EL-SUR

Lunes 06 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Acapulco, Cárdenas y Batista

Anituy Rebolledo Ayerdi

Marzo 03, 2016

Con el antecedente de haber manifestado su admiración por la Revolución Mexicana, sus logros económicos y sociales, el general Fulgencio Batista, jefe del ejército cubano y aspirante presidencial, es invitado a México por el presidente Lázaro Cárdenas. A su llegada es recibido en el Zócalo capitalino por unos 20 mil militantes del PRM (futuro PRI), presentándosele como el “símbolo de las aspiraciones del proletariado cubano”. Él, por su parte, asegura: “Estoy aquí para recibir lecciones de su revolución y aplicarlas más tarde en Cuba y hacer de ella un país tan grande y feliz como México”.
Mucho antes, en el último año de la década de los años 30, el coronel Fulgencio Batista había estado en nuestro país invitado también por el presidente Cárdenas. Se le cumplía el deseo de conocer Acapulco sobre el que paisanos suyos le habían hablado maravillas. “Es la cosa más glande, caballero”, le habían dicho. El militar es recibido en la residencia oficial del rancho de La Hormiga, bautizada más tarde por el propio Cárdenas como Los Pinos. Al día siguiente viaja al puerto guerrerense “para ver con mis propios si, como dicen, Aca-pulco es la octava maravilla del mundo”.
Aquí, los acompañantes del visitante, miembros del Estado Mayor Presidencial, ya saben donde llevarlo a comer mariscos. A Caletilla, en la fonda Eréndira de doña Juana Quiroz, amiga acapulqueña del presidente michoacano. Ahí se zampa dos docenas de huevos de tortuga, un caldo de cuatete con jaibas, ostiones y camarones, lanzando al terminar un “¡coño, esto tiene más cojones que Maceo”. Su comentario final será diplomático, complaciente:
“Como puelto, a este le rezumba el mango. Yo, sin embargo, prefiero el otro azul, el azul del mar que rodea a mi Cubita la bella”.

Acapulco se lo perdió

Especulando en el tiempo y en el espacio, ¿no se llevó Batista entonces la promesa de Cár-denas de no autorizar jamás juegos de azar en México, especialmente en Acapulco? El hombre asume la presidencia de Cuba en octubre de 1940, Cárdenas deja la de México en noviembre de ese mismo año.
“Acapulco se lo perdió… pudo ser el Montecarlo de América”, es una sentencia lapidaria adjudicada a Lucky Luciano, el boss de la mafia estadunidense. La habría pronunciado al firmar con el presidente Batista un convenio para llenar la isla de casinos y cabarets.
La “conexión Acapulco” de la mafia, encargada de obtener la legalización oficial de los juegos de azar, había estado dirigida por dos extranjeros. La austriaca Virginia Hill, amante de Bugsy Siegal, el creador de Las Vegas, y Blummy Blumental, gerente del hotel Casablanca, donde, por cierto, ya se apostaba al azar. Se trataba de un juego aparentemente ingenuo, infantil, con jugosas apuestas. Las “carreras de tortugas”, eran similares a las de otros animales como galgos y caballos sumando sus bolsas miles de pesos,
Se cuenta que un día, en la pletórica alberca del hotel Casablanca, se suscita un hecho desagradabilísimo que provoca pánico e indignación particularmente entre las damas. El alcalde Simón Ventura Neri, cuñado del gobernador Baltazar R. Leyva Mancilla, protesta por el resultado de una carrera insinuando un fraude. Al nadie hacerle caso, el primer edil saca su pistola .38 súper y dispara contra el quelonio de su derrota. El pequeño animalito se salva gracias a su grueso caparazón, tanto como el del señor presidente municipal. “Está pedo”, lo disculpará el gerente.

Virginia Hill

Ella, Virginia Hill, era una hermosa mujer bien comparada con algunas de las mayores seductoras de la historia –Mata Hari, Ninón de Lenclos y Carolina Otero, entre otras. La única consigna dictada por el boss para ella, era la de seducir al propio presidente Miguel Alemán, con fama pública de garañón insaciable. Se entendía que ella esperaría “el descanso del guerrero” para hacerlo firmar la buscada autorización. La mafia alardeará más tarde no haberlo logrado completamente, sí un petit peu. Y nadie supo que quiso decir.

Regenaración, otra vez

A pocos años del asesinato del maestro Juan R. Escudero, un grupo de sus discípulos se propone homenajearlo con una segunda época de su periódico Regeneración. La empresa es asumida por el herrero Santiago Solano, Vicente España y el maestro y poeta Manuel Linares Alarcón (padre del licenciado Manuel Linares Valencia, quien fuera amigo muy querido del escribidor). La suerte de la publicación estará echada cuando se conozca la opinión que de ella tenía el gobernador general Adrián Castrejón (1929-1933):
–¡Ya me tiene hasta la madre ese pinche periodicucho de mierda… los cabrones sólo ven lo malo de mi gobierno!
Como sobre advertencia nunca ha habido engaño, el periódico El Monitor dará cuenta quince días más tarde: “Al amparo de las sombras de la noche, hombres con el rostro cubierto llegaron hasta las oficinas de Regeneración para provocar destrucción. Las cajas de tipos regadas en el piso, lo mismo que la tinta de reserva. El daño mayor, no obstante, consistirá en la destrucción de la prensa a puro marrazo. Para suprimir la posibilidad de que la máquina fuera rehecha, como antes lo habían logrado sus operadores Gustavo Cobos Cama-cho y Ventura Solís, los vándalos recogieron los pedazos de fierro para luego aventarlos al mar desde La Quebrada.
–¡Solo así entienden estos cabrones cagatinta”!, –exclamará victorioso el gobernador Castrejón.

Los precios de los 30

Un doloroso avemaría purísima salía todas las mañanas del pecho de las amas de casa acapulqueñas cuando conocían los precios de los comestibles en el mercado municipal. Se localizaba este junto a la parroquia de La Soledad, en el espacio ocupado hoy por el edificio Pintos. Unas se santiguaban con resignación, otras regateaban y no faltaban las que mentaban madres. Mentadas dirigidas a los comerciantes rateros y también al gobierno siempre omiso e ineficaz frente a los hambreadores. “¡Pinches ignorantes –se defendían algunos–, no saben que en los propios Estados Unidos la gente está ladrando de hambre”!
Algunos de los precios de aquella década de los años 30, todos son centavos:
En ninguna mesa acapulqueña faltarán los productos del mar, tanto en el desayuno como en la cena. Preferidos, los ojotones y los agujones de a 5 centavos la docena. Un huevo de gallina (dos por 5), una gallina (30 a 40); leche (15 litro); carne de res (50 kilo); maíz (11 kilo); arroz (40 kilo); frijol negro (33 kilo); azúcar granulada (40 kilo): café (70 kilo); papas (25 kilo).
Piloncillo (18 kilo); sal de mar (8 kilo); pastas (60 kilo); garbanzo (7 kilo); petróleo (20 litro): tractolina para estufas (15 litro); limonada Trébol (5); cervezas (20 y 25); velas de parafina (55 kilo); jabón para baño (10 pieza). Más de un peso: manteca de cerdo (1.20 kilo) y chile cascabel (1.20 kilo). Hablando de palabras mayores, el cronista don Carlos Adame recuerda que un automóvil Ford 1934 costaba 3 mil pesos y 6 mil un Chevrolet 1936. La dejada de un ruletero (taxis, hasta que lleguen los gringos), costaba 50 centavos, lo mismo a la playa Papagayo que a la fábrica La Especial.
Se recomienda una lectura rápida de este texto para evitar caer en conductas depresivas e incluso subversivas. Como la de un lector anónimo ante un texto similar. Tomó su escopeta y salió a cazar gachupines creyendo que México era gobernador todavía por el virrey Melchor Portocarrero y Lasso de la Vega. Acusado el muy cabrón de haber robado, disfrazado de Juan Diego, la imagen de la virgen de Guadalupe. Devuelta, felizmente.

El cónsul cabrón

También, a finales de la tercera década del siglo XX, se abre aquí el consulado estadunidense a cargo de mister Brock Havron, “un señor muy serio y poco comunicativo”, según lo recuerda Concha Hudson Batani, acapulqueña laborando en la oficina localizada atrás del hotel de don Federico Pintos.
Reseña la dama en su libro (Del Acapulco de antes) que cada vez que el cónsul recibía un llamado telefónico, la telefonista anunciaba con grandes voces: “¡larga distancia para mister “Brocavrón”, pronunciado de corrido y acentuada la segunda “o”. Las risitas maliciosas no se hacían esperar por parte de la paisanada presente. El entripado corría a cargo del gringo.
Cuando el consulado se mude más tarde al edificio Oviedo, Concha Hudson será la secretaria del vicecónsul John Tooping. Ella, recordando lo de “Brocavrón”. No voceaba las llamadas, las anunciaba simplemente con una señal, levantando el teléfono.

Un Fordcito 1928

A un año de abierta la carretera México- Acapulco y el arribo de los 12 primeros automóviles, llega al puerto un camión de estacas marca Ford 1928. Su propietario, Macedonio Ñoño Bermúdez Tapia, anuncia que lo dedicara al servicio de carga pero también de pasajeros. Se trata de un acapulqueño emprendedor que presta de tiempo atrás un servicio de comunicación marítima. Ofrece con su lancha Acapulco viajes a los alrededores e incluso a Zihuatanejo.
El popular Ñoño Bermúdez había coincidido con Juan R. Escudero en el Saint Mary College de Oakland, California, estudiando ambos mecánica. Juan abandona los estudios en 1907 a causa de una pulmonía y regresa al terruño donde trabajará su lancha Adelina. Lo hará hasta que lo absorban el periodismo y la política. Bermúdez Tapia, por su parte, se enrola en la Marina estadunidense tocándole participar en algún frente de la Primera Guerra Mundial. Veinticinco años más tarde festejará su buena suerte en la playa de Hornos.
El bizarro personaje se casa aquí con la señorita María Fernández y establecen su hogar frente a la bahía (hoy, restaurante “Punta Bruja”), rodeados de árboles, bugambilias y copas de oro. Ahí vendrá al mundo su hija única, Georgina Bermúdez Fernández, hoy viuda de Carrillo, señorial dama, amiga y colaboradora de esta columna.

Los clippers

Cuando entra a la bahía de Acapulco la primera embarcación conocida como clipper, los cinco mil habitantes del puerto presencian estupefactos (o con la boca abierta, según se decía entonces) aquél espectáculo único y maravilloso. Rodean prácticamente la bahía y cubren en los cerros del anfiteatro. Corre la tercera década del siglo XX.
Era el clipper una embarcación de vela aparecida en el siglo XIX, de formas alargadas y estrechas, de tres o más mástiles y caracterizada por su alta velocidad. Navegaba hasta alcanzar los 20 nudos rediciendo travesías de un año hasta en cien días. Revela Wilkipedia que el nombre clipper proviene el sustantivo inglés clip, palabra informal que denotaba en aquella época velocidad. Los clippers fueron el canto del cisne de la navegación a vela y sucumbirán ante el acoso de los barcos de propulsión mecánica.
Los clippers de 4 y 5 mil toneladas atracaban en un muelle de madera localizado frente al hoy Palacio Federal, con capacidad para ocho embarcaciones. Allí descargaban toneladas de carbón procedente de Australia, combustible esencial para la navegación a vapor. Acapulco mantuvo siempre suficientes reservas del combustible, siendo entonces el más importante abastecedor del Pacífico.
El carbón fue un negocio, para variar, también en manos de empresas hispanas. Contaban con dos grandes bodegas de almacenaje ocupando el predio sobre el que se construirá más tarde el Palacio Federal.
Los clippers ejercían una suerte de fascinación en muchos acapulqueños. Estos se pasarán horas viendo los detalles de los veleros con formas aceitunadas y velámenes enormes que hablaban de grandes aventuras oceánicas.