
En México persiste la falta de verdad y justicia, denuncia el activista social y defensor de derechos humanos Catarino Hernández del Campo, hijo mayor de Aurora de la Paz y Carmelo Cortés Castro. La última vez que su madre fue vista, fue bajo custodia del Estado mexicano, como lo menciona el informe policiaco del 3 de febrero de 1976 emitido por el entonces titular de la Dirección Federal de Seguridad, Guillermo Lira Murrieta
Linayme Paulette Reyes Ávila *
Acapulco, Guerrero, 4 de febrero de 2026. En los registros del Archivo General de la Nación, hemerotecas y documentos oficiales como el informe policiaco del 3 de febrero de 1976, aparece el nombre de Aurora de la Paz. Nacida el 30 de enero de 1954 en la Ciudad de México, Aurora –también conocida como Nené o Lilia– creció influenciada por una familia con ideas de izquierda: su abuela había sido militante del Partido Comunista en Estados Unidos y su madre, Mercedes del Campo Clifton, intentó mantenerla alejada de los riesgos políticos que implicaba la sola palabra “comunismo” durante la guerra fría, –precisamente su vocación pacifista la había llevado a bautizar a su hija como Aurora de la Paz, comenta durante la entrevista Catarino Hernández. Sin embargo, la joven desarrolló un temprano interés por la política que la llevó a participar, apenas con 15 años, en el Comité de Lucha de la Escuela Nacional Preparatoria 4 de la UNAM.
Aurora se vinculó con militantes de la Liga Comunista 23 de Septiembre, y posteriormente, con el Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR-23). Su compromiso la condujo a renunciar a sus estudios universitarios y a integrarse plenamente a la lucha clandestina, en un momento en el que México vivía una intensa represión hacia los movimientos de izquierda.
Durante los primeros meses de 1973, Lilia llegó a la Sierra de Guerrero para colaborar con la Brigada Campesina de Ajusticiamiento (BCA), estrechando lazos con líderes del Partido de los Pobres (Pdlp), encabezado por Lucio Cabañas Barrientos, y relacionándose con figuras destacadas del movimiento insurgente del país. Una serie de tensiones internas –incluidas disputas políticas dentro de la guerrilla– derivaron en la expulsión temporal tanto de Aurora como de su compañero Carmelo Cortés Castro. Ambos se establecieron en Acapulco, donde fundaron el grupo urbano Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) el 8 de diciembre de 1973.
Las FAR llevaron a cabo expropiaciones bancarias y secuestros para sostener financieramente su causa revolucionaria. El más sonado de ellos fue el de Margarita Saad, el 30 de agosto de 1974, que culminó en la muerte de la secuestrada tras un operativo policial que desató una intensa persecución hacia los militantes. La respuesta del Estado fue “brutal”: detenciones, torturas y desapariciones se convirtieron en la regla para quienes militaban en organizaciones como las FAR.
Catarino o Visarión, como quería Carmelo que se llamara su hijo, recuerda con dolor cómo su padre fue localizado y detenido por fuerzas de seguridad, que de acuerdo con el portal de la organización de derechos humanos I(dh)eas, que llevó el caso de Carmelo Cortés, sucedió el 30 de agosto de 1975 en la colonia Irrigación de la Ciudad de México. Herido y capturado, fue trasladado al Campo Militar No. 1 y presentado ante la prensa como fallecido tras un enfrentamiento, aunque su familia jamás recibió su cuerpo. Testiga de los hechos, Aurora tomó entonces el liderazgo de las FAR y reorganizó al grupo en condiciones extremas de persecución.
La presión del cerco policiaco se intensificó. Una noche de otoño de 1975, Aurora dejó a sus propios hijos, Catarino y Juan, en una caja con ropa y una nota dirigida a su abuela, para garantizar su supervivencia ante la amenaza inminente. Poco después, agentes de la entonces Dirección Federal de Seguridad (DFS) irrumpieron en su domicilio en el Estado de México y detuvieron a Aurora junto con un familiar.
Desde el 3 de febrero de 1976, Aurora de la Paz está desaparecida. Fue vista por última vez en manos del Estado. Nunca más se supo de su paradero. Documentos oficiales señalan que la Dirección Federal de Seguridad elaboró una declaración de Aurora hasta 1985, dejando abiertas preguntas sobre su destino final. Su desaparición forzada se convirtió con el paso de los años en un reclamo persistente para su familia, sobre todo sus hijos Catarino y Juan, que nunca han dejado de añorar su regreso. A medio siglo de su desaparición forzada, “estamos cansados, que en México persista la falta de verdad y justicia”, denuncia su hijo Catarino.
Tras casi cuatro décadas de ausencia, gracias a publicaciones periodísticas y al contacto de familiares, Catarino fue localizado y pudo reunirse con su familia en 2010, cerrando en parte un ciclo de dolor, aunque sin recuperar del todo lo que el Estado les arrebató.
Para él, la historia de su madre es parte de una memoria dolorosa compartida por cientos de mexicanos, una realidad que, dice, “parece sacada de una película de terror, pero que no conviene al Estado reconocer plenamente”.
Catarino Hernández del Campo dice que la historia de su madre no es un caso aislado. “Lo que ocurrió en la guerra sucia se repite hoy con casos como el de los 43”, afirma. La impunidad del pasado –advierte– sigue viva en el presente.
Además, recuerda que en 2019 la Comisión Nacional de Derechos Humanos emitió la Recomendación 30VG/2019, que incluye una disculpa pública pendiente de cumplimiento, fundamental para la restitución de la memoria de Aurora de la Paz.
“Mi madre estuvo dispuesta a sacrificarlo todo por un pueblo que necesitaba cambios urgentes”, concluye Catarino, cuya lucha por verdad y justicia continúa, no sólo para su familia, sino también como parte de un legado histórico que debe ser reconocido públicamente.
Aurora de la Paz fue la única mujer en dirigir una organización político-militar en México durante la etapa más álgida de persecución política. Su historia, durante décadas silenciada, forma parte de una memoria incómoda para el Estado, pero indispensable para entender las heridas abiertas de la violencia institucional en el país.
* Investigadora del IIEPA-IMA de la UAG


