
COSAS QUE LA GENTE OLVIDA
Alan Valdez
I
En un momento de la biografía de Magallanes escrita por Stefan Zweig, los barcos llevan semanas navegando hacia el sur, con la desesperación de encontrar la hendidura en la tierra que confirme que el mundo, de verdad, se puede rodear.
Entonces, una noche, ven fuego.
Al principio creen que es una tomadura de pelo provocada por el cansancio, una más de otros cientos de ilusiones provocadas por demasiado sol que se repite vacío sobre el azul del mar.
Pero no.
Fogatas en la orilla.
Fuego en la costa negra.
Los hombres miran con sospecha desde la cubierta. Es de noche. La costa no es una línea, sino una masa oscura pero quebrada por los brillos.
Se mantienen firmes, apostados a babor y estribor. La costa no muestra sombras en movimiento. Sin embargo, las piedras que rodean los fuegos se alargan en sombras como señores altos y opacos.
La quietud enemiga resulta antinatural. Uno de los marineros rompe formación y lanza un grito hacia la costa. Es una llamada seca. Nadie responde. Otro levanta el brazo. Luego dos más. No hay réplica. Los hombres siguen vigilando los brillos con orejas y ojos, hasta que la oscuridad de un peñasco los borra por completo.
En los días que siguen, alguno lo menciona otra vez.
¿Quién las encendió para nosotros?
¿Ellos habrán llegado aquí primero?
¿Eran direcciones? ¿Eran advertencias?
Y si hablaron, ¿qué fue lo que no escuchamos?
Habían salido de España con cinco naves, ahora quedaban tres. La Santiago se había perdido en la costa patagónica durante una misión de reconocimiento. La San Antonio, la más grande, había desertado semanas antes, regresando sola a Europa. Durante el invierno en Puerto San Julián, un motín casi destruyó la expedición: Magallanes mandó a ejecutar a uno de los capitanes y dejó a otro abandonado en tierra.
Hubo muertos por escorbuto y frío.
Otros se rindieron antes de saber adónde iban.
De los más de doscientos sesenta que partieron, quedaban unos ciento ochenta y contando.
Antonio de Pigafetta, un noble italiano que viajaba como cronista de la expedición, registra el nombre: Tierra del Fuego.
Después de eso, el pasaje se vuelve más difícil. El mar se angosta, se parte en canales, se multiplica en sus desvíos. El estrecho les toma casi un mes. Unos días navegan entre montañas negras, maltratados por los vientos. Luego, hay días en los que no avanzan porque ningún viento va hacia ningún lado.
El 28 de noviembre de 1520, después de trece meses de viaje, los tres barcos alcanzan mar abierto. El océano que se abre frente a ellos está parejo. La sensación de horizontalidad después de amplias tormentas los hace dudar de nuevo del presagio. Una extensión inmóvil, como si el mundo, por fin, hubiera dejado de oponerse.
Magallanes, anonadado ante tanta indiferencia del océano hacia sus barcos, le acaba llamando Mar Pacífico.
Magallanes no completa la vuelta. Muere meses después, en Filipinas, en la isla de Mactán. Desembarca con unos pocos hombres para intervenir en un conflicto local. Lo mata una lanza donde no lo cubría el metal de su armadura. No en una tormenta, ni en un naufragio, sino en una orilla, bajo el sol azul y vacío, a la mitad de un mapa insatisfecho.
El mando queda en manos de Juan Sebastián Elcano, marino sin mito, sin idea. No conduce una hazaña: regresa. Llega a España con una sola nave, dieciocho hombres y una ruta cerrada.
II
El Hotel Elcano fue construido en los años cincuenta, frente a la playa Icacos, cuando Acapulco empezaba a convertirse en un destino internacional.
Desde el Hotel Elcano hasta la casa de mis padres hay 3 kilómetros de distancia.
Para llegar a su casa hay que atravesar toda la colonia Costa Azul. Ahí, las calles llevaban nombres de conquistadores, exploradores y cronistas: Cristóbal Colón, Hernán Cortés, Sebastián Vizcaíno, Bernal Díaz del Castillo. Pero también estaban el Capitán James Cook, el Almirante Peary, Fernando de Magallanes. No importaba de qué imperio venían: todos habían cruzado el mar.
En el imperio donde crecí, los protagonismos históricos que dan nombre a sus pasajes y tránsitos responden a preocupaciones menos marinas, pero decididamente sí más terrestres. La colonia Hermenegildo Galeana fue formada a mediados del siglo pasado, cuando muchas familias empezaron a ocupar los terrenos altos que aún no tenían trazos oficiales. Primero llegaron por su cuenta, con permisos provisionales, después con actas comunitarias, después, sin nada.
Las calles suben o bajan en zigzag, sin banquetas, con nombres de luchadores agraristas y figuras de la Revolución: Rubén Jaramillo, Ricardo Flores Magón, Emiliano Zapata.
Si uno anda caminando de buen ánimo es media horita de bajada, todavía sin la mera resolana, pues. Pero de regreso, después de la chamba o de jugar futbol ahí merito en la playa, pues ahí que sí se siente como una hora entera. Pero pues ya tú vele midiendo.
Eso sí, esa pinche subida cómo pesa.
III
Esa pinche subida. En mi casa todos hemos padecido esa pendiente. Caídas, bajar a oscuras, subir con la despensa también a oscuras, bajar la basura, cargar un electrodoméstico, sentir vergüenza al traer visita, envejecer, la entrega de la correspondencia, comprar una mesa, comprar una cama, comprar una maldita enciclopedia a pagos. Pero eso sí, nunca hemos dejado de presumir –casi como consuelo, casi como orgullo– que allá arriba la vista es increíble. Y es que sí lo es.
Siempre que regresábamos de la playa del Cici con mi abuela y con nuestra prima Isidra, mis hermanos y yo jugábamos con ellas a adivinar dónde estaba nuestra casa. Desde lejos, entre ese cuerpo de focos que no buscaban formar ningún orden, tratábamos de encontrar el del jardín de doña Piedad, el que mi abuela dejaba prendido, colgado de un cable rojo y largo que subía por una de las ramas más fuertes del amate.
Su vena nueva no era solo la marca del vigor de un árbol que creció y aguantó los cambios de la noche a la mañana en nuestra colonia. Otros árboles habían sido talados. Casas de palma y cartón convertidas en casas de obra negra. Pero nuestro amate seguía ahí, con un foco colgando para alumbrar la llegada de mi madre y de mi padre, de mi abuela y de mi prima, cada noche, después de volver con una bolsa de pan para compartir con quienes aún estuvieran despiertos.
IV
La Victoria entra en el puerto de Sanlúcar de Barrameda, al sur de Castilla. Es 6 de septiembre de 1522. Llevaban tres años de navegación. Salieron más de doscientos sesenta. Regresaron dieciocho.
El barco con el anuncio de ninguna trompeta. Lo ven primero los descargadores del muelle, luego los escribanos. El casco suena hueco. El aire huele a cuerda mojada.
A bordo viene Juan Sebastián Elcano, un marino sin rango cuando partió, nombrado capitán solo cuando ya no quedaba nadie más.
Carlos I los recibe en Valladolid meses más tarde. Allí les concede un escudo. En él, escrito en latín, una frase: Primus circumdedisti me.
V
Nunca me he sentido completamente seguro de haber divisado mi casa desde lejos. Creo que las veces en que he estado más cerca he reconocido su tinaco, o el tinaco del vecino, pero en realidad no sé si haya podido alcanzar a ver la casa desde la Costera.
VI
Crecí viendo el mar.
Pienso hoy –en el instante saltarín, vago, incluso, en que lo escribo– que siempre viví con el deseo del mar. No porque no estuviera. Estaba. Ahí, enfrente, diario, como una puerta abierta que nadie usaba y que nadie, sobre todo, podía cerrar.
Lo miraba desde el lavadero de la azotea mientras enjuagaba una cubeta con trastes o mientras barría la mierda de los perros que cuidaban la casa. El océano ahí, azul, cada día, mostrando una cara llena de nubes muy distintas entre sí.
Desde mis primeros años, cuando mi madre me arreglaba el pelo, o me ponía el uniforme o yo me aprendía las capitales de mi país y su distrito federal, yo miraba también el mar.
VII
La luz se acaba de ir. Mi abuela me manda a buscar las velas en el cajón. Isidra abraza a mis hermanos y los ayuda a salirse al patio para que no vayan a caerse bajando las escaleras.
Al bajar uno de mis hermanos le dice al otro: Oye, Carlos, me estás pisando con tu garra. Yo no encuentro las velas, pero me empiezo a reír de ellos dos. Carlos tiene 7 y Yohel 6. Mi abuela al final las acaba encontrando adentro de la máquina de coser. Nos reímos en la oscuridad de la sala de su casa. Me dice: Primero prende, mijo, las veladoras grandes. Las que están cerca de la mesa.
El encendedor se ahoga. Ya voy abue, ahí voy. Solo inflama una chispa rápida. Afuera, mis hermanos arrastran una vara en la oscuridad. El sonido de la vara de nanche coincide con mi intento de prender la flama del encendedor. Lo consigo. Prendo todas las velas que mi abuela me ha indicado, separándolas unas de otras.
En el patio mis hermanos se abrazan de Isidra, yo abrazo a mi abuela.
Rato más tarde alguien viene por la vereda. Oímos la arena pisada por las patas del perro, y ya luego el crujir bien de la gravilla con las sandalias de una vecina de allá más arriba, a la que mi abuela saluda y a la que solo le dice: Comadre, ¿no quiere una vela para la subida?
La señora acaba yéndose con un pan, unos limones que mi abuela cortó de su árbol en la mañana y una vela encendida que va trazando su círculo al mismo tiempo que la vecina avanza con su mandado.
El apagón esta vez ha llegado hasta la zona de Las Brisas. Solo algunos edificios y hoteles en la parte de Caleta están con luz. Mi abuela dice que el calor hace que la luz se vaya. Isidra, mis hermanos y yo le creemos a mi abuela. Y es verdad, hace mucho calor y seguimos comiendo los nanches que nos acaba de pasar.
En todos los cerros se ven fogatas. Mi abuela e Isidra prenden una fogata. Yohel y Carlos juegan con sus manos y hacen sonidos de aviones cayendo. Mi abuela nos empieza a contar una historia. La historia tenía que ver con por qué el armadillo sabe a tres carnes distintas cuando lo cocinas.
Porque Dios lo hizo de tres animalitos distintos: pollo, cerdo y res. Mijo, muy fácil, namás que vaya al mercado te enseño uno, para que le veas la pancita de tres colores como la tiene. Escuchamos la historia, pero luego, de la nada, en medio de un aire o una brasa, la luz llega y el mar de noche, y el cerro, las pocas luciérnagas que medio se habían asomado.
Unos vecinos gritan y aplauden, y todas las fogatas desaparecen. Le echamos tierra y un poco del atole de un vaso a la lumbre que habíamos hecho.
Mi abuela nos manda a dormir.
Nos dormimos con el ventilador en el 3 y un raidolito morado encendido.
En la cama, sin cobija y jugando con la cera de una de las velas del buró, mis hermanos y yo nos repartimos un distinto animal de la fábula del armadillo.
Bromeamos muchas veces con el pollo.
Bromeamos muchas veces con la res.
Nunca bromeamos con el cerdo.


