EL-SUR

Sábado 01 de Octubre de 2022

Guerrero, México

Opinión

HABLEMOS DE LIBROS

200 años con Baudelaire, el fundador de la literatura moderna

Julio Moguel

Abril 10, 2021

 

Primera parte

I

Charles Baudelaire nació el 9 de abril de 1821, hace justo 200 años. ¿Es importante leer a este escritor a quien se le ha querido encajonar en el molde de “los poetas malditos”? (error garrafal, que se repite sin misericordia de generación en generación). Diríamos que no sólo es importante, sino indispensable para cualquiera que pretenda adentrarse en los secretos o en las claves fundacionales de la literatura moderna.
Porque Charles Baudelaire es prácticamente el primer arquitecto de esa literatura, en una línea de escritura que tuvo entre una de sus mejores influencias la pluma de Edgar Poe –escritor que fue traducido por Baudelaire al francés en muy temprana hora–, y que fue maestro de quienes lograron forjar lo que se llegó a denominar como la “poesía pura”, con los aportes que siguieron por parte de Stéphane Mallarmé y de Paul Valéry.
Digámoslo de otra forma: Baudelaire es sin duda uno de los “indispensables modernos”, y no es posible hacerlo a un lado en nuestras lecturas fundamentales, de igual manera que no es posible –aunque su ubicación en la literatura universal sea “otra”– dejar de leer El Quijote.

II

Si quisiéramos decirlo de una manera resumida, ¿cómo podríamos señalar al lector la particular forma de escritura de Baudelaire que le dan la gracia de ser el gran constructor de la literatura moderna? Su poética (sea poética en verso, o poética en prosa) se construye, en el decir de un crítico literario de la época, con “frases cargadas de fluidos eléctricos”. Correspondiendo con ello, en cuanto a la forma, a la fidelidad –y originalidad– que él le ofrece a “lo moderno”: para decirlo en términos mismos del poeta cuando define la idea de modernidad: a “lo transitorio, lo fugaz, lo contingente”, que es “la mitad del arte”, pues “la otra mitad es lo eterno e inmutable”.
Y nadie como él –mucho más allá de Théophile Gautier, por ejemplo– para romper con el naturalismo romántico y forjar con ello las claves de la ya mencionada literatura moderna, capaz de “hacer arte” o de captar o construir lo bello o la belleza en o desde “un rincón cualquiera”. Logrando captar justo, por ejemplo, desde esa perspectiva, la belleza o lo artístico representado, dentro de un cuadro urbano, de “los ojos de los pobres”, de “una mujer que pasa” o de “los buenos perros” (títulos de poemas en prosa de Baudelaire).

III

Pero podríamos agregar algo más. La larga marcha de Baudelaire dirigida al encuentro de un camino propio en la escritura literaria ha sido tema de multiplicados esfuerzos de biógrafos y críticos, en un campo de interés que aún ahora mueve a debate y a fértiles y variadas reflexiones. Pero hay uno en particular que conviene destacar. Justo el que señala Roberto Calasso en La Folie Baudelaire:
“Cuando Baudelaire entró en el paisaje de la poesía francesa los puntos cardinales se llamaban Hugo, Lamartine, Musset, Vigny. Toda posición podía ser definida en relación con ellos. Adondequiera que se mirase el espacio ya estaba ocupado, observó Sainte-Beuve. Pero sólo en horizontal. Baudelaire eligió la verticalidad. Hacía falta introducir en la lengua una gota de metafísica, que hasta entonces faltaba. Baudelaire la poseía en sí mismo […] Baudelaire tenía algo de lo que estaban desprovistos sus contemporáneos, y que le faltaba incluso a Chateaubriand: el anatema metafísico […] Preliminar a todo pensamiento, la pura aprehensión del instante, la congénita inclinación a sorprenderse en ciertas ocasiones en que la vida, como desenrollando una gran alfombra, revelaba la profundidad definitiva de sus planos”.
“La pura aprensión del instante”, “la congénita inclinación a sorprenderse…” La curiosidad y capacidad para descubrir una verdad iluminadora “en un rincón cualquiera”. Y con ello, su propia obsesión por revisar una y mil veces cada una de sus líneas, usando dinamita, cuando ello era necesario, para rearmar sus escritos literarios desde esa mirada deconstructiva que lo convirtió, después de su muerte, en una verdadera “explosión” cuyas ondas expansivas cubrieron todo el planeta y todos los tiempos.

Segunda parte

I

Un grave problema que existe en “la lectura de Baudelaire” es considerar que su obra se reduce prácticamente a Las flores del mal. Error tremendo, pues él consideraba, por ejemplo, que Pequeños poemas en prosa era de “igual” o de “mayor” calidad que la de Las flores…
Pero da la casualidad de que, por razones diversas –incomprensibles para mí–, y en contra de la propia opinión de Baudelaire –revelada en una carta–, con respecto a los referidos Pequeños poemas en prosa (o también conocidos como El Spleen de París, título infortunado para mi gusto), impera en los “medios literarios” la opinión de que los Pequeños poemas en prosa son prescindibles en una “buena” lectura de la obra del escritor francés.
Pero también se subestiman textos extraordinarios como El pintor de la vida moderna, la serie Salones, Mon cœur mis à nu, Los paraísos artificiales, El vino y el hachís, o su juvenil y única novela, La Fanfarlo, por no hablar más que de algunas joyas de su vasta literatura.

II

Otro problema no menor que encontramos los que hablamos el castellano es que las traducciones al español que predominan en el escenario “librero” no son, en lo general, buenas transferencias del francés. Pero los traductores, en lo fundamental, no tienen la culpa: los grandes monopolios editoriales piden cantidad y tienen prisas imbatibles, y pagan poco a quienes tienen que enfrentarse a la tremenda o titánica tarea de traducir a Baudelaire.
Pero se da un caso diverso de “malas” traducciones de Baudelaire: el de quienes, siendo ellos mismos poetas, construyen de y desde el escritor francés sus “propios poemas”. Y no falta en el medio quien se dé el lujo de querer darle una “pequeña ayudadita” al escritor francés, modificando fórmulas y sentidos en un poema u otro.
No se trata aquí de hacer leña de árboles a los que no vale la pena o no conviene cercenar, sino de dar cuenta en alguna medida de lo que constituye en nuestro medio un serio y muy frecuente problema: las traducciones en serie y a destajo realizadas por grandes y potentes editoriales no siempre comulgan con la razón artística o con la verdad. Más aún si el traductor y su familia tienen que comer, duplicando o triplicando sus esfuerzos productivos en número de hojas traducidas para lograr la mínima compensación remunerativa.
Por último, y no problema menor, es el hecho de que la mayor parte de las traducciones de Baudelaire están hechas bajo la impronta del español ibérico. Castellano que, cualquiera puede constatar, es significativamente distinto al “mexicano” en muchos giros idiomáticos, humores, tonos, cadencias. América Latina habla y escribe en general en un español distinto al que nos heredaron los europeos. Conviene, en consecuencia, hacer un esfuerzo particular para hacer una transferencia más apegada a “la hibridez” de nuestra lengua, más rica en mi opinión en muchos sentidos que la que se lee o escucha en España.
No creemos abusar de la confianza del lector para dar un ejemplo con respecto a este serio problema de las traducciones al español de Baudelaire. En el siguiente artículo mostraremos cómo uno de los mejores poemas de Las flores del mal, “El albatros”, aparece con serias deficiencias en una de las ediciones de mayor circulación en el mercado editorial. Para mostrar a la vez cómo es que, desde nuestra propia perspectiva, dicho poema debería traducirse.
Agrego la traducción del “Epílogo” de los Pequeños poemas en prosa, pieza poco conocida o subestimada en el círculo de lectores que se ha acercado a su obra.

 

Los grandes “pecados” de M. Baudelaire:
el juicio contra Las flores del mal

Julio Moguel

I

Baudelaire, sabemos, casi siempre fue a contracorriente. “Castigada” la monumental arquitectura poética de Las flores del mal, con su primera edición de 1857, fue obligado judicialmente no sólo a pagar una multa de 300 francos, sino también a eliminar de ésta, su primera “gran obra”, seis de sus piezas que el Tribunal que lo condenó consideró “inadecuadas para el bien de moral”, o simplemente “obscenas”. Leamos el veredicto judicial aparecido en La Gazzette des Tribunaux el 21 de agosto de 1857:
“Teniendo en cuenta el error del poeta, en el objetivo que quería alcanzar y en el camino que siguió, cualquiera que fuera el esfuerzo de estilo que pudiera haber hecho, cualquiera que fuera la censura que precediera o que siguiera a sus descripciones, no puede destruir el funesto efecto de los cuadros que presenta al lector, y el que las piezas incriminadas conducen necesariamente a la excitación de los sentidos mediante un realismo grosero y ofensivo para el pudor. Teniendo en cuenta que Baudelaire, Poulet-Malassis y De Proise cometieron delitos de ultraje a la moral pública y a las buenas costumbres, a saber: Baudelaire, por publicar; Poulet-Malassis y De Broise, por publicar, vender y poner a la venta, en París y en Alençon, la obra titulada: Las flores del mal, la cual contiene pasajes o expresiones obscenas e inmorales, se condena a Baudelaire a 300 francos de multa, a Poulet-Malassis y a De Broise a 100 francos de multa cada uno [y] se ordena la supresión de las piezas que llevan los números 20, 30, 39, 80, 81 y 87 de la recopilación”.
Baudelaire debió haberse carcajeado de esta dictaminación y de este castigo, pues la acción “de la justicia” no hizo más que potenciar en una gran medida la popularidad con la que ya contaba el escritor “grosero y ofensivo”.

II

Pero la “impertinencia” moral de Baudelaire iba mucho más lejos que la que pudo imaginarse el Tribunal. Y aquí referimos a un dato poco conocido que hoy por hoy se vuelve una revelación extraordinaria, que permite conocer mejor al escritor.
Antes de decidir el título definitivo de Las flores del mal, el autor consideró otros dos, uno de ellos seguramente inaceptable en aquél entonces para cualquier editorial convencional. Nos relata Enrique López Castallón que la primera fórmula planteada por Baudelaire era:
Las lesbianas –para resaltar la singularidad del amor lésbico como arquetipo de la voluptuosidad gratuita e improductiva, del deleite erótico infecundo– y Los limbos –para describir los estados de inocencia en los que se realiza el mal o el castigo sin culpa ni libertad–, por ser el limbo el lugar al que eran enviados los niños si bautizare pero estigmatizados por el pecado original, antes que Benedicto XVI negara infaliblemente su existencia […] Jugando con el título de un antiguo manualito de retórica, “Las flores del bien decir”, un amigo sugirió al poeta que llamara a su poemario Las flores del mal. El título hizo fortuna, pues recoge en su concisión la ambigüedad que impregna toda la obra. Como las flores son hermosas pueden simbolizar las dos tesis principales que están implícitas en el libro, esto es, la de que el bien no ostenta el monopolio de la belleza, y la de que el mal es moralmente condenable, pero puede ser plasmado estéticamente en nombre de un raro gusto artístico, que se situaría más allá del bien y del mal morales.
La conclusión de López Castallón, para mi gusto, se queda en una salomónica consideración. Porque no resulta claro en definitiva si Baudelaire consideraba “al mal” como “moralmente condenable”, y, menos aún, si el autor de los Pequeños poemas en prosa realmente pretendía con sus poemas reflejar o proyectar “la belleza”. Pero hagamos a un lado este “debate” para quedarnos con lo esencial: Las lesbianas o Los limbos eran flechas bien calibradas para enfrentar de lleno el espíritu imperante –en su época, o en la nuestra– de la “doble moral” propia del capitalismo patriarcal.
Mas Baudelaire se tuvo que enfrentar a éste y a otros multiplicados “problemas” en su reto de “exponerse” y editar. Solía, por ejemplo, engañar a los editores de periódicos y “folletines” para hacerles pasar el trance difícil relativo la lógica, estructura y contenidos de sus textos, pues la mirada de la “crítica-crítica” siempre estaba dispuesta a obstruir o, en su caso –como sucedió con el inefable Sainte-Beuve–, a “tirar a matar”.

III

Uno de los poemas que fueron calificados como “inmorales” por el Tribunal fue “Leteo”. Veamos en qué se basada dicha “inmoralidad”.

Leteo

Ven a mi corazón, alma sorda y cruel,

tigre adorado, monstruo vestido de indolencias;

quiero sumergir por largo rato mis dedos temblorosos

en el denso espesor de tu cabello;

En tus enaguas llenas de tu aroma
sepultar mi cabeza dolorida

y respirar, como una flor marchita,

el dulce olor de mi cariño muerto.

¡Quiero dormir, dormir más que vivir!

en un suelo, como la muerte, dulce,

y sembrar mis besos sin pesar ni culpa
sobre el cobre pulido de tu cuerpo.
[…]

Libaré, para olvidar rencores,

la cicuta y el magnífico nepente

de los dulces pezones de esos pechos

que jamás un corazón ha cobijado.

La reacción de Baudelaire frente a este dictamen judicial fue publicar, en una revista conocida, el 20 de mayo de 1859, “La Chevelure”, verso que se incluyó en la segunda edición de Las Flores del mal, en 1861, poema más matizado en sus vuelos sensuales, pero no menos elocuente y provocativo en sus capacidades de imantación erótica.

 

Traducir “El albatros”, de Las flores del mal, y el “Epílogo”
de los Pequeños poemas en prosa

Julio Moguel

 

Primera parte

I

Conviene, para aquellos que hablan o tienen nociones de francés, empezar por colocar el poema en su versión original.

L’Albatros

Souvent, pour s’amuser, les hommes d’équipage
Prennent des albatros, vastes oiseaux des mers,
Qui suivent, indolents compagnons de voyage,
Le navire glissant sur les gouffres amers.

A peine les ont-ils déposés sur les planches,
Que ces rois de l’azur, maladroits et honteux,
Laissent piteusement leurs grandes ailes blanches
Comme del avirons traîner à côté d’eux.

Ce voyageur ailé, comme il est gauche et veule !
Lui, naguère si beau, qu’il est comique et laid !
L’un agace son bec avec un brûle-gueule,
L’autre mime, en boitant, l’infirme qui volait !

Le Poète est semblable au prince des nuées
Qui hante la tempête et se rit de l’archer ;
Exilé sur le sol au milieu des huées,
Ses ailes de géant l’empêchent de marcher.

II

Transcribo ahora una de las traducciones que, como señalábamos en el artículo inaugural de estas planas, se presenta en una de las ediciones “más populares” de Las flores del mal.

El albatros

A menudo, por divertirse, los hombres de la tripulación
cogen albatros, grandes pájaros de los mares,
que siguen, como indolentes compañeros de viaje,
al navío que se desliza por los abismos amargos.

Apenas les han colocado en las planchas de cubierta,
estos reyes del cielo torpes y vergonzosos,
dejan lastimosamente sus grandes alas blancas
colgando como remos en sus costados.

¡Qué torpe y débil es este alado viajero!
Hace poco tan bello, ¡qué cómico y qué feo!
Uno lo provoca dándole con una pipa en el pico,
Otro imita, cojeando, al abatido que volaba.

El poeta es semejante al príncipe de las nubes
que frecuenta la tempestad y se ríe del arquero;
desterrado en el suelo en medio de los abucheos,
sus alas de gigante le impiden caminar.

III

Veamos ahora cómo es que, en mi opinión, conviene trasferir al español este poema magnífico de nuestro poeta eterno.

El albatros

A menudo el marinero se divierte
atrapando un albatros:
Gran ave de mar que sigue,
indolente compañera de viaje,
el barco que cruza los abismos amargos.

Tan pronto lo han puesto en cubierta
ese rey de los cielos, torpe y avergonzado,
deja caer penosamente a sus lados,
como si fueran remos,
sus grandes alas blancas.

¡Qué torpe y débil es ese alado viajero!
¡Hasta hace poco tan bello se vuelve cómico y feo!
Uno le quema el pico con su pipa encendida,
¡Otro imita cojeando al inválido que antes volaba!

El Poeta se parece al príncipe de las nubes,
amigo de tormentas que se ríe del arquero:
extranjero en el suelo a la mitad de las burlas,
sus alas de gigante le impiden andar.

Segunda parte

I

Paso ahora, sin establecer un esquema comparativo de transferencia, a presentar mi traducción de “Epílogo” de Pequeños poemas en prosa:

Épilogue

Le cœur content, je suis monté sur la montagne
D’où l’on peut contempler la ville en son ampleur,
Hôpital, lupanars, purgatoire, enfer, bagne,

Où toute énormité fleurit comme un fleur.
Tu sais bien, ô Satan, patrón de ma détresse,
Que je n’allais pas là pour répandre un vain pleur ;

Mais comme un vieux paillard d’une vieille maîtresse,
Je voulais m’enivrer de l’énorme catin
Dont le charme infernal ma rajeunit sans cesse.

Que tu dormes encor dans les draps du matin,
Lourde, obscure, enrhumée, ou que tu te pavanes
Dans les voiles du soir passementés d’or fin,

Je t’aime, ô capitale infâme ! Courtisanes
Et bandits, tels souvent vous offrez des plaisirs
Que ne comprennent pas les vulgaires profanes.

II

Epílogo

Con el corazón contento subí a la montaña
desde donde se puede contemplar la gran ciudad,
hospital, prostíbulo, presidio, infierno, purgatorio,

donde toda enormidad florece como flor.
Tú bien sabes, ¡Oh Satán!, patrón de todas mis angustias
que no subí a la cima para dejar caer mis lágrimas en vano;

pero como un viejo lascivo con una vieja amante,
deseaba embriagarme de esa enorme ramera
que me vuelve a la vida con su encanto infernal.

No importa que duermas aún en los mantos del alba,
pesada, obscura, enferma, o que te pasees
con los velos nocturnos bordados de oro fino,

¡Te quiero, oh ciudad infame! Cortesanas
y bandidos regularmente te ofrecen los placeres
que no llegan a entender los vulgares profanos.

Tercera parte
I

¿Qué sentido puede tener en Baudelaire esta manera de acercarse a las realidades urbanas de la modernidad? Tratemos de dar una pista: consistiría en ubicar la realidad del individuo que, en medio de las multitudes, vive sin embargo una “extrema” soledad. Y es esa condición del individuo desgarrado de las realidades modernas de su tiempo la que encuentra “socialmente establecido” en el espacio urbano de París. Con la huella definida en esa dualidad o desgarramiento que tiene expresiones o manifestaciones fluctuantes y “movibles” en la voluptuosidad, el hastío, o en la melancolía (para sólo pensar ahora en tres de sus principales ejes constructivos). Dicho por el mismo Baudelaire: La “necesidad de simbolizar en el corazón de París la íntima alianza de la miseria y el esplendor que caracteriza a la reina de las capitales”.
París es entonces el –su– laboratorio o su medio de incubación. Allí se da anuda esa terrible realidad de los tiempos que emergen: el matrimonio entre “lo pobre” y “lo rico” o, si se prefiere, entre lo “más pobre” y “lo más rico”. En medio de ello: la publicidad y la pantomima; la farsa y la ostentación; los valores sobrepuestos.
Se trata del París que se transforma desde el pulso firme de Haussmann, quien, como Prefecto del Departamento del Sena, moderniza la urbe a grandes trancos para crear un nuevo modelo de ciudad que logre, entre otras cosas, demoler los barrios parisinos en los que se incubaba y florecía el germen de “la Revolución”.

II

Considerado algo más que l’enfant terrible de la literatura francesa, Sainte-Beuve –el gran “dictaminador” de lo que era bueno o malo en dicha literatura– lanzó un flamígero escrito público contra él para evitar que el autor de los Pequeños poemas en prosa ingresara a La Academia Francesa.
Las letras que publicó Sainte-Beuve en contra del poeta son una verdadera joya para quien quiera adentrarse en la historia de la infamia dentro del mundo literario de todas las épocas. Conviene citar una de sus partes:
“En definitiva, M. Baudelaire ha encontrado la manera de construirse, en el extremo de una lengua considerada inhabitable y más allá de los confines del romanticismo conocido, un quiosco raro, muy decorado, muy atormentado, pero coqueto y misterioso, donde se lee a Edgar Poe, donde se recitan sonetos exquisitos, donde nos embriagamos con hachís para después reflexionar sobre ello, donde se toma opio y mil drogas abominables en tazas de porcelana muy fina. Este quiosco peculiar, hecho de marquetería, de una originalidad ajustada y compleja, que desde hace un tiempo atrae las miradas hacia la punta extrema de Kamchatka romántica, yo lo denomino la Folie Baudelaire”.

El señalamiento crítico de Sainte-Beuve contra Baudelaire pudiera considerarse como una pieza invaluable para el análisis clínico. Porque no se da cuenta, el gran comendador, que en sus burdas palabras se cuela un cierto “elogio a una locura” que Sainte-Beuve sencillamente no era capaz de descifrar.
¿La “Kamchatka romántica”? Para Sainte-Beuve eso significaba justo “el más allá” de lo que era válido y convencional en la literatura francesa. ¿Narcisismo?, ¿Xenofobia?
¿Y a qué viene aquí la consideración crítica sobre “el uso de las drogas” por parte de Baudelaire en la valoración de sus obras? Resulta obvio en este punto que Sainte-Beuve no conocía o no entendía en definitiva la obra de “M. Baudelaire”.