EL-SUR

Viernes 21 de Junio de 2024

Guerrero, México

Opinión

A la orilla del continente literario

Federico Vite

Abril 06, 2021

Mantis religiosa ( México, Aldus, 1996, 103 páginas), de Mauricio Molina, reúne doce cuentos que abordan la literatura fantástica, la ciencia ficción y algunas variantes del erotismo. De estos textos selecciono tres que considero los más logrados del libro: El regreso, La máscara y La entrevista.
El artefacto que abre este volumen es El regreso. En este caso el lector atiende las vicisitudes de un hombre (el cuento está narrado en primera persona por el protagonista de la historia) que se recupera lentamente de un accidente automovilístico. Regresa a casa. “Los muros descascarados, en otro tiempo amarillos, y los marcos verdes de las ventanas eran los mismos de siempre”. Al subir al tercer piso abre la puerta del departamento. Ahí encuentra a su esposa Claudia, atractiva y con la efervescencia sexual de siempre. Tienen una velada romántica y apasionada. Por la madrugada, él despierta porque tiene mucha sed; no encuentra la lámpara que solía estar sobre la mesa de noche. Trastabillando, va al frigorífico y ahí se consuma la primera revelación que fortifica la “atmósfera densa, como en el interior de un acuario”. “Fui al refrigerador; al abrirlo me encontré con algo que me dejó helado: en los anaqueles había libros deshojados, lociones y perfumes. En el congelador había una caja de madera llena de fotos. Las miré a la luz del refrigerador, ahí estábamos: Claudia y yo, durante nuestra boda […]”. Al volver a la recámara, Claudia se transforma en alguien sombrío y el protagonista entiende que no podrá salir de nueva cuenta de esa umbra.
El cuento más ambicioso del libro es La máscara. Gracias al diario del arqueólogo y médico forense Guillermo Berger conocemos la historia. Berger narra cómo reconstruyó un cráneo de 15 mil años de antigüedad y las cosas extraordinarias que ocurrieron mientras realizaba ese trabajo; por ejemplo, padeció una serie de alucinaciones sumamente vívidas en las que él era un joven guerrero de la antigüedad. Cuando el doctor contempló el rostro de esa pieza ósea que tardó tanto tiempo en reconstruir, tuvo la certeza de que estaba ante sí mismo. Supo entonces que en otra vida realizó una misión que no culminó del todo. Y ese hallazgo sugiere la resolución del otro misterio de la trama: la enigmática desaparición de Berger. En este caso, Molina fusiona el tópico del Doppelgänger (término alemán para nombrar al fantasmal doble malvado de una persona viva) con el relato cientificista de la medicina forense. Estamos ante una especie de auto autopsia.
La entrevista, también narrada en primera persona, tiene una estructura circular que funciona de maravilla. Inicia exactamente igual que termina, con las palabras del filósofo Ludwig Wittgenstein: “Cuando no hay nada más que decir, lo mejor es el silencio”. El personaje principal, un escritor exitoso, acepta una entrevista con una “espléndida morena de blusa entallada y rostro imperturbable”. Al finalizar la conversación, ella apaga la grabadora, él hace una pausa y eleva la mano para pedir la cuenta. Cuando llega el mesero, dice el protagonista, “no pude creer lo que me había pasado. Aquella mujer –o mejor dicho, su grabadora– me había quitado, literalmente, el habla”. Él intenta darle alcance a la morena. Así que cuando la jala del brazo, ella reproduce el caset de la grabadora y con ello signa el cuento: “Cuando no hay nada más que decir, lo mejor es el silencio”. Esa simple frase afianza el consejo literario de Molina, quien dicta como autor una certeza incuestionable en esta época: Todo escritor que vive en México está expuesto a perder la voz (entendido esto como el ejercicio del oficio en libertad) en cualquier momento y de la manera más común. Comento estos tres títulos para mostrar algunas de las virtudes que la obra de Molina posee; en especial, cuando el autor recurre a la primera persona y trabaja como orfebre en los vericuetos de su peculiar universo literario.

Orfandad y esplendor

Otro ejemplo de bildungsroman (novela de formación) con sello tropical es La orfandad del esplendor (México, Aldus, 1995, 260 páginas), del cubano Carlos Olivares Baró. Este libro atiende la minuciosa relación de hechos que un infante hace de las afectaciones que percibe del mundo. La madre, como un esquema natural de la autoridad, cimbra todo y todo horma con su presencia. Moldea la vida del protagonista,“un hijo comemierda que lo único que sabe es mearse en la cama”. Ese chico padece la realidad de una ciudad en metamorfosis. A ratos, esa misma población es violenta y ominosa, pero nunca asfixiante. Aunque ese mundo esté regido por la acechanza, el abuso y el fisgoneo, es posible la contemplación de la belleza: “mi Madre coge una Mariposa la huele la acaricia con sus manos las mismas manos que hace rato le dieron bofetones a Puchita coge la flor de Mariposa la vuelve a acariciar me mira me pide más tierra y siembra una Mariposa blanca en su jardín con las mismas manos que hace un rato golpearon a Puchita mi Madre coge ahora un Aguinaldo lo huele arregla una de sus hojas verdes y lo siembra un poco más allá de la Mariposa y me pide entonces un Marilópez amarillo casi como un sol chiquito […].
Los recursos utilizado por el autor son agradables para quien desea enfrentarse a la construcción de un estilo; por ejemplo, fragmenta el cuerpo del relato en monólogos, recurre a fragmentos descriptivos para crear atmósferas específicas (casi siempre bajo el registro de la prosa de intensidades) y fusiona diversos planos narrativos (historia de Cuba y la desaparición de Puchita) con bastante acierto y ritmo. Hermana a los personajes con el triunfo de la Revolución Cubana. “Los rebeldes de Fidel asaltaron la finca de mi tío Germán y se lo llevaron todo y a mi tío Germán le dio una sirimba y se murió del corazón y ahora estamos en la finca de mi tío Germán y yo estoy en el billar en el salón oscuro buscando menudo en la caja pero no hay nada y todo mundo está en la sala viendo […]”. Otro ejemplo que ilustra las variantes estilísticas es el siguiente: “me fui fogón y regresé anafe / Puchita”. El autor logra con una sola frase un capítulo que impulsa la progresión dramática de los hechos. Un caso más de este follaje literario, que nos da una idea de la plasticidad de la prosa, es el siguiente: “Mi madre (con cara de rabia y pocos deseos de contestar) eso que anda haciendo tu querida hermana mayor con la fletera esa de Ernestica/
YO: (con más temor que antes) y qué es una fletera ”.
Olivares Baró busca esencialmente articular una gramática y una sintaxis que traduzca lo alucinante de ese mundo caribeño que emparenta a la prosa con la poesía. Cito un ejemplo más: “aquella mañana partí lento para la plaza del mercado lento lentísimo con mi jaba mis tenis los tres pesos en el bolsillo chiquitico del pantalón azul caqui que me regaló mi tío faustino y yo llevaba la nota de mi Madre en la cabeza que tengo llena de musarañas  y soy medio sanaco según mi madre un real de plátanos verdes tres quilos de café y dos de azúcar una libra de empella fresca […] ”.
Estamos ante un libro que por los recurso estilísticos nos recuerda al Gustavo Sainz de Obsesivos días circulares (1969); al José Agustín de La tumba (1964) y al Parménides García Saldaña de Pasto verde(1968); temáticamente lo emparento con El palacio de las blanquísimas mofetas (1977), de Reinaldo Arenas.
La orfandad del esplendor encapsula una etapa vital que forja el carácter y la humanidad del protagonista. Captura, también, la metamorfosis de Cuba. Es decir: La vida antes y después de Fidel Castro.
A pesar de que tienen valía literaria, estos dos libros que hoy comento están fuera de foco, diría yo, del panorama literario actual. Algo normal en un país que se ha acostumbrado a las injusticias. Mantis religiosa y La orfandad del esplendor no envejecen; los quieren olvidar, pero no envejecen.