EL-SUR

Sábado 04 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

A la sombra, con Martín Luis Guzmán

Anituy Rebolledo Ayerdi

Julio 23, 2020

 

(Cuarta parte y última)

Entrevista Alessio-Fox

El texto siguiente corresponde a una entrevista del ingeniero Vito Alessio Robles con el general Claudio Fox, sostenida el 8 de septiembre de 1933, incluida en su libro Desfile sangriento. Saltillense, nacido en Coahuila, Vito Alessio Robles fue un hombre de actividades múltiples: además de militar e ingeniero, fue periodista, historiador, diplomático y educador. Es el autor del libro Acapulco en la historia y la leyenda, escrito en 1936.

Habla Claudio Fox

Esperé toda la mañana del 3 de octubre de 1927 y al mediodía fui llamado por el secretario de Guerra y Marina, para llevarme ante la presencia del señor presidente, general Plutarco Elías Calles. Allí, en presencia del secretario y del general Obregón, candidato a la presidencia de la República, me ordenó marchar hacia Cuernavaca. Que en el camino me encontraría con el general Enrique Díaz, jefe del 57 batallón, quien traía preso a Serrano junto con otros trece prisioneros. Que ya había telegrafiado a Díaz para que me entregase los prisioneros y que, para cumplir esta orden, ya se había ordenado al coronel Nazario Medina se pusiera a mis órdenes con cincuenta artilleros, una fuerza lista frente del cuartel de artillería de La Piedad.
Al terminar, el general Calles me entregó copia del telegrama dirigido al general Díaz y al pie escribió de puño y letra:
“Ejecute a los prisioneros y conduzca los cuerpos a esta”.
Frente al cuartel de La Piedad encontré al coronel Medina y allí estaban, también, uno tras otro, 18 fotingos que habían alquilado o requisado y en ellos repartimos a los cincuenta soldados. (Fotingo: auto viejo y destartalado).
La marcha hacia Cuernavaca fue lenta, penosa y tardada, pues la mayoría de los automóviles Ford alquilados estaban desvencijados, obligando a la caravana a hacer altos varias veces, ya por agotamiento de la gasolina o bien porque tronaban las llantas.
La subida de la cuesta a Huitzilac fue vencida con muchas dificultades.

La entrega

Llegamos un poco delante de Huitzilac a las cuatro de la tarde. Allí encontramos al general Díaz con los presos y la escolta integrada por más de cien soldados marchando por tierra. Los prisioneros, acompañados de oficiales y soldados, viajaban en tres automóviles pequeños y en dos carros postales alambrados. Yo hablé breves palabras con el general Díaz, mostrándole copia del telegrama que recibí de manos del general Calles.
Aquel jefe pretendía un recibo por la entrega de los prisioneros. Yo me negué a dárselo objetando que bastaba con la orden mostrada.
A continuación, ordené que fueran bajados todos los presos y que los fotingos procedentes de México viraran en redondo y que el auto Lincoln se pusiera a la cabeza de todos ellos. Mientras se efectuaba el descendimiento de los prisioneros, todos con las manos atadas a la espalda con alambres de los usados para instalaciones eléctricas, el general Serrano me habló preguntándome qué había sucedido con el levantamiento de tropas en México y qué órdenes traía. Yo le respondí que el pronunciamiento no había tenido importancia y que tenía órdenes de conducirlos a México.
El licenciado Martínez de Escobar me pidió permiso para arengar a los soldados y esta solicitud fue denegada. Enseguida di las órdenes para la ejecución.

Nunca he matado

–Créame usted –le dice Fox a su entrevistador–, no he matado nunca a nadie por mi propia mano. Soy un hombre que hizo estudios, y por lo tanto, comprendí la terrible responsabilidad que pesaba sobre mí en aquellos momentos horribles. Me sentí agobiado. No quería cumplir la orden fatídica. Sentí repugnancia, pero en aquellos momentos no podía eludir su cumplimiento y ni siquiera discutir el mandato recibido directamente del jefe del gobierno constituido. Una orden dictada en presencia del secretario de Guerra y Marina y del general Obregón, candidato presidencial, misma que fue reiterada por el secretario Amaro, cuando subíamos al automóvil Lincoln, repitiendo insistentemente que las órdenes superiores se cumplen sin chistar.
Reflexioné sobre la triste condición de un soldado que tiene que cumplir una amarga tarea. Vacilé. En mi pecho se desarrolló una intensa pugna interior, se me presentó con diáfana claridad el conflicto de deberes. Parecía que una rueda dentada giraba en mi cerebro enloquecido. Ya en la tarde parpadeaba y era necesario decidirse. Tomé la decisión fatal de cumplir la orden superior.
Casi maquinalmente dispuse que los soldados se tendieran en valla a ambos lados de la carretera y que cada uno de los prisioneros fuera conducido al pie de cada uno de los fotingos, con un oficial y tres individuos de tropa. En esos momentos se sucitó un accidente. Arribaba un automóvil procedente de Cuernavaca, que pretendía pasar hacia México. En él venía un señor Sorbazo, conocido mío, y varios extranjeros que dijeron ser funcionarios de la embajada norteamericana. Dispuse que el carro retrocediera a Cuernavaca.
La noche casi se había echado encima. Designé a oficiales que deberían dar muerte a cada uno de los prisioneros, ordenando que no se les disparara en la cara, y que luego, sin maltratar los cadáveres, estos deberían ser colocados en los fotingos respectivos.

No quise presenciar la matanza

Marroquín fue el encargado de matar a Serrano, Valdés a Vidal; un teniente coronel trigueño que después mandó una corporación y cuyo nombre no recuerdo, a uno de los Peralta; el mayor Mercado al otro Peralta y así sucesivamente.
Yo no quise presenciar aquella matanza. Casi loco, arrastré al coronel Medina y me alejé de aquel lugar un poco más de un kilómetro, hasta que encontré un recodo del camino y allí hice un alto.
Inmediatamente después llegó procedente de México un automóvil ya con los faros encendidos. Pretendía pasar. Yo se lo impedí. Se dieron a conocer como agentes de la Policía Judicial Federal. Uno de ellos portaba credencial de la corporación. Sonaron a la lejanía más de 100 disparos que repercutieron sordamente en los vericuetos de la montaña. El jefe de la Policía Judicial comentó:
–Serán cohetes de un pueblo de indios que celebran algún santo.
–Probablemente –contesté abstraído.
Sucedió el silencio más absoluto en aquella estrellada noche de octubre.
De repente –sigue relatando el general Fox– sonaron lúgubremente otros cinco o seis disparos, yo me exalté, pues había dispuesto que no quería carnicerías y había ordenado que no fueran tocados los cadáveres. Ordené al coronel Medina que fuera a ver de qué se trataba. Mis nervios me hicieron seguirlo. Encontré al general Serrano tirado en el suelo. Ya lo habían despojado de un zapato. Increpé duramente a los oficiales y soldados por este hecho y amenacé con fusilar a los responsables. En medio de la oscuridad, el zapato faltante fue arrojado a los pies de Serrano. Medina me informó que al tratar de subir los cadáveres a los fotingos sólo se había hecho un recuento de trece y los prisioneros eran catorce, que uno de los oficiales había preguntado a los soldados por el preso que faltaba y de entre las sombras saltó arrogante uno de ellos, apellidado Villa Arce, diciendo en voz alta:
–¡El preso que falta soy yo!
Villa Arce, que pudo haberse escapado, fue muerto en el acto. A eso se debieron los disparos aislados.

La comitiva fúnebre

Los cadáveres y los soldados –continúa informando el general Fox– no cabían en los fotingos y hubo que pedir uno de los camiones postales y en ellos fueron colocados ocho muertos.
La fúnebre comitiva se puso en marcha ya entrada completamente la noche, lenta, penosamente, con frecuentes altos molestos, por las dificultades para ascender las duras pendientes, por agotamiento de los depósitos de gasolina, por el calentamiento de los motores, por bandas rotas, por llantas y cámaras ponchadas.
La macabra hilera de fotingos ensangrentados, desvencijados, crujientes y sucios llegó por fin a México a la 1 de la mañana, precedidos del poderoso Lincoln.
Hicieron alto en la avenida Las Palmas, del rumoroso bosque de Chapultepec.

Vuelve Alessio

El general Fox ascendió en el Lincoln la colina sagrada y heroica y dio parte al general Calles, en presencia del general Obregón, haber cumplido sus órdenes, entregándole la copia del telegrama, que éste hizo pedazos con lentitud.
El mismo general Calles ordenó al general Enrique Osornio, quien estaba presente, que recibiera los cadáveres, que dispusiera las autopsias en el Hospital Militar, y que después fueran entregados a los familiares que los reclamaran.

Asesinato proditorio

Los prisioneros no fueron fusilados, sentenciaré más tarde. Se les asesinó proditoriamente valiéndose de pistolas-ametralladoras Thompson, disparadas a quemarropa. Por razón de la brevedad, omití la última parte del relato de Fox, quien agregó que esa noche se retiró anonadado a su domicilio, dando traspiés, y que al llegar a su casa, él, que es abstemio, sentía que la sangre se le agolpaba a la cabeza pidiendo a su esposa una botella de coñac.
–Me serví un fajo grande y luego otro y otro.
Agregó que al día siguiente, 4 de octubre, él corrió al alcázar de Chapultepec a recibir órdenes, pudiendo percatarse que el general Madrigal interrogaba al secretario de Hacienda, Montes de Oca, sobre la manera de cobrar un cheque de 10 mil pesos, extendido al portador. También pudo ver que eran entregados al general Calles las carteras y otros objetos de los muertos que les fueron recogidos en el Hospital Militar.
Sobre la actitud de los prisioneros, el general Claudio Fox reseñó que Serrano se mostraba sonriente y fatalista; estoico, el capitán Ernesto N. Méndez, a quien llamaban Cacama; los hermanos Peralta, sonrientes; Otilio González, soñador.
En una palabra, todos enteros y altivos, excepción hecha de Vidal, quien se veía un poco decaído.