EL-SUR

Martes 16 de Agosto de 2022

Guerrero, México

Opinión

Jesús Mendoza Zaragoza

Enero 26, 2004

Cuarenta y cinco años

 

Con la Bula Quo aptiori de Pío XII, ejecutada el día 24 de enero de 1959, fue creada la diócesis de Acapulco enclavada en, prácticamente, toda la costa de Guerrero, para dinamizar la evangelización en esta región que, sumida en el abandono en todo sentido, requería de una atención pastoral mucho más atenta y eficaz. Han pasado ya 45 años, en los que la Iglesia católica se ha desarrollado en medio de cambios profundos en la institución misma y en la sociedad que vale la pena poner sobre la mesa para valorar la presencia eclesial en nuestro actual contexto.

En el Plan Diocesano de Pastoral (2002-2007) de la Arquidiócesis de Acapulco se hace ya un balance del impacto social, según la percepción de la propia Iglesia. “Somos una Iglesia particular joven –dice el documento– de poco más de cuatro décadas desde su erección, que va cobrando conciencia de su identidad y de su misión en estas tierras costeñas, tan llenas de contrastes, donde hay huellas muy débiles de la primera evangelización. Sin embargo, esta Iglesia se ha ido configurando al calor del Concilio Vaticano II, que propone una presencia dentro del mundo como ‘signo e instrumento de Salvación’, lo que nos ha orientado hacia nuestra misión en medio del mundo… Nuestra pastoral social es muy débil y fragmentada aún y nuestra presencia en los medios de comunicación es insignificante. Nuestro profetismo es tan corto que el eco del Evangelio y las denuncias proféticas no suenan en las conciencias de amplias capas de la población que toma sus decisiones vitales al margen de los valores del Evangelio. Al laicado no lo hemos formado y proyectado con fuerza para que se inserte en las estructuras temporales en orden a transformarlas con la fuerza del Evangelio. Nuestros esfuerzos de inculturación del Evangelio son todavía débiles como para forjar en las conciencias y en los ambientes una cultura cristiana sólida, con capacidad de dialogar e incidir en la trayectoria de los acontecimientos”.

Hasta aquí la valoración que hace unos dos años hicieron los propios agentes de pastoral de la ya arquidiócesis local, quienes reconocen que la Iglesia ha sido rebasada con mucho por la realidad misma y en necesario replantear su presencia y actuación en las costas de Guerrero. Hay que señalar que la Iglesia católica es una de las instituciones más antiguas y de mayor arraigo en Acapulco y en las costas guerrerenses y, por lo mismo, puede jugar un papel importante, a partir de su misión espiritual, en el desarrollo integral de la región.

Para que esto suceda, necesita asumir algunas directrices que provienen del Concilio Vaticano II (1962-1965) y desarrolladas de manera particular por las Iglesias de América Latina en las asambleas generales de Medellín (1968), Puebla (1979) y Santo Domingo (1992), que le han dado un rostro particular al catolicismo latinoamericano. Tres experiencias eclesiales valiosas y de alto significado han tenido origen en América Latina que ya han recibido ciudadanía en la Iglesia católica universal: un valor espiritual con fuertes repercusiones sociales y políticas, que es la opción por los pobres; una forma de vivir en la Iglesia mediante las comunidades eclesiales de base; y un pensamiento que estructura una comprensión de la fe como respuesta a la situación de humillante pobreza de las mayorías, como es la teología de la liberación. El común denominador está establecido por el gran desafío de la pobreza y de la injusticia institucionalizada a la acción pastoral de la Iglesia y de sus agentes de pastoral.

En la última década se ha ido dando un proceso que es interpretado por algunos como un alejamiento del compromiso con los pobres, como si se hubiera evaporado el significado central que los pobres tienen para la predicación del Evangelio. Tal pareciera que el brutal impacto del neoliberalismo, la caída del socialismo real, el desencanto de las ideologías y de las grandes utopías se hubieran impuesto al grado de considerar inviable invertir energías y esfuerzos en desarrollar el protagonismo de los pobres, tanto en la Iglesia como en la sociedad. Sin embargo, se mantiene un grande malestar e insatisfacción ante las cosas como están, es decir, al arbitrio de los poderosos, de los dueños del dinero, domésticos y foráneos. Y la Iglesia tiene que recuperar su lugar al lado de los pobres desde su misión evangelizadora, no por oportunismo sino por vocación, porque ese fue el lugar que el Señor Jesucristo les asignó a sus discípulos. Y es que la liberación de los pobres, además de incluir dimensiones políticas, culturales y económicas, implica dimensiones espirituales, sin las cuales se arriesgan reversiones y perversiones.

Lo que quiero señalar es que a sus 45 años, la arquidiócesis de Acapulco tiene que avanzar en madurez. La madurez es el tiempo de la creatividad, de la productividad, del riesgo y del compromiso hecho a fondo. Y la madurez eclesial implica asumir su identidad original y su responsabilidad histórica. Y la responsabilidad de la Iglesia tiene que pasar necesariamente por una atención pastoral con fuertes repercusiones sociales en todos los aspectos de la vida, pero particularmente en lo que toca a la promoción integral de las personas, a la superación de los niveles deprimentes de la pobreza extrema y al trabajo por la justicia. Las energías que el Evangelio predicado y vivido libera son tan abundantes que pueden despertar y desarrollar procesos que tomen en serio la suerte de los pobres y de los excluidos de nuestra región.

A los 45 años, la arquidiócesis de Acapulco tiene que aspirar a esa madurez que la ubique con lucidez y con firmeza en nuestros contextos y la impulse a asumir sin miedos ni complejos las tareas espirituales y pastorales que le tocan como responsabilidad. Esto significa, también, que reconoce a todos los actores sociales –instituciones, organizaciones, sociedad civil, etc.– como interlocutores con los cuales hay que relacionarse y dialogar, aportando y recibiendo aportes, hablando y escuchando. Esta es una demanda de los tiempos, un desafío de la sociedad y una responsabilidad histórica de la Iglesia católica en estas costas guerrerenses.