EL-SUR

Sábado 04 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Alcaldes de Acapulco VII A

Anituy Rebolledo Ayerdi

Diciembre 07, 2017

Mis más sentidas condolencias para mis queridos amigos Lourdes, Andrés y Raúl Pérez García, por la dolorosa pérdida de Lupita.

¿Destierro?

La noche del 15 de diciembre un pelotón de soldados asalta la casa donde se refugiaban Juan, Felipe y Paco Escudero para llevarlos a la prisión militar del Castillo (Fuerte de San Diego). Un rayo de esperanza brillará en las próximas horas para los reos, sus familiares, amigos y militantes del POA, cuando el general Sámano sugiera la posibilidad de desterrar a los reos. Los enviaría con destino a San Francisco, California, con la promesa de que nunca más volvieran al puerto. Para ello había logrado que el capitán del buque gringo Fairhaver, surto en la bahía, cargara con ellos. La decepción será terrible cuando, pasados cinco días, la nave zarpe sin los hermanos Escudero. Y era que el general Sámano había logrado con su ardid una suma mucho más generosa.
Amanece el día 22 y en el Castillo el movimiento es inusitado. El personal castrense que custodia la prisión se enfrenta a una situación fuera de todo ordenamiento. Tres civiles armados se presenta con un recado verbal del general Sámano: “que dice el jefe Sámano que nos entreguen a los Escudero para llevarlos al juzgado”. El jefe de la guardia exige la orden superior por escrito para ese movimiento y será entonces cuando Chalío Radilla, jefe de los patibularios, le sople al oído: “que dice mi general Sámano que se acuerde cómo le fue la otra vez que no atendió una orden por interpósita persona”, palabras que surten un efecto mágico en aquel hombre, ordenando la entrega inmediata de los prisioneros.
Felipe y Francisco salen deslumbrados del calabozo; cargan a Juan, quien opta por cerrar los ojos. Un camión de la fábrica de jabón de Las Tres Casas españolas los espera en la explanada del hoy Fuerte de San Diego. Los tres hombres son maniatados y aventados al vehículo de redilas. “Ya merito llegamos, no se pongan nerviosos”, es la única respuesta a las preguntas constantes de los prisioneros. El transporte toma camino hacia Las Cruces.

La fusilata

–“Ya aplácate”, cabrón, ordena el custodio de Felipe. “Sábetelo, por más que te muevas como iguana no te vas a desamarrar”. Y al poco rato sucederá lo contrario. Felipe logra zafarse de sus ataduras y en un descuido le quita el rifle a su custodio Policarpo Ramírez. Encañona en la nuca a Chalio Radilla, quien se repliega cobardemente y chilla como rata pidiendo que no lo mate. Será el tercer custodio, Emigdio García, quien ponga fuera de combate a Felipe con tremendo culatazo en la cabeza.
Aquella acción de rebeldía por parte de personas consideradas sumisas y cobardes por naturaleza encabrona a Chalío Radilla. Hacerle eso a él que “era más cabrón que bonito” y cuya sola presencia hacía temblar al más pintado, tendrá su costo. Llegan a El Aguacatillo y los prisioneros son lanzados de la plataforma del camión, y quien más lo resiente es Juan, por supuesto. La andanada de insultos no para un minuto contra los presos inermes, derrotados, como si aquellos hombres se cobraran agravios personales. Los hermanos han preferido guardar silencio en previsión de nuevas agresiones o quizás porque anidan una última esperanza, la de que aquella situación límite se revierta, milagrosamente. Nada de eso sucede, sin embargo.
Allí mismo, y en la posiciones en las que han caído, son ametrallados Juan, Felipe y Paco. Juan recibe siete impactos en todo el cuerpo; Paco, cinco y Felipe, por el susto que le metió a Chalío, catorce. Antes de huir, Radilla le acerca el cañón de su rifle a la nariz de Juan y le descerraja un balazo.
Jorge Joseph, escribe:
“Sucederá lo increíble: Juan seguía vivo. Amaneció, empezó a subir el sol. La sed lo mataba. Pasó un campesino a quien le pidió dar aviso al comisario de La Venta. Corrió la noticia en Acapulco y doña María de la O, doña Carmen Galeana de Solano y varios amigos se movilizan. Le piden su camión a doña Teresa de Ponce para dirigirse al lugar de la matanza. Llegan allá y proceden de inmediato a levantar los cuerpos inermes de Felipe y Paco. Juan agoniza en los brazos de doña Carmen de Solano y cuando llegan a la ranchería El Raicero, aquél musita unas palabras. Ella logra recogerlas: “Que mi sacrificio no sea estéril”. Luego muere. Eran las 7 de la noche del 21 de diciembre de 1923.
“Murió Juan Ranulfo Escudero Reguera, el hombre de carne y hueso, pero no su espíritu ni sus ideas, que desde luego hacen suyas los acapulqueños de esta y generaciones venideras, siempre en defensa de los más caros intereses del puerto. Se dijo durante la inhumación de los tres hermanos en el panteón de San Francisco, de la avenida Costa Grande, hoy Pie de la Cuesta. Juan será trasladado mucho más tarde a la Rotonda de las Personas Ilustres, en Tlacopanocha.

POA, el liderazgo

A la muerte de Juan R. Escudero, su partido, el Obrero de Acapulco, POA, mantendrá el gobierno municipal. Militantes del mismo cubrirán el periodo que aquél no pudo ejercer por presiones políticas del centro, pero básicamente por su dolorosa incapacidad física. Estarán entre ellos don Ernesto Herrera, a quien Juan describía como un “hombre honorable, valiente e inteligente”, y que lo era de verdad. También Manuel Solano y Enrique Lobato.
La inestabilidad política del país tenía aquí reflejos particulares, determinando con ello que el ayuntamiento local se convirtiera en un símil del “juego de las sillas”, y su consigna de “quítate tú para ponerme yo”. Se castigaba la incapacidad administrativa, pero particularmente la falta de probidad. Hubo alcaldes que no sabían “la o por lo redondo”, como se decía de los analfabetas. No será, por cierto, el caso de los primeros ediles del año de 1923, durante el cual se sucedieron en la presidencia los señores Jesús A. Leyva, Anselmo Becerra, Alberto Suárez y, como emergente, don Ernesto Herrera.

Patas a ráis

Por mucho tiempo se hablará de la cortísima administración del alcalde Alberto Suárez, de su inolvidable toma de posesión. Reunidos los ediles y el secretario municipal, don Cleto Trujillo, vestido rigurosamente de traje negro y tocado con sombrero de paja. Emperifolladas con flores de copa de oro en el pelo y oliendo a colonia Sanborns, las secretarias; charritos los ayudantes y el personal de limpieza. Nadie osará pronunciar una palabra y mucho menos dibujar una sonrisa. Todo discurso, con excepción de los obligatorios, se dirá con la mirada; el movimiento de los ojos será el verbo. Redondos en calidad de “¡ah, chingao!”; chinitos como diciendo “esto no puede ser posible”; entrecerrados de “¡ay, cabrón!”; en blanco, ¡Dios! Habrá, por supuesto, ojos cerrados que no quieran ver nada a su alrededor. ¿El anticristo en persona? ¡No, que va!
Todo esa movilización ocular girará en torno al nuevo alcalde de Acapulco, don Alberto Suárez, hombre curtido por el sol y la mar, vestido con la sencillez de un campesino y como tal ¡descalzo!, sin zapatos, sin huaraches, sin sandalias . Las patas a ráis, como se decía. Y sin zapatos don Alberto despachará como primera autoridad de Acapulco, sencillamente porque nunca los había usado. Con su pie de tamal oaxaqueño, las uñas pétreas pero si un arco bien definido, el alcalde Suárez participará en el desfile del 5 de Mayo, cumpliendo la tradición de encabezarlo con la bandera nacional embrazada. A la hora de recibir y entregar el lábaro, don Beto nunca pudo cuadrarse como los militares sonando los tacones, sí los talones. Las calles de la ciudad, recuérdese, o estaban empedradas o encharcadas, y sin faltar las hoyadas por familias enteras de marranos.
¡Cual admiración, –dirán algunos– si en aquellos tiempos nadie usó zapatos antes de los 15 años!

El estallido

En plena “madrugada grande” centenares de acapulqueños se agolpan frente al palacio municipal. Urgen al presidente municipal información sobre origen de un estallido que a muchos han lanzado auténticamente sus camas. Fue como un terremoto, pero sin daños, decían algunos. Como si el cielo se hubiera desgajado, pero sin males mayores, era otra opinión. De lo que sí se trató, sintetizaba el cura párroco de la Soledad, fue de un estallido pavoroso que rompió vidrios de ventanas, aparadores y, Dios bendito, hasta los nichos de la parroquia.
La respuesta demandada, ahora sí que por todo Acapulco, llegará a eso de las 9 de la mañana. Cuando el guardafaro de La Roqueta, don Ramón Castillo Carmona, también ex alcalde, rinda parte de novedades. Lo hace utilizando el alfabeto de banderas cuyo mensaje es recibido por el vigía del cerro de La Mira, quien a su vez lo trasmite por el mismo medio al Resguardo Marítimo. Y de aquí con mensajero correlón a la presidencia municipal.
Lo que había ocurrido era la explosión de un polvorín en la isla de La Roqueta, convertida secretamente por la Defensa Nacional en almacén de explosivos. Sí, ¿pero cómo y por qué?, será la siguiente pregunta de la aterrorizada población. Más cuando chamacos bromistas empiecen a divulgar que aquello era el inicio de un ataque de los marcianos contra la Tierra. Ello hará preguntar a un preocupada Tibe Nambo al párroco de la Soledad: “Padre: Dios nuestro señor tiene poderes sobre marcianos?
Mucho más tarde se conocerá la narrativa de los hechos. Cayetano López, un viejo pescador acostumbrado al uso de explosivos, los hurtaba de La Roqueta. Un método repudiado aquí por los hombres de mar, sabedores de la matanza inútil de especies marinas que hacerlo significaba. Aquél 23 de mayo algo le salió mal a López, al grado de provocar el siniestro que le costó la vida. La mitad superior del cuerpo de Cayetano fue encontrada en la playa de Caleta, clavado en sus entrañas un pedazo de madera con el nombre de La Ballenera. Nombre de la lancha de don Pancho Moreno, utilizada sin su permiso por el infortunado pescador.

Pancho Moreno

Y ya que de don Pancho Moreno se habla, el nieto del general insurgente Tomás Moreno era el más valiente y arriesgado cazador de tiburones de todos aquellos tiempos acapulqueños. No usaba ninguno de los instrumentos tradicionales de captura, le bastaba un puñal largo y afilado para enfrentar a los escualos, de tú a tú, Ni más ni menos que como lo hará en estas aguas Johnny Weissmüller, cuando filme aquí en 1947, Tarzán y las sirenas. La desigual pelea duraba hasta una hora a la vista de un público expectante y a punto del alarido. Aniquilado el escualo, Pancho lo amarraba a su lancha para traerlo a la playa, donde se fotografiaba con un pie en la bestia.

La Tuchi, otra vez

Tomas Véjar y Ángel, ya se ha dicho, es papá de La Tuchi, una hermosa chiquilla con la que los chamacos de su edad (¡y no únicamente ellos!) disfrutaban de lujuriosos y excitantes sueños húmedos. El mismo don Tomás, que fue nombrado alcalde exprés en 1924. Exprés porque ni siquiera pudo calentar la silla cuando recibe un ramalazo de su propio partido. Lo acusa de traición por no defender al líder Escudero de los ataques de los gachupines, además de recibir regalitos de Las Tres Casas. El castigo es la expulsión del partido y la separación del cargo. Entra en su lugar don Heriberto Tapia Cabañas, de oficio sastre, papá de Lito un personaje muy querido del puerto. La casa de los Tapia, la clásica del viejo Acapulco –adobe, teja y corredor– se mantiene hoy tal cual en Roberto Posada, frente al antiguo palacio municipal.

El ceviche acapulqueño

Doroteo Doroche Lobato, propietario de La Marina, la cantina restaurante del Zócalo, levantada en el sitio que ocupará más tarde el hotel La Marina, es nombrado alcalde en 1925 y lo será durante todo el año. Y cómo no, si Doroche era en el puerto un auténtico ganimedes. Fue él, por cierto, el primero en servir el ya entonces llamado “auténtico ceviche acapulqueño”, elaborado por Evaristo Valverde, el mago de su cocina. Al ceviche tradicional con limón, cebolla y orégano, Valverde le añadía jitomate, salsa de jitomate, aceite de olivo, aceitunas, chícharos y algo más.
Se tenía como antecedente remoto el platillo acostumbrado por pescadores peruanos que arribaban a las costas mexicanas, particularmente a la bahía de Acapulco, en pos del nácar o madreperla. Se alimentaban con un platillo confeccionado por ellos mismos a base de pescado cortado en cuadritos y cocido con jugo de limón. Y nada más. Hoy el ceviche peruano goza de gran prestigio en la gastronomía internacional. Se le prepara con filetes de merlo o merluza con el añadido de ají, limón, cebolla morada, cilantro y sal.