EL-SUR

Jueves 13 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

A la sombra, con Martín Luis Guzmán

Anituy Rebolledo Ayerdi

Julio 09, 2020

(Segunda de cuatro partes)

Compartimos con la familia de Juan San Román Ortiz el dolor por su partida. Para Abel, su hermano y muy querido amigo, un abrazo solidario

Los cuchillos largos

–¡Caray, jefe, no creo que sea necesario matar a Pancho (Serrano) –expresa con tono casi suplicante el general Álvaro Obregón, candidato reeleccionista a la presidencia de la República. Estoy seguro, jefe, de que sus amigos desistirán del levantamiento en cuanto sepan que lo tenemos preso en Cuernavaca.
Plutarco Elías Calles, presidente de la República, golpea con el puño el grueso cristal de la mesa de su despecho y poniéndose de pie estalla:
–¡No me chingues, Álvaro! ¡Ahora resulta que te pones blandito y sentimental! ¿Crees que la estaríamos contando si caemos en el cuatro que nos tendieron esos hijos de la chingada? ¡Son ellos o nosotros, Álvaro, carajo!
El inminente Jefe Máximo de la Revolución, un Zeus Tonante, habla del complot para asesinarlos a él, a Obregón y Joaquín Amaro (secretario de Guerra), urdido presumiblemente por el general Francisco R. Serrano. Un joven militar inteligente y simpático dispuesto a impedir la reelección de su antiguo padrino y protector. Una anticipada “noche de los cuchillos largos”.
El otro candidato incómodo, el general Arnulfo R. Gómez, no participa en el complot de Serrano. Le parece estúpido y suicida pretender tumbar en 24 horas un gobierno fuerte como el de El Turco (mote del presidente por su apellido Elías). El tiene preparada su propia guerra: se levantará en armas en noviembre del año que corre para convertirse en el único jefe de la Revolución.
Serrano y Gómez son como el agua y el aceite. Si algo los identifica en aquel momento es la frustración, el resentimiento y el odio. También la convicción de que ninguno de los dos podrá alcanzar la presidencia de México por la vía del sufragio universal –¡Okey!, ¿pero por qué otra vez ese pinche manco?.
Finalmente, lo que se espera como una alianza indestructible, Serrano-Gómez, termina como una mascarada con dos hombres odiándose entre sí. Francisco J. Serrano viaja a Cuernavaca bajo el pretexto de festejar su santo, en realidad para esperar el anuncio de que la asonada ha triunfado. Gómez, por su parte, toma camino hacia Veracruz para ultimar el levantamiento.

Trece a la mesa

Son 13 a la mesa en la villa morelense donde se festeja el onomástico de Pancho Serrano, ex secretario de Guerra y ex gobernador del Distrito Federal. Alguien advierte la cábala y entonces se manda por el invitado 14, un periodista amigo de alguien del grupo que se la vive en una cantina cercana. Derrotada la superchería, el festejado recibe honores de presidente de la República.
Se brinda por Pancho con coñac Hennessy-extra, su licor preferido y por imitación el de todos los presentes. Las copas se levantan también “por ellas aunque mal paguen” y será el momento de pedir al del santo una reseña de sus últimos lances amorosos, ¡Es guapo y tiene chupamirto, ¡ni hablar!, reconocen incluso aquellos hombres bragados.
El joven general disfruta relatando sus experiencias sentimentales con damas hermosas y esculturales, como salidas de un calendario, según su propia vanidad. Sus conquistas parisinas, por ejemplo –vivió en París, Francia, becado por el general Obregón– son para los oyentes una suerte de Decamerón oral y su affaire con una princesa rusa linda en lo pecaminoso.
(Calles, a propósito, aseguraba que Serrano había vuelto de Europa “más tahúr, más borracho y más mujeriego”. Sobre Gómez, quien también había cruzado el Atlántico en busca de refinamiento, opinaba que había regresado “más pendejo de lo que se fue”)
En aquella villa morelense las botellas vacías de Hennessy-extra forman una hilera sobre la barra desolada. La tertulia no decrece no obstante que ya es tarde. El general Carlos A. Vidal casi le besa la oreja derecha a Serrano para jurarle lealtad a toda prueba. Y cómo no, si tenía la promesa de que al triunfo del golpe él cubriría el interinato presidencial. Convocaría inmediatamente a elecciones generales y en ellas “el candidato de la unidad revolucionaria” no sería otro que el joven y guapo general Serrano. ¡Y a ver quién chingaos lo baja de la burra!
Bien visto, El Turco le había hecho un gran favor al pasarse por el arco del triunfo la “No Reelección”.

Los “cañonazos” de 50 mil

El galán de los generales mexicanos ignora que mientras narra sus aventuras eróticas y bebe coñac como periodista, la conjura ha fracasado. El complotista general Eugenio Martínez, encargado de arrestar y fusilar al triunvirato Calles-Obregón-Amaro, ha sucumbido ante un cañonazo. No de los sonoros y mortales de artillería sino de los sutiles de 50 mil pesos, acuñados por el propio Obregón. El único que continúa sublevado es el general Héctor Ahumada, jefe del Estado Mayor de Martínez, pero pronto será batido en Texcoco por el general Gonzalo Escobar.

Todos muertos

–¡Entonces que vaya Claudio!–, ordena el presidente Calles luego de enterarse que el general Roberto Cruz ha pedido ser relevado de la comisión de trasladar a Serrano, de Cuernavaca a la Ciudad de México.
–¡Es que son muy amigos, señor presidente! –lo disculpa el general Joaquín Amaro, secretario de Guerra–.
–¡Puta madre! –estalla Calles–, ¡ahora resulta que estoy rodeado de puro cabrón sentimental!
A quien se ha referido el jefe de la Nación es al general Claudio Fox, jefe de Operaciones Militares en el estado de Guerrero, quien espera en la antesala presidencial para rendir el parte de novedades de su misión. Alto, blanco, formido, gran quijada cuadrada y bigote kayseriano.
–¡Que entre el general Fox! –ordena el presidente–.
–¡A sus órdenes señor presidente!, saluda el militar haciendo chocar ruidosamente los tacones estoperoleados de sus botas cuartelas.
–¡General, estas son sus órdenes! –Calles le alarga un documento y alzando la voz le dice: ¡bajo su más estricta responsabilidad los quiero a todos muertos!
–¡Sus órdenes serán cumplidas al pie de la letra, señor presidente!, responde Fox, también alzando la voz, al tiempo que choca nuevamente los tacones de sus botas.

José Alvarado

Lo que sucedió más tarde es descrito con fidelidad escalofriante por el periodista José Alvarado Santos (El Gran Jefe Cejas) maestro muy faltista de este columnista (Historia de la filosofía) en la Escuela Nacional Preparatoria de San Idelfonso, Ciudad de México. Lo hace en su columna de Intenciones y Crónicas, del diario Excélsior del 4 de octubre de 1967, con el título
A cuarenta años de Huitzilac.
“Los detenido en Cuernavaca fueron conducidos en automóviles por el camino a la Ciudad de México. Cuando han consumido 15 kilómetros llegan a Huitzilac donde se les hizo descender y se les llevó a un lado de la carretera. Comenzaba a oscurecer y el viento frío del ‘cordonazo’ de San Francisco agitaba las ramas de los árboles”.
“Todos menos Serrano iban con las manos atadas por detrás. Se agruparon los gritos, las solicitudes de piedad y las maldiciones. Serrano había quedado aislado y mudo a la orilla de la ruta, un poco arriba de la escena. Los soldados de rostro oscuro y ojos impenetrables tenían los fusiles dispuestos. El rudo vocerío de los presos se hacía confuso y ensordecedor. Sereno, callado, apretaba los dientes. Sus ojos parecían fijos en el color de la tarde.
“–¡Que esperan, cabrones!, gritó furioso el teniente coronel Marroquín enloquecido por aquel clamoreo. Los soldados esperan la orden precisa de fuego. No la hay pero si otra vez el ¡que esperan, cabrones!. Nuevas maldiciones histéricas y entonces se escucha un disparo contra los bultos humanos. Y otro y otro y 50 y 100 más en una repentina ebriedad homicida. Bajo el humo y el olor de la pólvora había quedado el silencio”.
“–Ahora le toca a usted, mi general, –le dice Marroquín dirigiendo su pistola al pecho de Francisco J. Serrano. Un solo tiro. El general cae todavía vivo y entonces el teniente coronel destroza el cuerpo a balazos con una ametralladora y le patea la cara. Era casi de noche, pero todavía podía verse la sangre sobre las piedras y las matas”.

Axcaná González

Axcaná González recibe en la novela un balazo entre la tetilla y el hombro cuando trata de acercarse al cuerpo sin vida de Ignacio Aguirre (Serrano). Martín Luis Guzmán necesitará seis páginas de La sombra del caudillo para salvar a su personaje-conciencia, perseguido con furia asesina por los hombres de Segura.
“Axcaná –escribe Martín Luis– casi a rastras se movió hasta en medio del camino. Allí se arrodilló, se puso de pie y volvió a car de rodillas. Iluminado por los fanales de un auto, que le desencajaban más el rostro y le prolongaban trágicamente hacia arriba la mano que él levantaba. Algo dijo quien hablaba más allá de aquellas dos luces y entonces Mr. Winter y su chofer procederán a tomar en brazos a Axcaná y llevarlo hasta el automóvil”
(Mr.Winter era secretario de la embajada estadunidense en México que volvía de Cuernavaca en su flamante Packard.

Catorce cruces

Catorce cruces, tanto en la novela como en la realidad, testimonian en Huitzilac la disputa eterna por el poder en México. A cada una de ellas corresponde un nombre y un apellido: general Francisco Serrano, general Carlos A. Vidal, general Carlos Ariza, generales Miguel y Daniel Peralta, licenciado Rafael Martínez Escobar, licenciado Otilio González, Alfonso Capetillo, Augusto Peña, Antonio Jáuregui, Ernesto Noriega, Octavio Ahumada, José Villa Arce y Enrique Monteverde (el periodista invitado a última hora para romper la cábala)
El general Arnulfo R. Gómez, el otro candidato opositor al caudillo, había huido a la sierra veracruzana. Será descubierto en una cueva de Coatepec a 30 días de la muerte de Serrano. Vencido y enfermo será llevado a rastras al cadalso sin formación de causa.

Las órdenes de Fox

“Presidencia de la República
Al C. Gral. de Brigada Claudio Fox
Jefe de Operaciones Militares en Guerrero.
Sírvase usted marchar inmediatamente a la ciudad de Cuernavaca, Morelos, acompañado de una escolta de 50 hombres del Primer Regimiento de Artillería, para recibir del general Enrique Díaz González, jefe del 57 Batallón, a los rebeldes Francisco J. Serrano y personas que lo acompañan, quienes deberán ser pasados por las armas sobre el mismo camino a esta capital, por el delito de rebelión contra el gobierno constitucional de la República; en la inteligencia que deberá rendir el parte respectivo tan pronto como haya cumplido la presente orden, directamente al suscrito, presidente de la República P. Elías Calles”. (El Triunfo de la Revolución Mexicana, general Luis Garfias Magaña).