
Esthela Damián Peralta
Simone de Beauvoir escribió que “no se nace mujer: se llega a serlo”. Una frase que nos recuerda que muchas de las condiciones que durante generaciones han determinado la vida de las mujeres no son naturales ni inevitables, sino que son resultado de estructuras sociales que pueden y deben transformarse.
De eso hablamos esta semana en Guerreras del Futuro, un espacio que reunió a académicas, mujeres de la política, mujeres indígenas, deportistas, artesanas, activistas y especialistas de distintas áreas. Mujeres diversas, provenientes de realidades distintas, que pusieron sobre la mesa sus experiencias, sus conocimientos y, sobre todo, sus propuestas para construir un Guerrero más igualitario.
Tengo la certeza de que una parte fundamental del liderazgo de Guerrero está en sus mujeres. Cuando hablamos del Guerrero del futuro, la igualdad entre mujeres y hombres no puede ser un tema secundario ni un capítulo aislado dentro de una agenda más amplia. Tiene que ser una condición transversal de cualquier proyecto de desarrollo que aspire verdaderamente a transformar nuestro estado, porque durante generaciones hemos sostenido nuestras familias, comunidades y territorios, muchas veces en condiciones profundamente desiguales y realizando trabajos que históricamente han sido invisibilizados.
México vive hoy un momento histórico en ese sentido. Por primera vez una mujer ocupa la Presidencia de la República, Claudia Sheinbaum Pardo, igual que la primera gobernadora, Evelyn Salgado Pineda. Para quienes durante muchos años hemos trabajado por ampliar los espacios de participación de las mujeres, ver a la doctora Claudia Sheinbaum Pardo como Presidenta tiene un significado muy profundo en los techos de cristal que se rompen. Desde muy joven soñé con ver a una mujer encabezando nuestro país y tuve el privilegio de trabajar durante muchos años a su lado y acompañarla aportando mi granito de arena en el proyecto que finalmente hizo posible ese momento.
Pero la importancia de tener a la primera mujer Presidenta no se agota en la representación, se necesita que también se modifiquen nuestros referentes colectivos. La representación importa, pero debe ir acompañada de cambios que lleguen a la vida cotidiana de todas las mujeres, ese es también el reto que tenemos en Guerrero.
En nuestro estado hemos avanzado en la construcción de una realidad distinta para las mujeres, pero todavía existen brechas que debemos cerrar y para hacerlo necesitamos partir de una premisa básica de cualquier política con perspectiva de género: las mujeres no somos un grupo homogéneo y las desigualdades tampoco se experimentan de la misma manera.
Hablar de la interseccionalidad como el lente que nos permita construir políticas públicas es reconocer que el género se cruza con otras condiciones que pueden profundizar las desigualdades. No enfrenta los mismos obstáculos una mujer indígena de la Montaña que una joven de Acapulco, una mujer con autonomía económica que otra que depende completamente de los ingresos de su pareja, una adolescente que puede permanecer en la escuela que aquella que debe abandonarla para cuidar a otras personas o como consecuencia de un embarazo temprano.
Una adolescente que abandona la escuela tendrá menos posibilidades de acceder a un empleo bien remunerado. Una mujer sin autonomía económica puede encontrar mayores dificultades para salir de un entorno de violencia. Una madre sobre quien recae exclusivamente el trabajo de cuidados tendrá menos tiempo y posibilidades para estudiar, trabajar o participar en la vida pública. Muchas veces estas circunstancias se empalman entre sí y terminan construyendo barreras que acompañan a una mujer durante buena parte de su vida. Por eso las respuestas también tienen que ser integrales.
Necesitamos políticas que transformen aquello que no siempre aparece escrito en una ley o en un programa de gobierno, me refiero a los estereotipos y las expectativas que durante generaciones han delimitado qué podemos hacer y que no. La igualdad no consiste solamente en abrir espacios que antes estaban cerrados, sino en construir las condiciones materiales para que las mujeres puedan ocuparlos en libertad.
Esa tarea no corresponde exclusivamente a las mujeres ni descansa únicamente en las instituciones. Construir igualdad es una responsabilidad compartida que involucra a los gobiernos, las familias, las escuelas, las comunidades, la sociedad civil y, necesariamente, también a los hombres, para transformar las relaciones cotidianas que reproducen desigualdades.
Eso fue también lo valioso de Guerreras del Futuro, escuchar voces distintas y entender que no existe una sola experiencia de ser mujer en Guerrero. Creo profundamente en la capacidad de las mujeres guerrerenses. En nuestras artesanas, campesinas, maestras, estudiantes, deportistas, profesionistas, empresarias, servidoras públicas y activistas. Pero también en millones de mujeres cuyo trabajo ocurre todos los días lejos de los reflectores y que sostienen hogares y comunidades enteras.
Lo hacemos por nosotras, pero también por nuestras hijas y nuestras nietas. Para que tengan más oportunidades, más autonomía y más libertad para decidir quiénes quieren ser. El Guerrero del futuro solamente será posible si construimos un estado en el que ser mujer nunca vuelva a significar partir con desventaja.
Tengo la certeza de que podemos hacerlo. Porque si algo demostraron las voces que se encontraron esta semana, es que las mujeres de Guerrero no estamos esperando a que alguien construya ese futuro por nosotras, lo estamos haciendo.
Nos leemos el siguiente martes.
@EsthelaDamian


