contingente de albañiles que justo ha salido de la obra de al lado a su descanso. Los trabajadores, algunos con playeras al hombro se suman a las consignas de la protesta: guardia incompetente, le mientes a la gente. Guardia mentiroso, ¿dónde están nuestros mocosos?

En la calle ya no cabe un padre de familia más. El heladero está tan hecho bola junto a los cuerpos de otras personas que apenas puede mover una de sus manos para secarse la frente. Una nube tapa por unos minutos la cuadra. El heladero mira hacia arriba aprovechando la pausa de la nube. Pasa un pájaro. Todo se queda callado, hasta que la nube se retira y también se retira el portapapeles del guardia volando.

A lo lejos, casi como si llegara el cuchicheo de un chisme muy bajito, alguien repite por última vez las consignas contra el guardia. Después ya no se oye nada.

Alguien estornuda. Alguien tose. A alguien más le empieza a sonar el celular y alguien en el público lo shhhhshea para que lo apague.

El heladero está listo. Como puede alza su palma hasta la manija de su carrito de helados, siente el relieve de una de las campanillas, prepara el manoteo. Está listo, de tan concentrado que está, hasta puede escuchar cómo las monedas en el bolsillo del hombre de al lado se mueven. Prepara la muñeca. Nunca había estado más listo. El aire entre su mano y la campana es nada.

Son las 2 en punto de la tarde, aquí en la Escuela Primaria Héroes de la Patria.

La alarma

Es el último viernes del Festival de la Ciudad. Regino y su novia han decidido ir a la función final, después de alargar durante un buen rato la discusión entre pasar primero por la fiesta de un amigo o ir al show. Terminan viendo que las dos opciones caben en la noche si llegan ligeramente tarde a la función. Cuando llegan al teatro, gracias a que han bebido un poco, su entrada es estridente, generando un coro nada amable de shhhhs de parte de un público que mira casi sin parpadear a los dos participantes sentados en una silla, aparentemente dormidos. El presentador, al escuchar el tumulto de shhhh de parte del público, rápido desde su micrófono controla la situación: no se preocupen, si no digo las palabras correctas, estos, mis amigos, ni enterados de que tenemos nueva visita aquí en el teatro.

Al terminar la frase, una de las luces acompaña a Regino y a su novia como si fueran protagonistas de la noche por toda la hilera D hasta que encuentran sus asientos 7 y 8.

El presentador no da indicaciones para que retiren la luz de la pareja. Bueno, y ya que están aquí mis amigos. ¿Cómo se llaman? Un hombre salido desde la hilera de atrás como si fuera un pequeño animalito que estuvo escondido toda la tarde en esos sillones, aparece con un micrófono y lo acerca a María. Yo me llamo Mari y él es mi novio, Regino. Y venimos tarde porque andábamos en una fiesta. En serio, dice el presentador, bueno y qué tal estuvo la fiesta Regi, te puedo llamar Regi, ¿no?

No pues muy buena pero no nos queríamos perder el Show del hombre invisible, pero tal vez al salir de aquí nos vayamos para la fiesta de nuevo.

Y cómo sabes que vas a irte del teatro, responde el presentador casi con malicia.

Pues cómo que cómo. Pues así como llegué.

Todos se ríen.

Mari le dice en voz muy bajita pero burlona a Regino, ay gordo ya te metiste en problemas.

El presentador da órdenes con su mano de que apaguen las luces. Y lanza una pregunta directa al público. Qué dice mi gente, dónde caben dos pues caben tres. Nos traemos al Regi al escenario.

Ándale gordito ya te hablan.

Que se suba, que se suba, que se suba clama el público.

Ay amor, pero ando bien mareado.

En el escenario se acomoda una tercera silla. Regino pide disculpas mientras sale de la hilera D y es guiado al escenario por otro hombre que aparece de entre las cortinas que adornan la pared, como si su ropa y él mismo estuvieran hechos de la misma tela.

El presentador pide silencio a todo el teatro.

Saca una patita de conejo de su saco y le habla a Regino. Cómo se ve que bebió mi hermano. Pero bueno, acá estamos para divertirnos, ¿no es así?, le pregunta al público, y el público responde con un largo sí.

Regino, mi querido Regi, sabe usted por qué le dicen al hombre invisible, invisible.

El presentador no deja de mover la patita y Regino la sigue.

Sabe usted mi Regi, por qué al hombre invisible, le dicen el hombre invisible.

Regi empieza a moverse a causa de un hipo repentino.

Y por tercera vez el presentador le insiste Regino con la misma pregunta. Sabe Regino por qué al hombre invisible le dicen el hombre invisible.

El hipo de Regino desaparece. Lentamente se va recostando con todo el peso hacia la espalda de la silla. Cuando queda por completo recargado, el público respira de asombro y Mari grita: bueno, pero me va a usted a regresar a mi gordito completo, ¿verdad? La sala ríe, pero pronto el presentador pide silencio.

La sala ya no ríe. El presentador se acerca a la mujer que está sentada en medio. Le pregunta: ¿sabe usted por qué al hombre invisible también le dicen la gallina? Y la señora se levanta de la silla y comienza a aletear por todo el escenario. Después se acerca al anciano de la izquierda. ¿Sabe usted por qué al hombre invisible también le dicen el bebé? Y el señor empieza a llorar y hacer pucheros como recién nacido. El público aplaude, chifla y ríe ante el espectáculo de los dos adultos jugueteando sobre la tarima. Por último, se acerca a Regi. Sabes, mi Regi, por qué al hombre invisible también le llaman Regino?

El público entre que ríe y entre que se siente timado. Mientras el bebé y la gallina continúan sus acrobacias sobre el suelo, Regino se queda sentado mirando su celular sin hacerle mucho caso a sus dos nuevos colegas.

El presentador vuelve a sacar la patita de conejo de su saco. La única luz del escenario lo ilumina. Se acerca a la gallina y la señora regresa a su asiento. Se acerca al bebé y el señor, después de tomar su bastón, también regresa a su lugar.

Cuando es el turno de Regino, la alarma de incendios comienza a sonar. Las luces del teatro se encienden y el presentador en un tono de voz ya nada histriónico pronuncia un enorme POR FAVOR, CON CALMA, SEÑORAS Y SEÑORES, CON CALMA SALGAN DEL RECINTO.

Afuera del lugar, Mari y Regino escuchan cómo un hombre con un megáfono le dice a la gente que todo está en orden, que solo fue una falsa alarma pero que si gustan habrá una función de compensación mañana sábado sin costo.

Regino y Mari piden un taxi. Mientras esperan, Mari le pregunta si quiere regresar a la fiesta o devolverse a casa.

Vuelven a discutir.

Mari se cepilla los dientes y voltea a ver a Regino de reojo en el espejo: oye gordo, pausa de la pelea. ¿Y qué onda o qué, te sientes raro? Regi escupe el enjuague bucal, le enseña los dientes a Mari y saca una pata de conejo de la bolsa de su pijama.

Oye Mari, ¿y tú sabes por qué al hombre invisible, lo llaman invisible?