
Gaspard Estrada
Desde el fracaso de la disolución del Parlamento a mediados de junio del año pasado, el presidente francés, Emmanuel Macron, se encuentra en una situación de gran fragilidad política.
Tras la censura del gobierno del ex primer ministro Michel Barnier, todas las atenciones mediáticas y políticas estaban puestas sobre el nuevo primer ministro, François Bayrou. Y, para sorpresa de un buen número de analistas, este último parece haber logrado mantener a flote a su incipiente gobierno al menos unos meses más, al conceder a todas las partes un tiempo para negociar el aumento de la edad de jubilación de 62 a 64 años para la mayoría de los trabajadores. Este plan, que Bayrou presentó el martes pasado en su primer gran discurso político frente a la Cámara de Diputados, prevé que los sindicatos y los empresarios dispongan de tres meses para debatir los controvertidos cambios, en lo que Bayrou denominó un “cónclave”, dentro de unas estrictas directrices financieras.
El aumento de la edad de jubilación es desde hace tiempo uno de los temas más polémicos de la política francesa. El país disfruta de un generoso Estado del bienestar, pero a medida que se acumula la deuda pública, los responsables políticos están cada vez más desesperados por ahorrar. El reto para Bayrou es sortear la profunda fractura parlamentaria surgida tras las elecciones anticipadas del verano pasado y evitar el destino de su predecesor, cuyo gobierno no duró ni 100 días. Bayrou es aliado del presidente Emmanuel Macron y ya se enfrenta a una serie de mociones de censura.
Bayrou dijo que si las conversaciones sobre el tema de la jubilación se rompen, la edad de jubilación no cambiaría, dejando a un futuro gobierno el reto de enfrentar reformas económicas potencialmente urgentes. En caso de éxito, los cambios se incluirían en el próximo proyecto de presupuesto de la seguridad social o, si fuera necesario, en una nueva legislación. El objetivo de esta táctica inicial era conseguir que los socialistas se abstuvieran de derribar al gobierno en una serie de próximas mociones de censura. Hasta ahora, parece que ha funcionado.
A regañadientes, los líderes del Partido Socialista dijeron que darían una oportunidad a las conversaciones. El ex presidente francés, François Hollande, fue uno de los principales operadores políticos de esta aproximación, que permitió finalmente que la gran mayoría del grupo parlamentario socialista votará en contra de la moción de censura. Sin embargo, el presidente del PS, Olivier Faure, dijo que sus legisladores aún podrían votar para censurar a Bayrou si no se les dan garantías rápidas de que la ley de pensiones de 2023 será desechada incluso si fracasan las negociaciones. Por su lado, el partido de izquierda radical, Francia Insumisa, presentó una moción de censura contra Bayrou, que terminó siendo rechazada al no tener el respaldo de la extrema derecha ni del PS.
Para François Bayrou (y para Emmanuel Macron), la verdadera prueba de fuego se llevará a cabo más adelante, cuando el proyecto de presupuesto para 2025 vuelva al Parlamento, lo que podría desembocar en otra moción de censura a finales de febrero. Es probable que entonces la extrema derecha vote en contra del Gobierno, por lo que Bayrou tiene que conseguir suficientes diputados de izquierdas para sobrevivir sin alienar a los conservadores y a las tropas de Macron que apoyan la reforma de las pensiones. Por el momento, tanto el centro izquierda como los conservadores parecen apaciguados.
Pero del mismo modo que Barnier fue finalmente destituido tras intentar tender puentes con la extrema derecha, dejando a Francia sin un presupuesto para 2025, Bayrou también podría ser destituido si los ánimos cambian entre la izquierda moderada mientras intenta reducir el déficit presupuestario. Si eso sucede, su gobierno sería el cuarto que cae en Francia en el último año, lo que podría tener consecuencias catastróficas para las finanzas francesas y la estabilidad de la eurozona.
* Miembro de la Unidad del Sur Global de la London School of Economics (LSE).
X: @Gaspard_Estrada


