Ana Cecilia Terrazas
Agosto 23, 2025
Fuera de la academia, del encuadre para iniciados y de la especialización en la historia y ciencia cinematográfica, para las audiencias mexicanas en general –aquellas no expertas–, el cine significa la posibilidad más a la mano de recorrer, en relativamente poco tiempo, otras historias humanas más allá de las suyas. Ver cine es poder hacer una otra lectura del mundo, es un divertimento, es una forma de intentar hacer conexión –proyección, introyección– con otras biografías. El cine amplifica la visión, las posibilidades, los límites de la imaginación, la cultura, la identificación, el amor por distintos temas, historias y personajes. Además, ver cine, en aproximaciones muy llanas, también divierte y suele hacernos pensar, revivir, reír, hacer nuestro propio correlato de lo vivido vía el filme. Si todo lo anterior fuese cierto, el cine “mexicano” entonces nos ayuda incluso a transitar por épocas en las que no estábamos vivos y así comprender mejor parte de lo que hoy somos.
Que una metrópoli como Ciudad de México cuente con más cines públicos, esto es, salas que sean parte del patrimonio de la ciudadanía y cuyo fin último no sea lucrativo sino social, es de lo más celebrable. Hace apenas una semana que la Cineteca Nacional Chapultepec reabrió sus puertas. El elegante complejo es parte del diseño integral que hizo Gabriel Orozco –quizá el artista mexicano con mayor envergadura internacional actualmente y quien ha dejado huella ya en prácticamente todo el mundo del arte contemporáneo– para el proyecto Bosque de Chapultepec: Naturaleza y Cultura. En esta Cineteca –la tercera en la capital del país– se exhibe, difunde, enseña y promueve el cine de calidad. Ubicada en la cuarta sección del Bosque de Chapultepec, se llega a ella por la muy atractiva –por sus vistas panorámicas en días despejados– Línea 3 del Cablebús de la zona metropolitana. Cuenta con ocho salas de cine; un hermosísimo foro al aire libre, con cupo hasta para 357 personas y pantalla con sistema de iluminación atenuable para las proyecciones durante el día; una galería, una videoteca digital, librerías y una biblioteca, cafeterías, además de otros espacios.
Vale mucho la pena conocer la Cineteca Nacional Chapultepec. Por ejemplo, su mejor sala, la número 8, llamada Edición, puede albergar a 357 personas, tiene sonido Dolby Atmos (sistema de sonido surround) y un sistema de proyección digital láser de última generación, con resolución 4K.
La misión de este espacio, dice el comunicado oficial, es “contribuir a descentralizar la cultura a través de la recuperación de espacios públicos (…); ampliar las audiencias que disfrutan del cine autoral y acercar la cultura cinematográfica de calidad a los distintos públicos de la zona poniente de la Ciudad de México” o de quienes vengan a visitarla. Las cinetecas, parte de la Secretaría de Cultura, están a cargo de la especialista en cine con larga e impecable trayectoria como promotora de la cinematografía, autora independiente y servidora pública, Marina Stavenhagen.
Del pasado 16 al 21 de agosto, a propósito del Día Nacional del Cine Mexicano, esta cineteca con equipo de vanguardia para el mejor disfrute del cine por parte de toda la población, dedicó su programación –totalmente gratuita– a la proyección de 33 películas mexicanas; la más antigua, de 1940 (Ahí está el detalle de Juan Bustillo Oro), y la más reciente, de 2024 (Linaje o la desaparición de los reyes de Ibrahim Bañuelos), seleccionadas según distintos géneros, estilos y temáticas.
Una gran cantidad de esas películas son parte de la cultura con la que nacimos o nacieron y vivieron nuestras familias; se han visto seguramente en innumerables proyecciones en la televisión y, sin embargo, algunas jamás se han gozado en la pantalla grande. Es el caso para muchos de Dos tipos de cuidado, obra ya clásica de Ismael Rodríguez (1956), protagonizada por Jorge Negrete y Pedro Infante. El filme rescatado con el que estrenó el sábado 16 de agosto la proyección para todo el público, es una inédita versión en la que más de 160 mil 500 cuadros fueron restaurados.
Al final de cuentas, espacios culturales públicos, accesibles, no orientados hacia “el dinero que solamente hace más dinero” en su curaduría o programación, pueden abonar a ser una fuerza vital, creativa, que estimula la existencia y en la que se pueden cocrear otras buenas y nuevas formas de relatarnos.
@anterrazas