11 agosto,2026 5:49 am

Las ausencias y la guerra contra la humanidad

TrynoMaldonado

DE NORTE A SUR

Tryno Maldonado

 

El zapatismo lleva más de 30 años advirtiendo que la guerra no terminó. Cambiaron sus formas, sus administradores sexenales y hasta el lenguaje con que el poder aprendió a disimularla. Pero siguió avanzando sobre los territorios mediante el despojo, los megaproyectos, la militarización, el paramilitarismo y la imbricación cada vez más indistinguible entre instituciones, empresas legales, fuerzas armadas y corporaciones criminales.

Por eso, tal vez el dato importante de estas semanas no es que una delegación del EZLN viajará en diciembre a Ciudad de México, ni que en ella participen el subcomandante insurgente Moisés y el capitán insurgente Marcos. Mucho menos el cándido interés mediático por anunciar la “reaparición” del zapatismo, como si los pueblos zapatistas hubieran pasado 30 años esperando una cámara. Lo importante es hacia dónde han decidido mirar esta vez.

Del 20 al 24 de julio pasado, en el Cideci-Unitierra de San Cristóbal de Las Casas, la Comisión Sexta del EZLN realizó el semillero Guerra contra la Humanidad. Las poblaciones y la naturaleza bajo asedio. Durante cinco días se discutieron terrorismo de Estado, militarización, desapariciones, migración, racismo, despojo territorial, extractivismo, Palestina y las nuevas formas de guerra contra la naturaleza. El hilo común fue explícito: no son catástrofes aisladas sino expresiones de un mismo sistema de administración de la muerte.

Moisés lo dijo sin eufemismos: el capitalismo es “inhumano, cruel y criminal” y no puede humanizarse. Y añadió algo todavía más incómodo para la izquierda institucional: lo que puede unir a quienes resisten no será una teoría común sino las prácticas concretas de lucha. “Lo que no sobra es la práctica”. Una afirmación pertinente después de años en que buena parte de la izquierda mexicana decidió que transformar el país equivalía a conquistar el aparato estatal, administrar megaproyectos, reforzar a las fuerzas armadas y confiar la emancipación a un gobierno.

No es una discusión nueva. Quienes acompañamos el recorrido del Concejo Indígena de Gobierno y de Marichuy pudimos verla materializarse hace casi una década. El objetivo jamás fue ganar una elección presidencial, sino aprovechar la maquinaria electoral para recorrer los territorios, enlazar dolores y resistencias y hacer visibles conflictos que la política profesional sólo registra cuando se convierten en votos. Después vinieron la Travesía por la Vida, la reorganización de las autonomías y, más recientemente, la formulación del “común”: tierra sin propiedad particular, estructuras de gobierno que pierden centralidad y comunidades ensayando formas radicalmente distintas de las del Estado.

Nada de eso cabe con facilidad en el caduco paradigma izquierda-derecha ni en el más estrecho que divide hoy al país entre quienes defienden la Cuarta Transformación y quienes desean sustituirla.

Hace ocho años escribí en este espacio acerca de una historia contada por el entonces subcomandante Galeano en el festival CompArte. En una partida del juego del gato, la niña Defensa Zapatista y el Gato-Perro ganaban extendiendo el tablero y colocando su última cruz fuera de los límites. Si las reglas del juego garantizan de antemano que pierdas, quizás el problema no sea encontrar una jugada más inteligente dentro del tablero. Quizá sea necesario construir otro. Eso sigue haciendo hoy el zapatismo.

Desde el 1 de agosto, cientos de personas participan en el Caracol de Morelia en los Encuentros de Artes y de Resistencias y Rebeldías. Y mientras eso ocurre, la guerra sigue alrededor. El 7 de agosto fueron arbitrariamente privados de la libertad José Alfredo Jiménez Pérez y Eusebio López Guzmán, de Las Abejas de Acteal, cuando intentaban reconectar el servicio eléctrico a un compañero enfermo en Chenalhó. El Frayba denunció la omisión de las autoridades, previamente advertidas. Pocos días antes las redes zapatistas denunciaban la persecución contra Jesús Plácido Galindo, integrante del CIPOG-EZ en Guerrero. El territorio desde el cual los zapatistas hablan de “guerra contra la humanidad” no es una metáfora académica. En ese contexto debe leerse el viaje de diciembre.

Durante el semillero, las familias de personas desaparecidas ocuparon un lugar central. Andrea Horcasitas habló de la búsqueda y de “la promesa del reencuentro”. Fue entonces cuando Moisés anunció que una delegación zapatista viajaría a Ciudad de México para escuchar a madres y padres que buscan. No dirigirlos. No incorporarlos a una estructura. Escucharlos. Para los zapatistas, dijo, son un ejemplo.

El comunicado del 9 de agosto fue más lejos. El EZLN calificó a las buscadoras y buscadores como el movimiento más grande en dignidad y consecuencia de México y Centroamérica. Propuso encontrarse con cuantos colectivos sea posible sin importar adscripciones religiosas, políticas o ideológicas, y una movilización bajo la demanda común “verdad y justicia para las ausencias”.

Quizá nadie revele hoy con mayor claridad el funcionamiento real del país que las familias buscadoras. Por eso el reconocimiento zapatista resulta más interesante que cualquier intento de absorberlas dentro de la oposición al gobierno. No son la nueva base social de nadie. Sus desaparecidos provienen de territorios, clases, religiones e historias políticas distintas. Las enlaza una verdad material imposible de borrar mediante propaganda. Ese hueco desbarata el relato triunfalista de cualquier gobierno.

Durante años, el progresismo latinoamericano sostuvo que era posible administrar un “capitalismo con rostro humano”: distribuir algo más de riqueza sin alterar la maquinaria extractiva, militarizar por razones nobles, construir megaproyectos por el bien de los pobres, concentrar poder para poder transformar. México llevó esa fantasía especialmente lejos. Mientras desde Palacio Nacional se decretaba una transformación histórica, en buena parte del territorio las comunidades siguieron viviendo asediadas entre el Ejército, la Guardia Nacional, las fiscalías, los cacicazgos y las corporaciones criminales. De ahí que la pregunta zapatista vuelva a resultar incómoda. No quién gobierna. Quién manda. No qué partido administra el Estado, sino qué relaciones materiales organizan la vida y la muerte. Y, sobre todo, cómo nos organizamos abajo para que la vida deje de depender de quienes producen la catástrofe.