EL-SUR

Martes 27 de Septiembre de 2022

Guerrero, México

Opinión

A un mes del culiacanazo, nuestro jueves negro

Silber Meza

Noviembre 16, 2019

Este domingo 17 de noviembre se cumple un mes de que el narcotráfico de Sinaloa tomó la capital del estado y mostró su poder verdadero: camionetas de uso tradicionalmente agrícolas o ganaderas convertidas en tanquetas blindadas y artilladas, cientos de hombres que salieron de las colonias y zonas rurales con armas de uso exclusivo del Ejército, personal sorpresivamente organizado vistiendo capuchas negras dispuesto a matar militares y civiles. Por eso los culichis lo hemos llamado nuestro “jueves negro”.
En un principio los proveedores de información fueron los mismos grupos delictivos. Se grabaron mientras se armaban, cuando recibían instrucciones de los jefes criminales, tras ganarle al gobierno una partida. Los videos fueron difundidos rápidamente en redes sociales. Uno de los más impactantes fue el de un hombre que disparaba una Barret calibre .50 mientras se hallaba pecho tierra en el estacionamiento de una empresa proveedora de gas. Era un hombre entrenado.
La gente tuvo que encerrarse, ora en hospitales, ora en restaurantes, ora en escuelas. Cualquier lugar se convirtió en escondite. Las balaceras parecían no tener fin. Al caer la tarde una parte de la ciudad parecía haber recibido un bombardeo: camiones volteados, carros quemados, personas muertas en las calles; manchas de sangre sobre en el pavimento ardiente, paredes y cristales con impactos de bala. Pasaron uno, dos, tres días de encierro, pero el lunes 21 la población en Culiacán se animó a iniciar su semana con la misma rutina de siempre… Con la tristeza del ciudadano que cedió forzado el espacio, pero con clara idea de que la vida continuaba.
Al mismo tiempo surgió un movimiento de jóvenes llamado Culiacán Valiente. Aunque algunos líderes han sido vinculados a partidos políticos, no me queda duda de que el origen del movimiento fue auténtico y surgió como una necesidad de gritarle a los narcos, a todos los culichis, a los mexicanos y al mundo entero que no todos somos narcos y que muchos queremos vivir en paz. Fue una catarsis colectiva.
Tras el “jueves negro” y el terrible operativo que evidenció la pésima actuación de las autoridades –tanto federales como estatales y municipales–, el perfil del crimen organizado en Culiacán disminuyó. No se ha sabido de grandes festejos ni se han desatado los corridos por encargo para enaltecer a los criminales.
Y así como el narcotráfico bajó los decibeles de las balas, también la población disminuyó la indignación social.
En algún momento pareció darse la oportunidad de mantener viva la llamarada crítica e iniciar una cruzada verdadera contra lo que se conoce como narcocultura y su canto de poder seductor, pero no lo fue. El dinero que el narcotráfico le ha invertido a la narcocultura y la capacidad creativa son avasalladoras: videos musicales con el pegajoso estilo sinaloense, películas de largometraje con temas del crimen, ropa con la que imponen moda, cortes de cabello y diseño de barba, entre tantas otras.
Más de 50 años con el crimen organizado han logrado mantenernos a prácticamente todas y todos en cierta autocensura: “no toques el claxon porque te van a disparar”, “no los mires a los ojos porque se van a enojar”, “no los critiques porque te pueden dar un balazo”. Ante el poderío del crimen demostrado una y otra vez, la sociedad culiacanense ha comprendido que también se trata de sobrevivir.
A un mes del culiacanazo las cosas han vuelto a la “normalidad”, a la crítica normalidad donde se convive con el narcotráfico porque no hay más opciones.
Escribo esta columna desde un café sobre el bulevar Enrique Sánchez Alonso, una de las vías principales del enfrentamiento. Frente a este lugar pasaron los vehículos artillados de los criminales, tiraron bala calibre .50 y se movilizaron decenas de soldados con tácticas de guerra. A pesar de esto, y a 30 días de lo sucedido, ahora sólo veo a cientos de culichis apurados por llegar al centro comercial a realizar las compras del Buen Fin.
En Culiacán las cosas han vuelto a la “normalidad”.