EL-SUR

Sábado 04 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Acapulco en una canción

Anituy Rebolledo Ayerdi

Diciembre 10, 2020

 

(Primera de 10 partes)

Anituy Rebolledo Ayerdi

La Marcha Acapulco

Acapulqueños de al menos las dos últimas generaciones no han escuchado la Marcha Acapulco, cuyas notas vibrantes se entonaron en las escuelas del puerto a partir de la primera treintena del siglo XX. Su autor , Walter Luckhaus Escudero, hijo de padre alemán y madre mexicana, era sobrino de don Francisco Escudero y por tanto primo de Juan R. Escudero, el mártir acapulqueño, y de sus hermanos Francisco y Felipe. Él mismo narra su primer encuentro con Acapulco:
“Apenas anunciada en 1927 la apertura de la carretera México-Acapulco, un grupo de amigos bohemios emprendemos la aventura hacia el puerto desconocido. No viajamos en auto del año sino en una carcacha ‘lujuriosa’, por estar siempre deseosa de empujones. La ruta la cubrimos en tres días completos y mil peripecias. Todo sacrificio había valido la pena: el espectáculo de la hermosa bahía de Acapulco, vista desde lo alto, me emociona hasta las lágrimas. Tuve que simular una basurita en el ojo para no ser víctima de las burlas de mis compañeros de viaje.
“Cierto día, contemplando en Pie de la Cuesta un maravilloso crepúsculo (de esos que solamente se dan en Acapulco), brotó en mi alma la chispa de la inspiración y empezaron a conformarse los compases de una melodía. Se formalizará más tarde con los compases de la partitura que se escucha en el puerto. La Marcha Acapulco es, pues, mi legado de gratitud y admiración a la tierra que sin ser la mía, amo entrañablemente”.

Un himno acapulqueño

La primera instrumentación de la Marcha Acapulco la hace el maestro Isauro Polanco y él mismo la estrena con la batuta de la Banda de Música de los Trabajadores de Mar y Tierra de la CROM, durante el desfile del 16 de Septiembre de 1928. Será a partir de entonces cuando aquellos acordes formidables se convierten en santo y seña de los acapulqueños, tarareados por grandes y chicos henchidos de orgullo por saberse “dueños del Paraíso”.
Un año más tarde la escuela Felipe Carrillo Puerto adopta la Marcha Acapulco como su himno oficial, hermanándolo con el Himno Nacional Mexicano en las ceremonias cívicas. El propósito del director de la célebre institución, maestro Felipe Valle, era en realidad oponerlo a la Marcha Real (himno nacional de España). Tonada adaptada a la letra de un himno religioso –“¡Somos cristianos, somos guadalupanos, no hay nada que temer… ¡guerra, guerra contra Lucifer!”, cantada por lo peninsulares en sus escuelas y ceremonias
Don Isauro Chalo Polanco, padre de Leonel Polanco, quien fuera inimitable primera voz de Los Tres Caballeros (con Cantoral y Correa) y solista de terciopelo hasta su muerte, fue el alma musical del puerto corriendo la tercera década del siglo XX. Su violín o su guitarra resultaban indispensables para el “gallo” en la ventana de la mujer amada, desgranando los temas del momento: Estrellita, Alborada y A la orilla de un palmar. Presto, también, para animar las tertulias familiares con Pompas ricas, Las bicicletas, Amor chiquito e incluso el danzón Acapulco, nacido de quién sabe qué inspiración en el famoso Salón México metropolitano.

La orquesta femenil

Acapulco ya había tenido mucho tiempo atrás el gran lujo de una orquesta femenil; bien afinada y de muy buen ver sus ejecutantes. La integraban damas acapulqueñas con estudios musicales dirigidas por don Gumersindo Limones, del barrio de El Rincón (La Playa). Don Gume era platero, como se llamaba aquí a los orfebres, cuya afición por la música lo había llevado a fundar la Sociedad Musical Thalia.
Formaban parte de aquel conjunto las violinistas Clementina Torres, Julia Payne e Isabel Lacunza, en tanto que Emilia Billings armonizaba con la flauta. El contrabajo lo cargaban pesadamente entre Elisa, Amalia y Eloína Batani y lo hacían sonar afinado y profundo, por supuesto. Habrá cuatro pianistas: Otilia Liquidano, María Bello, Sofía Dickman y Ángela Lobato. Al chelo Clementina Carranza y en el clarinete Benita H. Luz. Experiencia jamás repetida, desafortunadamente.

La orquesta Minerva

La Marcha Acapulco se cantaba en el Colegio del Estado, de Chilpancingo, instrumentada por el maestro Moisés Guevara. Aquí, en las escuelas primarias Ignacio M. Altamirano y José María Morelos se cantaba con arreglo del maestro de música Mauricio González , don Güicho, dirigido por él mismo. Hará lo propio en la Escuela Secundaria Federal 1.
La estafeta de don Chalo Polanco es recogida por don Alberto Escobar, director para entonces de su propia orquesta llamada Minerva. La integraban músicos de la disuelta banda militar del atoyaquense general revolucionario Silvestre Mariscal, el mismo que, nombrado gobernador de Guerrero, asentará la capital del estado en esta ciudad y puerto.
Don Beto Escobar ameniza los famosos bailes de la plazoleta de La Quebrada, dedicados entonces a la crema y nata de la sociedad porteña y no a la “raspa”, como se cree . La Minerva hará las veces de banda militar en ceremonias cívicas y desfiles escolares mientras que los domingos se convertirá en banda taurina en la plaza de toros Caletilla. Abría sus actuaciones precisamente con la Marcha Acapulco.
Hizo lo propio la Banda de Música Municipal, creada por el acalde Israel Hernández Ramos (1972-74), con personal del Departamento de Limpia, dirigido por Luis Cruz Valdeolivar. El mayor número de ejecutantes procedía de la región de la Montaña, presumiendo que allá “hasta el pueblo más ‘pinchurriento’ tiene su chile frito”. Su director, don Artemio Méndez Bravo, hizo un arreglo formidable de la pieza de Walter Luckhaus Escudero, también de ejecución obligada durante la apertura y cierre de ceremonias y serenatas. Luego, el olvido

Marcha Acapulco

Allá en el lejano horizonte
donde brilla el ardiente sol,
canta una eterna sinfonía
el azul y esplendoroso mar.

Gallardas las verdes palmeras
con la brisa riman su canción,
mientras viene del mar el oleaje
murmurando una oración.

Acapulco…
son tu azul y brillante mar,
son tus palmeras,
emblemas de un divino
ensueño tropical.

Comarca de dulce fragancia
donde Dios puso un sello de amor,
en ambiente de noches plateadas
y entrañables aromas de flor.

Acapulco,
con tus playas y tu cielo
quiero soñar,
quien te ha visto,
jamás te podrá olvidar.

Héroes fatigados

Acapulco fue en los años 40 un cruce de caminos para los jóvenes decididos a enfrentar a los demonios del Eje (Berlín-Tokio-Roma) e igualmente para los que regresaban –fatigados, como todos los héroes– de combatir al demencial trío en sus madrigueras europeas y asiáticas.
Acapulco ofrece a unos y a otros el solaz con las dosis perfectas de sol y mar y por las noches los efectos balsámicos de la música de momento, nostálgica desde el primer sonido. La música suave y romántica de las grandes bandas estadunidenses como las de Glenn Miller, Jimmy Dorsey y Artie Shaw, entre una legión. Shaw , por cierto, será llamado Mister Frenesí, por tener como rúbrica orquestal el bolero Frenesí , del chiapaneco Alberto Domínguez. Del mismo autor, universalizará las notas de Perfidia.
Luces tenues y música suave era el lema de la orquesta del estadunidense Everet Hoagland, que animaba por temporadas a la clientela del cabaret Ciro’s del hotel Casablanca, en el cerro de La Pinzona. Lo hacía también en su similar del hotel Reforma, en la Ciudad de México. Este cabaret dio nombre a una tanda completa del conjunto: Bailando en el Ciro’s, Medianoche en el Ciro’s y Romance en Ciro’s. No faltaban Serenata a la luz de la luna, Todo o nada, Polvo de estrellas, y Te llevo dentro de mí.

María y Agustín

María Félix y Agustín Lara se conocieron precisamente en el Ciro’s capitalino, donde él decía sus canciones al piano. Ella quiso conocer al músico más popular de México y acudió a verlo, sola. Su entrada al champagne room provocó un ¡oooooh! de admiración tan ruidoso y prolongado que el músico, encabronado, suspendió su actuación cerrando el piano de un golpazo. La reanuda una vez pasado aquel escandaloso murmullo, y al terminar su actuación llama al maestro de ceremonia para ordenarle:
–¡Lleva a esa vieja cabrona a mi mesa!
Luis Farías, locutor de radio laborando como presentador, dudará por un momento cumplir con el encargo. Temió que el músico, furibundo, le faltara al respeto a la dama. ¡Pero qué va!, contaba él mismo, apenas la tuvo enfrente empezó a fajarla mientras ella se hacía la remolona.
El locutor, más tarde diputado federal, senador y gobernador de Nuevo León, preguntó un día a Lara el método usado para conquistar a la “mujer más bella del mundo”. Aquél le contestó que, conociendo el gusto de María por lo blanco, le envió primero un camión cargado de camelias y más tarde un albo piano de cola, sabedor, por supuesto, de que la dama no tocaba ni siquiera Los changuitos. El regalo del vals María Bonita habría sido , fatalmente, el finiquito de aquella conquista tipo Marco Polo.

Luz tenue y música suave

Pasados dos años de aquel encuentro (1945) María y Agustín bailan bajo la Luz tenue y la música suave de la orquesta de Everet Hoagland, en el Ciro’s del hotel Casablanca Son la pareja de recién casados más famosa de México disfrutando de una nada discreta luna de miel acapulqueña. Se hospedan en un bungalow del Hotel de las Américas, casi en la punta de la península de Las Playas.
Declarada una huelga general en la lujosa hospedería, en pos de mejores salarios, los trabajadores acuerdan –por tratarse de “la estrella más hermosa del mundo” y del “ más grande músico poeta de México”– seguirlos atendiendo. A ellos y a nadie más. Mucho años después, el nido de amor de la sonorense y el chilango-veracruzano será bautizado con el nombre de María Bonita . Los agentes de viajes mentirán como políticos al ofrecerlo “talismán para uniones felices y eternas”. ¡Anjá!

Acapulco

Acapulco tituló María Grever una canción romántica, como toda su obra, compuestas presumiblemente en este puerto y registrada en la Sociedad de Autores y Compositores de México (SACM) a mediados de 1941. Una más de miles de partituras musicales jamás interpretadas, por tanto desconocidas, teniendo como destino inexorable la panza de las polillas.
La mexicana María Joaquina de la Portilla de Grever poseía una formación musical completa, envidiable, pues no en balde había sido discípula, en Francia, de los compositores Claude Debussy (Preludio a la siesta del fauno) y Franz Léhar (La viuda alegre). Era concertista de piano y se desempeñaba con maestría en la composición, armonía y orquestación.
La rica producción de María Grever abarcó todos los géneros musicales, calculándose en 700 el número de sus obras. Figuraron entre sus intérpretes el tenor mexicano José Mojica, quien lanzó a la fama mundial su canción Júrame. También otras voces no menos privilegiadas y muy famosas las harán suyas y entre ellos Enrico Caruso, Luciano Pavarotti, Plácido Domingo, José Carreras, Juan Arvizu y el acapulqueño Jordi Ramiro. Otras celebridades: Frank Sinatra, Barry Manilow y la orquesta de Ray Connif.
Entre sus piezas celebérrimas: Muñequita linda, dedicada a la memoria de su segunda hija, fallecida a los seis meses de edad; Así, Te quiero, dijiste; Ya no me quieres, Alma mía, Cuando me vaya, Volveré, Por si no te vuelvo a ver, Cuando vuelva a tu lado, Tipi tipi tín y Altiva.

A una ola

El periodista Jorge Joseph Piedra, ex alcalde de Acapulco, sostuvo la presencia de doña María Joaquina en Acapulco, seguramente antes del Grever, y aún más, que aquí habría vivido un romance furtivo. La prueba a la que se remitía Joseph era precisamente la canción Acapulco, desconocida, como se dice, y una más, esta sí popular, titulada A una ola . La hará suya el Cuarteto Tamaulipeco, formado por compositores consagrados como el guerrerense José Agustín Ramírez, Ernesto Cortázar, Lorenzo Barcelata y Calos Peña. Es esta:

En una noche de luna
nos encontramos tú y yo
con el mar como testigo
de nuestra intensa pasión.

Y en el rumor de una ola
depositamos los dos
nuestros secretos de amores
que luego el mar sepultó.

Ola, que con tu blanca espuma
sin precaución ninguna
bañaste sus pies.

Ola, que su cuerpo tocaste
y sus labios besaste
vuelve otra vez.

Ven a morir a esta playa
antes de que me vaya
para nunca volver.

Ola, a la luz de la luna
entre su blanca espuma
lo quiero ver.

En Acapulco fue

Alfredo Núñez de Borbón (1908-1982) es otro de los creadores mexicanos con ofrenda musical para Acapulco. En Acapulco fue se ajustó al ritmo del momento, bolero beguine, y fue registrado en la Sociedad de Autores y Compositores de México en 1944. El autor, violinista y director de orquesta, la interpretó seguramente en sus presentaciones en los cabarets de la época. Ubiquemos a Núñez de Bordón con solo cuatro de sus canciones: Consentida, Siempreviva, Mi pensamiento e Inquietud. ¡Nomás!