EL-SUR

Sábado 04 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

A 50 años de la masacre coprera del 20 agosto de 1967 (III)

Anituy Rebolledo Ayerdi

Septiembre 14, 2017

Pólvora y responsos

Habla el gobernador Raymundo Abarca Alarcón. Lo hace en su despacho de Chilpancingo ante la dirigencia la Unión Regional de Productores de Copra de Guerrero, sin registro ante la secretaría de Agricultura y Ganadería.
–Les repito, señores, ésta es una decisión irrevocable. ¡Ni soldados ni policías para custodiar la reunión de copreros en Acapulco! ¡Lucido estaría yo gestionando un contingente militar u ordenando a la judicial que vigilen la pachanga alcohólica que están organizando!
–No se trata de ninguna borrachera, señor gobernador, riposta aunque comedidamente el dirigente Jesús Flores Guerrero. Lo que pretendemos, señor, es festejar un aniversario más de nuestra organización. Y claro, tratándose de una fiesta popular queremos recibir a nuestros invitados como ellos se lo merecen. Nuestra preocupación, señor, radica en el hecho de que el grupo de Julio Berdeja, está invitando a una asamblea en nuestra casa, el mismo día y a la misma hora. Nos preocupa, señor, lo que pueda pasar sin la presencia de la autoridad.
–Entiéndanme señores, por favor, demanda un Abarca acongojado. Ustedes son mi gente y eso que ni qué. ¿No acaso les entregué la organización? Miren, hay cosas que yo no debería decir pero por la confianza lo voy a hacer. Decirles que anoche me habló el secretario de Gobernación, don Luis Echeverría. Lo hizo exclusivamente para ordenarme sacar al gobierno del conflicto coprero porque, me dijo, “eso huele a pólvora y a responsos”. Quise decirle algo pero me cortó con una recomendación: “usted, señor gobernador, como el chinito, nomás milando”.

Ángel o demonio

Entonces, ¿qué hacer?, se pregunta un gobernante visiblemente preocupado y él mismo se contesta con un “yo no lo sé”. Lo que sí sé es lo que no debo hacer. Esto es, permitir que César del Ángel se apodere del movimiento coprero y tome la coprera. ¡A ver quién chingaos lo saca después! Y es que el hijo de la gran puta se vale del fuero legislativo para venir a Guerrero a confrontar a sus campesinos. Vamos, ni el propio líder de la CNC, Amador Hernández ha podido controlarlo, confesado por él mismo. Debería irse Veracruz a chingar a su madre. ¡Ora que vamos a ver si el fuero le quita los putazos!
La sacudida al árbol genealógico de “ángel llamado demonio” es interrumpida por una llamada telefónica. Muy importante, señor, subraya el secretario particular. Para los amigos no hay secretos, declara un Abarca meloso disponiéndose a recibir el telefonema ahí mismo. Los copreros adjudican el laconismo del gobernador a que tiene trabadas las quijadas por el coraje. Su conversación telefónica transcurre a base de monosílabos y concluye con un parlamento casi escénico: “sí señor… cómo no… sí señor… a sus órdenes señor… gracias señor… igualmente señor…”. Una vez que ha colgado el aparato, el señor gobernador regresa a la plática con el semblante relajado, animoso.
–¡Lo tengo, lo tengo!, anuncia eufórico. Los “amigos”, ellos nos sacarán del apuro. El médico aplica una carga maliciosa a referirse a “los amigos”. ¿Por qué ninguno de nosotros había pensado en ellos? La cara de ¡what!” de los dirigentes agrarios aconsejará al gobernador a ser más explícito. Ustedes ya saben de qué “amigos” les hablo y los invoco porque los “amigos”, como la virgen del Perpetuo Socorro, son para los momentos difíciles y desesperadas. Y este es uno de ellos. Los “amigos”, estoy seguro, sabrán poner las cosas en orden, mejor aún que la policía y el ejército. Un ¡aaaah! inunda el despacho en señal de que todo ha sido comprendido y aprobado. La reunión termina con un “ándenle, y cuando los vean me los saludan”. A quienes si no a los “amigos”.

Los amigos

“Los amigos” sugeridos por el gobernador de Guerrero formaban una histórica “hermandad del gatillo”. Incluía a pistoleros de ambas costas que habían empezado a matar, algunos adolescentes, por una y mil razones. Unos ejerciendo la justicia por propia mano, otros defendiendo bienes arrebatados por gobiernos o particulares. Los habrá quienes asuman el asesinato como una prestación social sujeta a tarifas variables o “según el sapo, la pedrada”. De 2 a 5 mil pesos y una pistola, por ejemplo. Demanda esta última incompresible porque ¿para qué quiere una pistola quien debe poseer una armería? ¿Registros, huellas? Zarandajas, eso nunca ha servido, ni sirve.
Recién asesinado el padre del columnista, su madre recibió en su domicilio la visita de un hombre desconocido para la familia. Un hombre que, habiendo tomado asiento, no se anduvo con prolegómenos, fue al grano.
–En la Costa Grande, señora, todos sabemos su pena y es por eso que hoy he venido a verla. Además de mis condolencias por la muerte del doctor Federico, vengo a ofrecerle mi trabajo, un “trabajito fino”, y para el que solo necesito un nombre. El nombre de la persona que le ha arrebatado al padre de sus hijos y a usted le mantiene oprimido el corazón. Con un nombre me basta y usted debe saberlo. Como le digo, señora, por tratarse un “trabajito fino” solo le costará 2 mil pesos y una pistola que, meramente y por tratarse de usted, se la perdono.
También costeña, Toña Ayerdi intuyó que con la sólo mención de un nombre, el esperado porque no había otro, aquél sujeto sacaría su arma para descerrajarla sobre su humanidad. ¿Nombre?, que nombre le puedo dar si ignoro todo sobre el asunto. Estoy dedicada a mis hijos, enfrentado con ellos este grandísimo dolor y si hay algún castigo para quienes nos han hecho tanto daño, ese se lo dejo a Dios. La familia llamó entonces a aquel enviado como el hombre del “trabajito fino “.

La Hermandad del Gatillo

Aquella Hermandad del Gatillo veneraba en calidad de santo laico al Chante Luna, un asesino despiadado autor de más de un centenar de homicidios y entre ellos el de su compadre Federico Rebolledo Romero, padre de este columnista (1952) Por cierto, alguna vez, siendo chamaco, se lo topó rumbo a la escuela Altamirano, en la calle de La Quebrada. Sobresaliente en aquella figura, un grueso cinturón de cuero rodeando la ventruda cintura. Portaba del lado derecho una funda guardando una pistola escuadra y del izquierdo dos pares de cargadores. (“Traigo mi cuarentaicinco con sus cuatro cargadores”, el corrido). Fue un encuentro único pues al poco se cumplirá en él la sentencia implacable de “quien a hierro mata a hierro muere”. Chantes, seguramente por marchantes, eran los indígenas vestidos de manta que venía de fuera a vender cosas.
Al grupo compacto y nada hermético de matones se le conocía como La Gamba, en la Costa Grande, y La Brosa en la Costa Chica. (Exhibido aquí El Padrino, sobre la mafia italiana, no faltarán quienes caigan en cuenta que el Il capi di tutti capi guerrerense, residía en Chilpancingo.
Convocatoria como la sugerida por el gobernador Abarca para reunir a los “amigos”, carecía de precedentes. No se había dado siquiera en el legendario oeste americano. Reunir en un mismo sitio a los gatillos más rápidos de aquella anárquica colonización, hubiera significado seguramente la extinción de la especie, fagocitada por ella misma. Entonces el cine, sin el western, no hubiera tenido razón de ser.
Reunir en un mismo sitio a los “amigos”, como lo planteaba Abarca Alarcón, hubiera significado en el oeste concentrar a varios gatilleros en el Alamo Saloon. Invitar por ejemplo a Billy the Kid, el chamaco de 16 años, tan gordo como sicópata, que usaba mexicanos para afinar la puntería. A Wes Harding, sádico para quien matar resultaba más placentero que el sexo. No faltarían los hermanos Sydney, a punto de volver a su tierra australiana, una vez conseguida la meta de cien homicidios en América.
Otro invitado hubiera sido Jack Macall, un vaquero que asesinaba mujeres cuando se negaban a tener juegos sexuales con sus botas (con puntas aceradas) Allí estarían sin falta, los hermanos Dalton, Younger y James y el propio Butch Cassidy. Ora que los hermanos Clanton y McLaury, asesinos y roba bancos, no podrán estar. Y es que antes habían caído en el OK Corral, eliminados por sheriff Wyatt Earp, sus hermanos Virgil y James y Doc Holliday. La muy cinematográfica masacre será un juego de manos comparada con la de la coprera.

Aca o el Far west

Sólo aquí pudo concretarse la reunión imposible en aquella lejana tierra sin ley. Aquí sí estuvieron todos los convocados, muy formales, bien acicalados y dispuestos “a lo que venga”. Arribaron a la coprera por la noche cargando pesados envoltorios y varios litros de “3 en 1”, para aceitar la artillería.
Todos los congregados formaban, según la fama pública, una siniestra zoología depredadora y carroñera. Ahí estaban, entre otras bestias, El Chacal, El Animal, La Yegua, El Alacrancito, El Perro con Rabia, El Coyote y El Zanatón. Este último representaba el orgullo de La Granja por haber diezmado, 20 años atrás, a una partida militar en la ranchería El Palomar, municipio de San Marcos. También, los hermanos Gonzalo, Demetrio, Luis e Isabel Gallardo Solís y policías judiciales de toda la entidad.

Héroes de la bala

Don Pedro, personaje de Cruz Grande autonombrado El Muñeco de la Ciudad, se acerca sin ser invitado a una especie de convención en el barrio de La Caridad de San Marcos, donde están reunidos los más afamados gavilleros de la región. La casa de El Zanatón es la sede de aquél convivio.
–¡Buenas tardes, señores!
–Híjole, ya llegó Pedro, ¡ya se dañó la cosa! dijo un pistolero incómodo para luego volver a su plato rebosante de barbacoa blanca.
Todos aquellos hombres mal encarados contestan sin embargo el saludo de Don Pedro.
–¿Qué pasó Pedro?, ¡qué bueno que veniste, chingao! –lo saluda El Zanatón.
–Salud, Pedro, dijo El Animal desde la cabecera principal de la mesa.
–Salud, Gerardo!, responde Don Pedro al temido pistolero sanmarqueño, famoso por matar a quien tan solo tuviera la desgracia de caerle mal.
–¡“Héroes de la Bala!”, principia El Muñeco su salutación al grupo cuando ya está a “todos chiles”. Hombres valientes, hombres que no conocen el miedo, hombres que se matan cara a cara, hombres que matan por paga…
Al escuchar esta última frase, los presentes echan mano a sus fierros lanzando miradas de odio hacia el orador. El Animal interviene rápidamente ordenando a los suyos echar del lugar a El Muñeco de la ciudad y sus casi dos metros de estatura.
–¡Lo hubieras dejado, Gerardo! –reprochan los suyos.

(Aquel Cruz Grande, Eliseo Juárez Rodríguez, 2016).