EL-SUR

Sábado 04 de Julio de 2026

Guerrero, México

Opinión

A veinte años de ser testigos de Juan Villoro

Adán Ramírez Serret

Febrero 14, 2025

Hace veinte años yo vivía en la ciudad de Oaxaca y las cosas estaban a segundos de cambiar y yo, al menos, no tenía la menor idea. Cambios personales y cambios sociales. Para 2006 migraría de Oaxaca a la Ciudad de México, estallaría el movimiento de la APPO y Felipe Calderón llegaría al poder y que, aún hoy, el fuego que causó abraza buena parte del país. Pero la vida hace veinte años, al menos para mí, era puro placer. Nos encontrábamos en el Cine Club El Pochote creado por Francisco Toledo, había dos sillas y una pequeña mesa para los invitados que reuníamos ahí, unas veinte personas, para esperar con emoción y alegría a Juan Villoro (Ciudad de México, 1956), quien, ahora que lo conozco más, sé que fiel a sí mismo, llegó a la presentación con la puntualidad y buen humor que le caracterizan. Sería la presentación de su novela y flamante Premio Jorge Herralde El testigo y lo acompañaba el escritor Fabrizio Mejía Madrid. Seguro las luces no se apagaron, pero es así como lo recuerdo. Como si hubiera comenzado una función y Fabrizio y Juan comenzaran una escena en donde todo lo que decían me encantaba; pues, o era precisamente lo que pensaba o, mejor aún y lo más probable, lo que me hubiera encantado pensar.
El testigo es mi novela favorita de Villoro porque me parece que se mezclan en ella muchas de las cosas que me encantan: la poesía, por supuesto, Ramón López Velarde y algo de Villaurrutia y Paz, la provincia, los talleres literarios, lugares desaparecidos de la Ciudad de México y, lo mejor, el sello Villoro que en este novela es magnífico: todo está visto desde sus ojos, o lo que es lo mismo, desde la mirada de un intelectual que ha leído todos los libros y sus ideas son siempre divertidas, la mayor parte de las veces y cuando no es así, son hilarantes. Recuerdo que, en algún momento de aquella presentación, Villoro le dijo a Fabrizio que el gran problema de Barcelona para un escritor latinoamericano es que si te cansas de tu entorno, sientes que eres incomprendido o tienes necesidad de un medio más cultivado, ya no te puedes ir a Barcelona, porque es la cúspide de la literatura reciente, el Boom se hizo ahí, las grandes novelas, muchas de ellas se publicaron en una editorial catalana.
El testigo cuenta la historia de Julio Valdivieso quien es mexicano y en algún momento de su vida decide emigrar a Europa para quedarse allá durante muchos años, durante los cuales cae el muro de Berlín. Barcelona pasa de ser una ciudad un tanto rezagada en el tiempo para convertirse en una de las ciudades más cosmopolitas de Europa luego de los Juegos Olímpicos de 92, y, en México, también ha habido cambios profundos: uno en especial que fue el sueño de toda una generación que hizo tener momentos de entusiasmo hasta los más escépticos a la democracia: la caída del PRI de la Presidencia de la República. Vuelve ese momento extraño en el que la ciudad recordada ya no existe y los amigos y familiares lo tratan como una especie de Odiseo, quien tras su viaje lleno de aventuras es el ideal para ser el juez de sus vidas.
La novela retumba en ir más allá de su propia anécdota. El testigo son atmósferas en donde se pueden escuchar las campanas que describió López Velarde; es también la nostalgia obligada de haber abandonado el lugar de la génesis, en donde todos se habían quedado jóvenes, plenos de belleza y ahora ya son parte de la realidad y no del recuerdo.
El testigo cumple veinte años y recuerda un momento de México que ya desapareció, que pudo haber sido idealizado, pero ya está marcado por el crimen organizado. Y, durante todos estos años, Villoro ha escrito más libros que cuentan la realidad imaginándola desde la razón, a su puro estilo, y El testigo ya lo es de nuestras vidas por tantos años que han pasado. Y que, en esta edición, está una entrañable carta de Vicente Leñero a Villoro, en donde le dice entre otras cosas: “puedes sentirte satisfecho, te propusiste escribir una novela choncha, rica, enjundiosa y escribiste una gran novela, de las que quedan porque están ahí, ya, enteras, acabadas, plenas de sí mismas, lo que quisiste hacer lo hiciste. No hay mejor premio que el del libro que se cumple a cabalidad”.

Juan Villoro, El testigo, Barcelona, Anagrama, 2024. 470 páginas.