Alan Valdez
Julio 26, 2025
COSAS QUE LA GENTE OLVIDA
I
El ganso tiene los ojos comidos por moscas. Su cuerpo podrido bajo el sol aún mantiene los colores habituales de un animal vivo. Unos cuervos, no muy lejos, indagan un pedazo de pan. Se espantan cuando paso y ríen desde lo alto de la rama de un cedro. El olor del animal me persigue durante varios metros hasta que llego al puente. Antes de iniciar mi cruce, se aparece un ciervo. He aprendido a no buscarles los ojos para que no se espanten e interrumpan su digestión, y solo continúo, sintiendo cómo se aseguran de que yo no soy el perseguidor.
Podría haber dispuesto ya no atender las apariciones animales después de tantos meses de lo mismo, pero entre los animales y las personas, prefiero a los animales y sus maneras de irse a morir en cualquier parte sin aviso alguno.
Mi relación con la naturaleza es igual de grande que una pregunta. Mi familia ha tenido entre sus miembros algunos participantes honorarios del asombro por la flor y la fauna. Unos conservaban con sus manos las plantas que dan de comer y otros cuidaban a los animales. Yo, muchacho en realidad citadino, heredé el gustó por la naturaleza gracias al amate que estaba afuera de nuestra casa en Acapulco y que, durante gran parte de mi infancia, nos regaló de su agua hasta que mutilaron su sombra para construir un muro.
En la otra orilla del río hay un padre y su hija. Las bicicletas están tiradas en el pasto. Ellos mantienen sus cascos en la cabeza mientras hacen dibujos de animales con tizas de colores sobre un muro. Solo la niña alza la mano para saludar. Ella dibuja un ciervo, mientras su padre traza unas aves que, por lo temprano del dibujo, aún no permiten distinguir bien qué clase de vuelo es el que provocan. Tengo ganas de preguntarles por qué dibujan animales en una pared cubierta por la sombra de mediodía de un árbol joven. No lo hago, pero recuerdo un documental que vi sobre una cueva en Francia –la de Chauvet– donde hace más de 30 mil años unos humanos dibujaron ciervos y bisontes sobre la piedra escondida. Werner Herzog, el cineasta, pregunta si aquellas personas soñaban con los animales que pintaban o si los animales eran ya un sueño.
La luz de este día de julio es absorbida por el agua del río Iowa con la misma sed que tiene la arena cuando llegan los caballos de sal a las costas. El río ha crecido, sus piedras habituales están escondidas por una corriente que en algún momento llegará al Golfo. El padre y la hija alcanzan mi paso. Siguiendo la dirección del río, noto sus manos llenas de cal colorida y en sus cascos la cereza de un sol que está a punto de cegarse por unas nubes de lluvia. Continúo mi paseo hasta encontrarme con gansos vivos. Los saludo, ellos se apuran hacia el nado. Disfruto cómo, cuando entran en el río, salpican y graznan canciones de la gran llanura.
Decidí que soy un caminador, no un caminante. Yo a Antonio Machado no le quiero deber nada. A mí ya no me interesa la huella. Y también disfruto, entonces, cómo unas abejas entran en una flor rojiza y tímida. Las investigo unos segundos hasta que un nuevo transeúnte detiene mis preguntas sobre los órganos sexuales de las plantas. Respondo su saludo, me cercioro de que las nubes sospechosas solo sean sospechosas, y al llegar al campo de baseball, un padre da instrucciones a sus dos hijos para que bateen mejor la pelota.
Hace una semana cumplí 33 años. He alcanzado la edad que mi padre tenía cuando yo nací. Mi padre me enseñó a nadar, yo no sé quién le enseñó a nadar a él. Mi recuerdo más viejo es con él y mi madre en alguna playa de Acapulco. Vamos los tres caminando por la orilla. No sé hasta dónde nos dirigimos.
El segundo recuerdo más viejo al que puedo acudir es uno en la ciudad de Chihuahua. Estoy sentado en la parte final de una resbaladilla de cemento. Como mi lonche, y tomo chocolate caliente en un termo que, fascinante, me deja usar su tapa azul como taza. Mis manos están cubiertas por guantes y llevo un gorro de lana. Niños corren también con gorros y guantes y chamarras, y desde donde estoy sentado alcanzo a ver un cerro sin árboles y sin nada que lo acompañe más que una enorme cruz blanca y desértica.
La dimensión de mi vida le pertenece a la sed que es igual de vigente, tanto en el mar como en el desierto. A veces se me ha olvidado, pero los recordatorios llegan en forma de prodigios. Yo, al igual que mi madre guardo piedras secas en mis bolsas, y yo, al igual que mi padre, aprendí mucho de lo que sé en una tarde frente al mar de la Costa Chica.
Mi caminata se prolonga por horas. Cuando estoy en la caminación, mi cuerpo, el día y la noche, que es el transcurrir de todo, van diciéndose amistosamente y ninguno de los involucrados necesita saciarse. Ambos, hambre y el cuerpo que porta el hambre, son a la vez alimento y ayuno. Avanzo, no ya hacia mi muerte, ni hacia mi deterioro, sino crezco y mi corazón es un continente jamás ensayado por las guerras.
A mi parecer, aunque yo he dicho que no sé bailar, esto es la danza, dije.
Y sigo caminando.
II
Estamos los cuatro a la orilla del Río de Arena. Decimos los nombres de nuestras personas fallecidas en los últimos años. Le damos un trago a nuestra cerveza y luego le ofrecemos un trago al río. Digo mis palabras en inglés, pero cuando toca nombrar a mis abuelas les aviso a mis amigos que diré mi discurso en español. Ellas me escuchan, lo sé porque después de que termina nuestra ofrenda me quedo solo y la tarde en el río Au Sable empieza a horadar el agua.
Entro.
Pronuncio mi nombre a la vez que mis manos juegan con el lecho lleno de piedra y alga. Me cantan una canción de cuna y la corriente y yo nos acordamos las edades. Saco la cabeza, respiro. Hondo, respiro. Y ya sentado en un tronco, aprecio el vuelo de un cisne. Escucho cómo mis amigos también celebran el paso del cisne y regreso a secarme cerca de la fogata que han preparado.
En la fogata contamos historias sobre las aves nocturnas y sus señas. Ponemos atención. Perros cazadores han sido desatados a lo lejos, y nos preguntamos a qué clase de animal le están seduciendo la sangre con sus negras narices.
Comemos y ya satisfechos, nos levantamos a jugar con las estrellas. Les cuento que la última vez que vi el cielo así de limpio era apenas un niño de 7 años. Estaba en la sierra de Chihuahua. Me había quedado con mi tío Domingo en el rancho.
En algún momento, mi tío y yo salimos de la cabaña. Pudo ser cualquier cosa, una vaca atorada en un cerco o un caballo sin montura. Mi tío prendía un cigarro. El rojo de su Marlboro parecía una herida a la que le acaban de quitar la costra por descuido. Pensé que eso era lo más brillante que iba a ver, hasta que salimos.
Yo no sabía en ese momento que mis ojos estaban enfermos, pero recuerdo lo que sentí. Yo era un humano que estaba aprendiendo las primeras reglas de las ciencias naturales, pero sabía quién me había guardado en su vientre. Sabía que mi padre era un hombre del mar y que mi abuelo materno era un hombre del bosque. Sabía que mi abuela Piedad me abrazó como si del océano le devolvieran una alhaja que antes tuvo perdida, y que mi abuela Cirila guardaba las manos muy cerca de la estufa de leña.
Pasaron 26 años para que volviera a ver el cielo así, les dije. ¿Y ahora qué miras?, preguntaron. What do you see now?, volvieron a preguntar y antes de contestarles, llegó, para afirmar la prestigiosa diversidad de la noche del bosque, el último canto del gran cuervo norteamericano.
III
Es 19 de julio. Tengo 33 años ahora. En la madrugada, cuando salí de la casa de campaña para orinar, escuché de nuevo a unos animales persiguiendo algo. La noche ya no era luciérnaga y el aire corría menos ligero que horas antes por el frío nocturno. Cuando los animales callaron, pude distinguir el sonido del Au Sable. Quise ir, por supuesto, pero no todos los llamados del río son prodigios amables.
Después ya no escuché nada y regresé a dormir unas horas más.
Despertamos todos al rededor de la misma hora. Ya la luz aclaraba todo el bosque, lo que sea que ocurriera bajo su palabra oscura, en esta hora ya solo funcionaba como advertencia. Me desearon feliz cumpleaños, y cada uno, cuando quiso, bajó al río a bañarse por última vez antes de dirigirnos en las canoas en dirección a la aldea del hombre.
No iniciaba mi vida en el agua desde que mi madre me desprendió de la paciencia acuosa de su vientre. Estaba solo y mi reflejo opaco danzaba como un aprendiz dispuesto a perder la forma. Saltarín, mi cuerpo se sumergió no solo en el agua sino en su propia entraña fétida y limpia a la vez. Miles de manos me pasaron sus dedos por toda mi espalda. El agua fría, llena de besos y afrentas. Yo era amado y a la vez, llena de repulsión hacia mi cuerpo sólido, el agua sabía antes que yo por qué mis ojos fueron cafés y no azules.
Salí con una piedra lamosa entre las manos.
Una piedra que es una soledad de montes y de bosques.
IV
Se me ha hecho de noche, el río Iowa aprende con bastante destreza los colores que va formando la declinación del cielo. Llevo una piedra en mi bolsa, la recogí hace rato cuando visitaba el lugar donde hace unos meses encontré la calavera con astas de un ciervo. En un sueño que tuve el prodigio del ciervo desnudo de su pelaje y cuero me fue avisado. Yo, como buen caminador, hice caso y fui.
Al llegar a mi casa pongo la piedra debajo de los dientes del ciervo. A mí no me da miedo. Esto no tiene que ver con el miedo. Esto tampoco es un signo fácil de la finitud. Esto no es un aviso extravagante de un itinerario silencioso que una criatura con una cantidad excesiva de ojos dispone para mí. Esto es la vida y yo he decidido no volver a rechazar ninguna de sus canciones.
V
Amigos, en esta noche, ¿escuchan mi canción? He llegado hasta la primavera, y después hasta el verano para cantarles mi canción. Una melodía que está hecha con música de mis huesitos y de las piedras que he recogido.
Yo alguna vez dije que no sabía bailar.
Esto es la danza, amigos.
Esto es la danza de los 33 huesitos, bienvenidos.